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El hijo de Ana Patricia Botín rompe la tradición y no se casa en la finca familiar

Vanitatis Vanitatis 16/09/2016 E. Bárcena

Que los Botín se casaban en la finca familiar de Puente San Miguel es un hecho. O mejor dicho, era. Allí se casó Ana Patricia Botín con Guillermo Morenés, Carolina Botín con Christian Shin, la hija de ambos, Tatiana Shin Botin con Alex Stamatiadis... Sin embargo, Felipe Morenés, hijo de la presidenta del banco Santander, ha llegado para romper la tradición. 

El joven celebrará su unión con Julia Puig tras siete meses de noviazgo, miembro de la conocida saga de perfumistas catalanes, en la tierra de su familia, Cantabria. Sin embargo, la fiesta no será en Puente San Miguel, al menos toda. El evento está organizado en varios días: preboda (viernes), boda (sábado) y postboda (domingo). Según ha podido confirmar Vanitatis, los novios no se van a casar en Puente San Miguel, como cabía esperar, aunque también albergará parte del acto festivo. Felipe y Julia han decidido celebrar su boda en dos localidades distintas: el viernes ofrecen una cena en dicha finca familiar y el sábado se casan y celebran el convite en Carriazo, un pueblo de apenas 170 habitantes en el que los Morenés Botín poseen una finca que linda con la iglesia en la que se oficiará el enlace.

Hace unos días llegaron a la redacción de Vanitatis informaciones que apuntaban que, efectivamente, Guillermo Morenés no se casaría en Puente San Miguel. La iglesia de San Martín Carriazo comenzó su restauración a principios de este año, unas obras que, según los vecinos, fueron sufragadas por los Botín. Según avanzaba el verano, comenzó a llegar más mano de obra para acelerar los trabajos y poner fin a los mismo cuanto antes. Hace apenas unas semanas que se ha terminado de poner a punto el templo con un detalle que ha llamado aún más la atención de los parroquianos: en las ventanas se han colocado vinilos translúcidos oscuros que no dejan ver el interior del templo en los habituales cristales transparente por los que entra la luz natural. 

Curiosamente, ni el párroco, ni el Ayuntamiento de Ribamontán al Mar ni los dueños del único local de la zona reaccionan bien cuando se les pregunta al respecto. Vanitatis se ha puesto en contacto con todos ellos y en general, la respuesta es la misma: una agradable conversación hasta que se mencionan las palabras 'boda' y 'Botín', momento en el que el interlocutor se pone nervioso y prefiere colgar el teléfono, en ocasiones incluso de malas maneras.

El enfrentamiento de los Botín con el pueblo

Algunos vecinos de Carriazo destacan la ironía que supone que la boda de Guillermo Morenés tenga lugar en la iglesia de San Martín después del enfrentamiento que protagonizaron en el pasado los Morenés Botín con Ribamontán al Mar por el campanario del templo. En el año 2006, el matrimonio interpuso una queja ante el consistorio en la que lamentaban que "desde hace años las inmisiones acústicas provenientes de las campanas de la iglesia, que suenan de forma ininterrumpida desde las 7 de la mañana hasta las 22 horas, cada hora en punto y en las medias horas”.

Imagen de la iglesia de San Martín. Detrás, el muro de la finca de los Botín (Google Maps) © Proporcionado por Vanitatis Imagen de la iglesia de San Martín. Detrás, el muro de la finca de los Botín (Google Maps)

"A los señores Morenés-Botín les molesta que suenen las campanas de la iglesia y especialmente las del reloj de su espadaña, y ello cuando ocasionalmente ocupan su casa de Carriazo, cosa chocante en personas que ni son vecinos de Carriazo ni habitan de forma mínimamente continua en ella, y quienes, acaso por no estar acostumbrados a un ambiente rural, sino más bien a uno residencial de la gran ciudad, les molesta el sonido de unas campanas, confundiendo los sonidos rurales de un pueblo de 166 vecinos con los sonidos urbanos de un barrio residencial de Madrid”, aseguraba entonces en su escrito el letrado José Luis Temes, en nombre de la parroquia de San Martín de Carriazo, quien añadió "no es ya que se retrase, siquiera una hora, el toque del alba (7 horas de la mañana) del reloj parroquial (pese a ser esta la tradición del pueblo), ni que sea de menor intensidad tal toque en su repique, sino que lo que pretende, lisa y llanamente, es que desaparezca el reloj parroquial, y que, por tanto, deje de sonar en cualquier tiempo y forma. Es decir, un auténtico Relojicidio”.

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