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Navegando en el fiordo de Milford Sound, la tierra de los elfos y los trolls

¡Hola! ¡Hola! 28/12/2015 hola

© Proporcionado por Hola

Una cicatriz en la tierra obligó al salvaje mar de Tasmania a colarse entre acantilados de roca, picos rugosos y bosques que cuelgan de las laderas entre atronadoras cascadas. Después, la neblina le dio a su naturaleza remota un aire de final de trayecto.

El fiordo de Mildford Sound, que abre una sinuosa lengua de agua a través de quince kilómetros tierra adentro, es tal vez uno de los parajes más sublimes de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Y aunque no es el más largo ni el más ancho, sigue siendo el más visitado del Parque Nacional de Fiorland, esa maravilla montañosa seccionada por decenas de canales, como dedos de mar, que conforman un laberinto mágico.

El acceso por carretera a Milford Sound desde el lago Te Anau, el más grande de Nueva Zelanda, es un espectáculo en sí mismo. Arropada por las montañas, la Milford Road serpentea por valles tapizados de bosques que se extienden hasta el océano. Desde el coche o la autocaravana, con el depósito bien lleno, el tiempo no puede estimarse en el trayecto por los Alpes del Sur porque miradores y senderos obligan a continuas paradas para apreciar la magnitud del paisaje.

Hay una forma más aventurera si cabe de llegar hasta los pies del fiordo, y es a pie, a través del Milford Track, conocido por los profesionales del trekking como “el fabuloso sendero del mundo”. Una ruta exigente de 54 kilómetros, en ocasiones cubiertos de nieve, que ha de emprenderse en unos cinco días como una suerte de Camino de Santiago por una naturaleza desbordante.

Al paso, entre un paisaje glaciar salpicado de hayedos y arroyos de agua cristalina, aparece el desfiladero de Mackinnon donde, en los días claros, se ven los valles de Clinton y Arthur y se asiste al espeluznante estruendo de las cataratas de Sutherland, que caen desde una altura imposible.

El tramo final, en ambos casos, desemboca en el Milford Sound, donde habrá que embarcarse en un crucero para navegar entre paredes de granito que superan los 1.200 metros y que emergen desde un mar añil cubiertas de vegetación exuberante.

Porque esta zona, una de las más lluviosas del planeta, no solo propicia en las rocas el nacimiento de cascadas efímeras, sino que también permite a la selva desafiar la gravedad en la pendiente. Lo normal es que el día amanezca húmedo, envuelto en una bruma densa. Pero si quiere la suerte, el sol perfilará los picos con absoluta nitidez y los colores quedarán proyectados en el agua.

La travesía, de tres o cuatro horas, recorre los hitos que hacen de Milford Sound un lugar extraordinario. El vertiginoso Mitre, como una uña de 1.692 metros, es llamado así por su forma semejante a la mitra de los obispos. Pero hay otras erupciones de piedra que encierran alocadas figuras, como el Pico Elefante, que emula a un paquidermo; o el Monte León, que adopta la silueta de este animal salvaje recostado.

En el trayecto, por aquí y por allá, irrumpen chorros que tienen su máxima expresión en las cataratas Lady Bowen, o en las más alejadas Stirling, a las que el barco se aproxima tanto que pueden tocarse con las manos. Sobre las rocas, colonias de focas y pingüinos retozan bajo la fresca ducha, mientras los botes se pierden por la bahía de Anita, donde no es raro cruzarse con delfines que saltan y juegan con las olas. Más tarde, después de atravesar corales negros visibles desde la propia superficie, llegará la desembocadura del fiordo, donde apenas la proa se asoma al embravecido mar de Tasmania.

Milford Sound resulta tan fotogénico, tan extremadamente apabullante, que hay quien no se conforma con un paseo y decide pasar la noche a bordo en barcos que ofrecen este servicio. Pero también hay quien prefiere una inmersión submarina; una exploración a ras del agua; desde una canoa, sintiéndose como un puntito rodeado de verticalidad o como un hobbit en su mundo fantástico.

NO DEJES DE… Visitar el otro gran fiordo, Doubtful Sound, de más difícil acceso pero igualmente espectacular, más largo y menos concurrido. A él solo se puede llegar en un crucero organizado. Hay que cruzar el lago Manapouri en barco hasta la central eléctrica de West Arm, donde un autobús recorre una veintena de kilómetros serpenteantes hasta alcanzar el embarcadero del fiordo.

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano a Milford Sound es el de Queenstown, al que se puede acceder con Air New Zealand desde Auckland, Wellington o Christchurch. También desde Queenstown parten autobuses diarios en excursiones organizadas que incluyen el crucero por el fiordo. La forma más espectacular de llegar es en coche o autocaravana, a través de los 120 km de la Milford Road, que parte de Te Anau. Una carretera montañosa en la que se exige el uso de cadenas para los meses de invierno; a cambio se asiste a un paisaje majestuoso que culmina en el estrecho túnel de Hommer.

CUÁNDO IR
Aunque Milford Sound puede visitarse en cualquier época del año, especialmente recomendable es ir en nuestro invierno aquí, cuando no hace frío ni viento ni hay riesgo de avalanchas.

CÓMO MOVERSE
Una decena de compañías (Mitre Peak Cruises, Red Boat Cruises, Cruisisng Mildfors Sound…) ofrecen cruceros por el fiordo. Algunos (Real Journeys) también proponen excursiones con una noche a bordo, bien en camarotes dobles o con literas para cuatro personas. Suelen incluir las comidas y alguna salida en kayak. La Milford Track es una célebre ruta senderista de 54 kilómetros que arranca en el lago Te Anau y obliga a hacer noche, a lo largo de unas cinco jornadas, en las cabañas habilitadas a tal efecto, puesto que está prohibido acampar. Puede emprenderse por libre o con una excursión organizada, aunque el Gobierno neozelandés restringe el número de turistas para preservar el entorno, por lo que hay que solicitarla con meses de antelación.

DÓNDE DORMIR
A solo 1,5 km del fiordo, en MILFORD SOUND LODGE (milfordlodge.com), cabañas de lujo emplazadas sobre un risco y con grandes ventanales que miran al río Cleddau y a las montañas Sheerdown. Es la mejor opción de alojamiento en esta zona sin apenas poblaciones en kilómetros a la redonda.

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