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La mala vida de Sofía Cristo

La Vanguardia La Vanguardia 22/02/2016 Fede Cedó
© (Pedro Catena - Colab.LV)

“Tengo 32 años y he consumido drogas desde los 14”. Así empieza Sofía Cristo el relato de su vida ante los adolescentes y padres de la escuela Santa Anna de Mataró, a la que acudió a exponer su experiencia en el mundo de las drogas.

La hija de Ángel Cristo y Bárbara Rey apoya la campaña “Que no te cuenten mentiras”, impulsada por el Fòrum Terapèutic de Barcelona y la unidad de Mossos d’Esquadra de Mataró. “Como personaje público, mi testimonio puede impactar más” que cualquier terapeuta especializado, como asienten Francisco Fernández y Montse Martínez, los profesionales que la acompañaron en su calvario de desintoxicación y ahora a sus visitas a escuelas y colectivos de riesgo.

Sofía Cristo huye de tópicos y aborda el relato de su vida sin contemplaciones, sin pestañear, inquiriendo con la mirada la reacción de sus interlocutores. “Mi padre era adicto, me abrí a él y me ayudó”, reconoce sin tapujos cuando confiesa cómo se enganchó, lo que atribuye a una confluencia de factores. “Descubrí que era una niña insegura y vulnerable, con grandes carencias emocionales que tapaba con las drogas”.

A los 15 años, su familia notó un cambio radical en su comportamiento, pero sólo su hermano mayor, Ángel, entendió lo que sucedía. Empezó, como todos los adictos, con el alcohol y el tabaco, “drogas de inicio legales”, y siguió con el consumo de cannabis, que minimizaba. “Manipulé a mi familia de tal forma que mi madre creía que fumar porros en casa era normal”, lo que le permitió saltarse los límites de conducta.

No fue hasta los 29 años, cuando “ya estaba metida en un grave problema, con una vida caótica que se me fue de las manos e iba por peligrosos derroteros”, que, apoyada por su familia, ingresó en Fòrum Terapèutic de Barcelona. El tratamiento, como ella misma define, es “una escuela de vida”. Tras meses de desintoxicación, Sofía, que trabaja de pinchadiscos, inició la lenta labor de reinsertarse en la sociedad. “Tuve que cambiar toda mi vida... Me aparté de mis conductas, de mis hábitos, me aparté de la vida para volver a recuperarla”. Deja su mirada perdida cuando evoca: “Lo perdí absolutamente todo, sometida a un ritmo que no podía seguir manteniendo”.

Y aquí está, en su tercer año de desintoxicación. Trabajando en el mundo de la noche, pero con límites autoimpuestos. “No puedo volver a beber nunca más”, dice, aunque admite tener ganas de hacerlo, precisamente uno de los síntomas de lo que define como “mi enfermedad”. Pero ahora le satisface “tener el poder de elegir” y si detecta a otra persona abocada a su calvario, “intento ayudarle”.

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