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La princesa Adelaida, una vida dedicada a sus hijos

¡Hola! ¡Hola! 16/09/2016 hola

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La princesa Adelaida de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg (1831-1909) fue la esposa del rey Miguel I de Portugal (1802-1866), si bien se casó con él después de que fuera depuesto como monarca luso. En la biografía de la Princesa se unen, por un lado, la profunda fidelidad a su marido y a la causa monárquica de la Casa de Braganza, que se traduciría en su afán por conseguir matrimonios ventajosos e influyentes para sus siete hijos. Por otro lado, su profundo sentimiento religioso, que le llevaría en los últimos años de vida a tomar los hábitos y vivir retirada en una abadía. Mujer de gran carácter y de notable ambición – apoyó la causa carlista en España para beneficiar a su hija mayor -, hoy repasamos pues la biografía de la princesa Adelaida.

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La princesa Adelaida Sofía Amelia de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg nació en Kleinheubach, cerca de Miltenberg (Alemania) el 3 de abril de 1831, siendo hija del príncipe Constantino (1802-1838), Heredero de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg, y de la princesa Inés de Hohenlohe-Langenburg (1804-1835). La pequeña Adelaida tendría que hacer frente con apenas cuatro años de edad a la muerte de su madre y poco menos de tres años después a la de su padre. A consecuencia de estas pérdidas prematuras tanto la Princesa como su hermano Carlos (1834-1921) – quien en el futuro contraería matrimonio con la princesa Sofía de Liechtenstein (1837-1899) y después de enviudar se convertiría en sacerdote - fueron criados por sus abuelos paternos, Carlos Tomás (1783-1849), Príncipe de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg, y la esposa de éste, la princesa Sofía de Windisch-Graetz (1784-1848). Si bien Adelaida siempre recordaría a sus abuelos con cariño no es menos cierto que ambos se caracterizarían por una disciplina extrema en la educación de sus nietos y por la inculcación de una estricta religiosidad.

LA PRINCESA, FOCO DE TODAS LAS MIRADAS
Una vez que la Princesa pertenecía a una importante familia alemana, tanto desde el punto de vista de la influencia política como en cuanto al patrimonio económico, no es de extrañar que llegada la juventud se convirtiera en una de las mujeres más apreciadas por parte de los miembros casamenteros de no pocas casas reales. Entre ellos el elegido sería el antiguo Rey de Portugal, Miguel I, quien vivía en Alemania exiliado después de haber sido obligado a abdicar en 1834 - de hecho, tanto a él como a su familia se le había prohibido poner pie en territorio luso de por vida -. El matrimonio, muy desigual en cuanto a la edad de los contrayentes, él 49 años y ella apenas 20, fue arreglado por la Casa de Braganza y por la familia de la novia, que vieron en el antiguo monarca portugués un excelente vehículo para aumentar el prestigio y la influencia de su linaje.

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La boda se celebraría el 24 de septiembre de 1851. Poco se conoce de la relación entre Adelaida y Miguel. La mayoría de las crónicas apuntan, no obstante, a que si bien la joven teutona no estaba enamorada de su marido, un hombre de férreas ideas conservadoras y con un difícil carácter – había intentado gobernar Portugal como un rey absolutista, aboliendo la constitución y provocando una guerra civil entre liberales y conservadores que había terminado con su derrota -, hizo de tripas corazón, alentada por sus familiares y ante la perspectiva de tener hijos con una cabeza coronada.

Miguel, al renunciar a todos sus derechos sobre el trono de Portugal, había conseguido que se le otorgara una cuantiosa pensión anual, con la que podía llevar una vida desahogada. Un año después del “sí, quiero” la pareja tendría al primero de sus retoños, la princesa María de las Nieves (1852-1941), a la que seguirían seis hijos más. Todos ellos recibirían una educación exquisita, gracias, sobre todo, a su madre, quien siempre tuvo la ambición de que sus descendientes casaran en el futuro con personas influyentes, como así, de hecho ocurriría.

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Miguel, quien nunca regresaría a Portugal, moriría el 14 de noviembre 1866 antes de que ninguno de sus hijos hubiera llegado a la edad adulta. Adelaida, pues, fue la encargada de llevar las riendas de su familia, garantizando la salud económica de la Casa de Braganza y a la vez asegurando matrimonios prominentes para sus hijos. Así, la primogénita casaría con el infante español Alfonso Carlos (1849-1936), aspirante al trono de Madrid por la vía carlista. La propia Adelaida sería acusada de conspirar en favor de su yerno por lo que su presencia en territorio español sería siempre vista con suspicacia.

Es indiscutible que los esfuerzos de la Princesa dieron en todo caso sus frutos. Las crónicas relatan cómo la Princesa se involucró personalmente en las negociaciones de matrimonio de todos sus vástagos. Entre sus descendientes se encuentran, por ejemplo, Duarte Nuno, Duque de Braganza (1945) y actual aspirante al trono de Portugal, la gran duquesa Carlota de Luxemburgo (1896-1985), abuela a su vez del gran duque Enrique (1955), Hans Adam II de Liechtenstein (1945) o Felipe de los Belgas (1960). No en vano, Adelaida fue conocida durante años como la abuela de Europa, solo siendo superada por la reina Victoria del Reino Unido (1819-1901).

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LA VERDADERA VOCACIÓN DE ADELAIDA
La misión autoimpuesta por la Princesa de favorecer los matrimonios de sus hijos terminó con la boda de su última hija. La Princesa, una mujer de fe católica inquebrantable decidió convertirse entonces en monja, retirándose a la abadía de Santa Cecilia de Solesmes, en el noroeste de Francia. Allí haría sus votos el 12 de junio de 1897. Cuando la comunidad a la que pertenecía se trasladó a la británica Isla de Wight, la Princesa no dudó en emprender el viaje, totalmente alejada ya de la vida mundana y con un contacto muy limitado con sus hijos. La princesa Adelaida moriría el 16 de diciembre 1909 a la edad de 78 años de edad. Las hermanas del convento le darían, tal y como ella había expresamente pedido, un humilde entierro en el cementerio anexo. No sería hasta 1967 cuando sus restos mortales, junto a los de su marido, fueran trasladados a la cripta de la Casa de Braganza en el Monasterio de San Vicente de Fora en Lisboa.

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