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La emperatriz Luisa, una zarina alemana

¡Hola! ¡Hola! 30/09/2016 hola

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Se puede considerar casi una tradición el hecho de que los zares rusos casaran con princesas alemanas. La lista de matrimonios entre miembros de la dinastía Romanov con jóvenes de las casas reales teutonas es realmente notable. Uno de los ejemplos más importantes es la pareja formada por el zar Alejandro I (1777-1825) y la princesa Luisa de Baden (1779-1826), quienes protagonizarían una turbulenta historia de amor en la que se juntarían la pasión, las infidelidades y las reconciliaciones. Mujer de espectacular belleza – se la consideraba en la época como la mujer más guapa de Europa – y poseedora de una personalidad pronunciada, hoy repasamos pues la biografía de la emperatriz Luisa de Rusia.

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Nace la princesa Luisa María Augusta de Baden en la ciudad alemana de Karlsruhe el 24 de enero de 1779, siendo el tercer retoño de los siete que tendrían el príncipe Carlos Luis (1755-1801) y su esposa, la princesa Amalia de Hesse-Darmstadt (1754-1832). La Princesa formaba así parte de una de las familias más importantes y antiguas de Alemania, la dinastía de Zähringen. Como era habitual en las familias de abolengo en el país germano, los niños recibían una exquisita educación, de modo que, llegada la edad adulta, se convirtieran en atractivos candidatos para casar con miembros de Casas Reales europeas. En el caso de Luisa, con apenas unos años, ya sería capaz de hablar perfecto francés y tener una profunda formación en materias como la historia o la geografía. Asimismo, su conocimiento del protocolo era impecable. No es de extrañar, pues, que incluso antes de alcanzar la adolescencia, no pocos candidatos casamenteros llamaran a su puerta, interesados en terminar con su soltería.

Una de las personas interesadas en la princesa Luisa sería la emperatriz Catalina II de Rusia (1729-1796), quien en esos momentos se encontraba en búsqueda de novia para su nieto mayor, el príncipe Alejandro. Convencida de la idoneidad de la joven alemana, la Emperatriz no tardaría en invitar a Luisa y a su hermana Federica (1781-1826) a visitar San Petersburgo a finales de 1792. En la ciudad imperial se produciría en efecto el encuentro entre Luisa y Alejandro. Según cuentan las crónicas, los dos jóvenes se gustarían desde un primer momento y el amor haría acto de presencia al poco tiempo. Tanto la familia del príncipe como la de la princesa darían el visto bueno al idilio de forma casi inmediata. En mayo de 1793 la pareja se comprometería oficialmente y el 27 de septiembre se celebraría la boda. La princesa Luisa, que había comenzado a recibir clases de ruso – idioma que terminaría dominando -, se convertiría desde ese momento en Gran Duquesa de Rusia.

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La inmadurez de los recién casados – ella tenía catorce años y él tan solo uno más – no fue ápice para que los primeros años de matrimonio discurrieran felizmente. Sin embargo, la Princesa comenzó progresivamente a sentirse aislada en la convulsa corte rusa, en la que las intrigas palaciegas estaban a la orden del día. La joven alemana echaba terriblemente de menos a su familia y pasaba los días rodeada únicamente de sus damas de compañía. Su marido comenzaría a mostrarse distante con ella, y, según las malas lenguas, a frecuentar ambientes disolutos en los que cometía frecuentes infidelidades.

LA SOLEDAD DE LA PRINCESA
Probablemente a causa de la profunda soledad que sentía, la princesa Luisa acabaría en los brazos de uno de los mejores amigos de su marido, el príncipe polaco Adam Czartoryski (1770-1861), con el que mantendría una relación apasionada durante más de tres años. Mucho se ha comentado que la primera hija de la princesa Luisa, María Alejandrovna (1799-1800) habría sido fruto de este romance – el propio príncipe Alejandro se mostró sorprendido en público de los rasgos físicos de su hija, de pelo negro y ojos oscuros, al contrario que sus padres, ambos rubios y de ojos azules -, lo que sin duda hizo todavía más mella en el matrimonio, ya de por sí debilitado. La pequeña María moriría apenas un año después de una infección, hecho que supondría un durísimo varapalo para la princesa Luisa.

En 1801, el príncipe Alejandro se convertiría en Zar y, por tanto, la princesa Luisa, en Emperatriz rusa. Sin embargo, la pareja en esos momentos apenas tenía contacto, rehusando incluso sentarse en la misma mesa para compartir las comidas. Poco después de ser nombrado Jefe de Estado, el Zar comenzaría de hecho una relación con la princesa polaca María Czetwertynska (1779-1854), quien se convertiría en una suerte de esposa en la sombra durante casi quince años.

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Por su parte, la princesa Luisa iniciaría un idilio con un miembro del ejército imperial, Alexis Okhotnikov (1780-1807), quien moriría en extrañas circunstancias, probablemente asesinado por orden del círculo más cercano del Zar. Okhotnikov sería, por otro lado, el presunto padre de la segunda hija de la princesa Luisa, Isabel (1806-1808), quien, como su hermana, moriría de forma prematura de una infección fulminante. Pese a que Luisa seguía enamorada de Czartoryski, la muerte de Isabel tendría como consecuencia la reconciliación temporal con su marido.

UN MATRIMONIO UNIDO EN SUS ÚLTIMOS DÍAS
Con la madurez, el Zar comenzaría a mostrar un sentimiento religioso de gran profundidad, que le haría terminar con sus escarceos extramatrimoniales y buscar de nuevo el afecto de su esposa, a la que, si bien no amaba, sí respetaba – la Emperatriz había sido un apoyo constante del Zar en sus funciones como cabeza de estado, mostrando una lealtad inquebrantable -. A partir de 1818, la reconciliación ya es plena, como muestra la correspondencia de Luisa con su madre, en la que la Emperatriz se expresa resignada a vivir el resto de su vida al lado de su marido, renunciando a cualquier otro affaire. La pareja mantendría a partir de ese momento en todo caso una relación más cercana a la amistad que a la propia de marido y mujer.

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En 1825 la Zarina comenzó a sentirse débil, sufriendo frecuentemente de periodos febriles. Los médicos de la Corte le recomendaron trasladarse a un lugar de clima más amable que San Petersburgo por lo que los Zares se mudaron al sur, concretamente a la ciudad de Taganrog, a las orillas del Mar de Azov. Allí los Zares disfrutarían de sus últimos momentos de felicidad, antes de que el Zar, a causa de un resfriado mal curado, muriera el 19 de noviembre de 1825 en los brazos de su esposa.

Completamente desolada y sin apenas fuerzas, la Zarina, ya viuda, se dispone a regresar a San Petersburgo para estar presente en los funerales de estado de su marido. El convoy tiene que detenerse a mitad de camino, una vez que el estado de salud de la Zarina empeora por momentos, llegando a perder el conocimiento en repetidas ocasiones. La emperatriz Luisa jamás llegaría de hecho a la capital. Moriría en Belev, a unos mil kilómetros de su destino, de un fallo cardiaco. Sus restos mortales descansan, junto a los de su marido, en la Catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo. 

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