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La infanta Elena en el jardín de Chéjov

Vanitatis Vanitatis 03/09/2016 Nacho Gay

La vida nos ha pasado entre los dedos en agosto mientras media España cazaba pokemones y la otra media contemplaba estupefacta cómo Terelu Campos comía pepino en 'prime time', un documento audiovisual de un incuestionable valor científico, porque supone una obligada reescritura de la Evolución de las Especies. Un servidor preferiría que la cosa hubiese sido al revés, esto es, que los pokemones comieran pepino en horario de máxima audiencia y que las masas se lanzasen a las calles a cazar a Terelu, sin duda alguna una buena res. Pero las cosas vienen como vienen y hay que aceptarlas.

Yo, aunque resignado por naturaleza a los avatares del destino, incluso cuando se trata del éxito irrefrenable de las Campos, algo que me eriza la piel cual hielo sobre pezón, tenía sin embargo la esperanza, a la postre frustrada, de que España dejara de ser España mientras me escondía un mes junto a Ruca en Villa Chauchina, nuestra residencia malagueña de verano. Desde allí leí, ojiplático perdido, un artículo firmado por Jorge Javier Vázquez en el que el presentador afirmaba que el 'reality' protagonizado por la madre, la hija y el Espíritu Santo (Carmen Borrego, esa bella palomita) era lo más cercano a Chéjov que conocía. Ante semejante símil, con Anton Chéjov muerto del todo y un servidor casi casi, Ruca me convenció para huir del país unos días.

Planificamos en primera instancia un lujoso crucero por Croacia en un velero de 32.000 euros la semana, pero cuando fuimos a reservarlo ya estaba pillado. Concretamente por los Reyes de España, Don Felipe y Doña Letizia. En efecto, el viaje lo pagamos igual, pero la diferencia es que nosotros no fuimos, sino que fueron ellos. Un pequeño matiz feudal que sin duda le daría a Chéjov para una segunda parte de 'El jardín de los cerezos'. ¡Qué gran símil! ¿Verdad, Jorge?

© Proporcionado por Vanitatis

Si la España que yo conocía no ha cambiado mucho desde julio, la Casa Real no lo ha hecho más o menos desde que Carlos IV perdió la peluca en un 'after hour' de Chueca a mediados del XVIII. Los Reyes siguen siendo reyes, también en altamar, y las infantas siguen siendo infantas, ya vayan montadas a caballo o en el dólar. Infantas para todo menos a la hora de informar, eso sí. Cuando las cosas son serias, como en el caso de Cristina, pero también cuando no lo son tanto, como ocurrió este viernes con Elena, quien sufrió un accidente hípico que la llevaría al hospital.

“Se ha hecho daño en la muñeca” fue la consigna elegida para informar desde la Zarzuela de esa caída. A mí lo de las consignas en palacio me encanta, porque tú puedes llamar a partir de ahí a 25 funcionarios que todos te van a repetir la misma frase, formando una especie de ejército del verbo contra la maledicencia periodística. Lo cierto es que la infanta se pegó un buen tortazo que la llevó a pasar una noche en observación para descartar una conmoción cerebral. Abonados como ninguna otra institución u organismo público al 'ni confirmo ni desmiento', Casa Real provoca que una simple caída o unas vacaciones en el Mediterráneo se conviertan en un amago de Watergate. Al final es peor el remedio que la enfermedad y, a día de hoy, cobra fuerza la hipótesis de que la infanta no llevaba casco, como es obligado, y los dueños del cortijo no quisieron reconocer oficialmente esa imprudencia en una institución a la que, como sabemos, se le conocen pocas.

La Casa Real se niega a informar con más detalle de la infanta porque “no pertenece a la Familia Real”. Si la Zarzuela no informa de una mujer que lleva el título de infanta, que se apellida Borbón, que está en la agenda oficial, que cobra de los Presupuestos y que monta a caballo en sus jardines, pues entonces ya me dirán a quién le preguntamos. El truco para justificar este tipo de requiebros llegó tras la abdicación de Juan Carlos I. En la foto de la actual Primera Familia solo salen retratados los actuales soberanos y sus hijas, dejando fuera de campo a imputados y cuestionados. Estupendo, pero si algo nos enseñó Chéjov, un experto del 'off' (¿verdad, Jorge?), es que, casi siempre, lo importante ocurre fuera del escenario.

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