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Los secretos del barón Thyssen, desvelados por el subastador de los archimillonarios

Vanitatis Vanitatis 20/09/2016 Mayka Paniagua
Simon de Pury © Proporcionado por Vanitatis Simon de Pury

Iniciemos esta historia, que son más bien dos vidas entrelazadas, con unas notas sobre Simon de Pury. Nacido en Basilea en 1951, es hijo de un abogado suizo al que no le gustaba estudiar aunque sí la belleza y el arte. Pasó vertiginosamente de recepcionista en Sotheby's a subastador de éxito por su estilo e intuición, que le otorgó el título del Mick Jagger de las subastas. Dicen que las supersticiones de los subastadores son proverbiales. La suya era comer antes de una subasta una manzana y llevar algo rojo. Su fama atrajo la mirada de Heini Thyssen, propietario de la colección Thyssen-Bornemisza, la mayor colección de arte del mundo solo comparable a la de la reina de Inglaterra. Simon entonces estaba casado con Isabel Sloman, compañera de estudios que lo dejó todo para ser su fiel amiga y con la que tuvo cuatro hijos. Ella fue quien le impulsó a convertirse en el subastador del barón, aunque otros intentaron disuadirle de aceptar aquel trabajo. El barón Thyssen no tenía entonces muy buena prensa. “Su fama de autócrata intimidante y excéntrico a quien solo le interesaban dos cosas en la vida, las mujeres hermosas y el arte, le precedía. Tenía fama de ser uno de los más temperamentales y volubles megamillonarios del mundo del arte”, escribe Simon en su libro 'El subastador', que se publica ahora en España.

Carmen Cervera en la presentación de su libro sobre su marido (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Carmen Cervera en la presentación de su libro sobre su marido (Gtres)

Heini le envió su jet, un Dassault Falcon, para llevarlos a Villa Favorita, en Lugano, y mostrarles el escenario de su trabajo. "El barón parecía sacado de la película Goldfinger y su esposa de entonces, Denise Shorto (la cuarta), era una Pussy Galore brasileña”, describe. Denise era entonces una rubia de treinta años, hija de un banquero dueño de una franquicia de Coca-Cola y de una modelo escocesa que hablaba cinco idiomas y había estudiado en La Soborna. Villa Favorita le pareció una “torre de Babel con un elenco sacado de la familia Monster”. Tenía garajes llenos de Bentleys e Isotta Frascchinis y paredes repletas de obras de arte. La mansión la había comprado el padre de Heini en 1932 al príncipe Leopoldo de Prusia en una venta ‘casera’ a cambio del cuadro ‘El payaso’. Aquella visita fue como un recorrido por un museo.

“El anciano era un consumado cazador de gangas”, asegura el subastador. Heini se enganchó a esa afición cuando murió su padre y adquirió la colección de sus hermanos. Compraba todas las semanas un cuadro e incluso en ocasiones uno al día. Pero fue precisamente aquel recorrido lo que le convenció. Y se mudaron allí con un encargo: encontrar el mejor arte del mundo para él. Aquel trabajo dio un vuelco a su vida. La familia se alojó en la casa del guardés aunque pronto les adjudicó una gran quinta que había en la propiedad. “Saliste de la caseta del guarda a base de follar”, le dijo el barón con su peculiar humor. Le gustaba bromear de las mujeres, de su afición al vino… “Su chiste favorito era aquel que decía que ‘mi familia se dedica al hierro y al acero. Mi madre plancha y mi padre roba’”. No se tomaba en serio ni siquiera a sí mismo. Recuerda cómo cada año Thyssen preparaba y publicaba un informe anual de su familia. “Era tan aburrido que imprimía una nota en la página 20 que decía: ‘Si has llegado hasta aquí, llámame y te enviaré una caja de champagne Krug’. Nadie lo hizo nunca. El barón tenía otra afición: el vino. “Decir que Heini bebía era quedarse corto. En una ocasión me confesó que su padre murió de alcoholismo. Bornemisza en húngaro se traducía como “no bebe vino”. El decía que debía decir: solo bebe vino”.

Tal era el grado de intimidad que Heini Thyssen fue el padrino de uno de sus hijos. Comían casi a diario en una mesa redonda de la primera planta con vistas al lago a lo que Denise no solía sumarse porque ella tenía un ritmo latino. Eso sacaba de quicio al barón. “Él era puntual. Ella le enfurecía llegando dos horas tarde a los actos, aunque dejó de hacerlo para su alivio. Thyssen vivía a ritmo propio de la película: desayuno en Londres, almuerzo en Ámsterdam, exposición en un museo de París, cena en Roma. Era uno de los pocos coleccionistas con jet privado”, relata Simon. Además estaba en una de sus mejores épocas: ágil, divertido, lleno de vida, con ganas de comérsela y medios para hacerlo. La historia de la familia es conocida. August Thyssen, su abuelo fue un campesino del Rhin que hizo fortuna fabricando mallas para gallineros y después comerciando con acero, hierro y carbón hasta convertirse en el fiero rival de la dinastía Krupp. El padre de Heini era un intelectual que no quería dedicarse a las industrias siderúrgicas, Fue Heini quien resucitó el imperio de su familia en un momento en el que la economía era de postguerra".

El arte era para él una inversión, pero también un placer que quería compartir. “Odiaba que los cuadros fueran almacenados. Cuando Reagan y Gorbachov celebraron la segunda cumbre en Ginebra para poner fin a la guerra fría, la Embajada acudió a nosotros para que les cediéramos cuadros para la finca donde se celebró el encuentro y que habían alquilado a Agha Kan”, recuerda Simon. ¿Imaginan cómo ascendió el precio de aquellos cuadros?

Heini y las mujeres

El barón junto a su segunda esposa, Fiona (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis El barón junto a su segunda esposa, Fiona (Gtres)

Cuenta también que Heini siempre decía que prefería los cuadros a las mujeres y a los viejos maestros a las viejas amantes.“Los pones en la pared y guardan silencio”, decía. En el amor y en el arte no se le podía acusar de tener gustos convencionales. Tuvo cinco mujeres, todas diferentes. Tenía debilidad para las modelos, antes que por las princesas. De su primera esposa, Nina Dyer, una belleza exótica de altos pómulos, pasó a Fiona Campbell-Walter, con quien apenas tuvo un noviazgo de doce horas antes de pasar por el altar en un pueblo cerca del lago Lugano. Era la modelo mejor pagada de la época y, por tanto, un trofeo que debía adquirir como cualquier otra obra maestra. “Era tan competitivo con sus esposas como con sus cuadros, barcos o empresas”, dice Simon. No olvida el autor el momento en el que conoció a Carmen Cervera, la actual baronesa Thyssen. “Fue durante su caminata diaria. Un taxi paró y la ventanilla trasera descendió. Una rubia despampanante, con unos 40 años perfectos mezcla entre Catherine Devenue y Susan Sarandon, me preguntó si estaba en el camino correcto. No se presentó. No fue necesario”. Corría 1984. El seguía casado con Denise, pero un año después se celebró la boda con Tita. No fue una relación unilateral. Ella le presentó a algunos de los magnates que la habían pretendido y eso, según él, dio origen a algunas extrañas amistades. Poco más se detiene en anécdotas sobre Tita.

Hanse, el yate del barón Thyssen (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Hanse, el yate del barón Thyssen (Gtres)

Del engatusador de condesas a las subastas con DiCaprio

Simon dejó al barón para volver a Sotheby's y convertirse en su presidente en Europa. Como él dice, engatusaba a condesas para que vendieran sus obras de arte y montaba auténticos espectáculos de venta para aumentar los dividendos. Su mazo se convirtió en un pasaporte a un mundo donde el lujo y el dinero eran obscenos. No tenía límites. Fue el primero en celebrar una subasta en Rusia que le abrió las puertas de las fortunas del país hasta entonces inaccesibles. A Simon igual le llamaba el ministro de cultura de Thacher que la señora de Gorbachov, Francois Pinault (suegro de Salma Hayek) o Leonardo DiCaprio. Su influencia no tenía límites. Quizás por eso el dueño del lujo francés se fijó en él para montar un emporio a su lado. Fue un paso fallido. Su carrera se tornó en precipicio. Lo mismo ocurrió con su vida sentimental. Su larga relación con Isabel fue víctima de su carrera meteórica y sus largos viajes a cualquier rincón del mundo. Louise Blouin, una magnate cuyo poder, éxito y aurea versallesca le resultaban afrodisiacos, fue la sustituta de Isabel. Después llegó Anh Duong, una bailarina reconvertida a modelo de portadas del 'Vogue' y de Yves Saint Laurent y Christian Lacroix además de una artista fascinante con cierto aire a lo Frida Kahlo hasta que Michaela, con la que está casado actualmente, volvió a llevarle al altar.

Los barones Thyssen en una imagen de 1993 (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Los barones Thyssen en una imagen de 1993 (Gtres)

Fue entonces cuando Arnauld, el titán del lujo francés, le propuso convertirse en su socio, pero la caída de las torres gemelas se llevó por delante a los inversores. En 2002 Simon perdió socias, amantes y…a Heini Thyssen. “Si bien algunos podían decir que lo mató su amor al vino, yo diría más bien que fueron los litigios terminales”. Tita se llevó a España un título y, posiblemente, la mejor colección codiciada por Thatcher, el príncipe Carlos o Helmut Kohl. “Tal era el poder de Tita; el poder de su belleza sobre el arte”, concluye el subastador.

Simon logró resucitar gracias a su instinto. Convirtió el Chelsea neoyorquino en un Chelsea londinense con subastas de autores jóvenes y fotógrafos de moda, fiestas locas y conciertos de rock con Mick Jagger, Prince o Los Beatles como protagonistas. De las subastas de lujo a las subastas de guerrillas con una ‘nueva empresa’ de la que eran asesores Gloria, la ‘princesa punk’, la aristócrata 'hipster' Francesca Thyssen, el fotógrafo Mario Testino, Lapo Elkann, heredero de Fiat o Marc Jacobs. Una especie de anti-Sotheby's con la que volvía loca a la gente rica estirada que poco después abandonó para embarcarse en la aventura de las subastas benéficas para personajes como Leonardo di Caprio, Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn…

Y así llegamos al final. Una recomendación. No dejen de leerlo. En 'El subastador, aventuras del mercado del arte', editado por Turner, no hay página sin una estrafalaria anécdota de magnates, artistas, modelos…

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