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Ni Charlène es Grace Kelly ni Alberto II es ya el 'soltero de oro'

Vanitatis Vanitatis 01/07/2016 Fermín J. Urbiola

Es verdad que, a los ojos de los observadores, las relaciones entre el príncipe soberano de Mónaco, Alberto II, y su esposa, la princesa Charlène, se han visto siempre envueltas en un halo un tanto misterioso, con tonos de fragilidad; o más bien, de incertidumbre.

Y en estas fechas, con motivo del quinto aniversario de la boda que ha dado continuidad a la casa Grimaldi (1 de julio de 2011), la más antigua de cuantas rigen los destinos de un Estado europeo, se oyen los ecos de algunos de los argumentos que han convertido en verosímil el calificativo de incierto aplicado al matrimonio de los soberanos monegascos. Desde las relaciones sentimentales que mantuvo Alberto II durante su larga época de 'soltero de oro', fruto de las cuales son –al menos– los dos hijos oficialmente reconocidos, hasta los frecuentes rumores sobre los supuestos distanciamientos de la pareja, sin olvidar el gesto deliberadamente serio que muestra la princesa Charlène en muchas de sus apariciones públicas o su ausencia en actos tan relevantes en el principado como el Baile de la Rosa en sus dos últimas ediciones. Por cierto que, intencionadamente o no, en ambas ocasiones ha reaparecido en público durante la Semana de Pasión.

Sin embargo, como el futuro es decisión del día a día de sus protagonistas y en este tipo de cuestiones los pronósticos a largo plazo suelen tejerse más con impresiones que con datos fundados, las conclusiones son frecuentemente erróneas.

Una década bajo la lupa

La exnadadora de élite y campeona olímpica Charlène Wittstock, nacida hace 38 años en lo que actualmente es el estado de Zimbabue y de nacionalidad sudafricana, ha sido observada con lupa desde que se dejó ver junto al príncipe Alberto en los Juegos Olímpicos de Turín (2006). Y más aún, si cabe, desde que se anunció oficialmente su compromiso de boda (2010).

Alberto de Mónaco y Charlène en una imagen de archivo (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Alberto de Mónaco y Charlène en una imagen de archivo (Gtres)

Ella misma se ha quejado alguna vez, en voz baja –en su entorno–, por las críticas que recibe a causa del vestido que lleva, por haber elegido tal o cual diseñador de moda, por lo que come o por cómo lo come… Una joven que, aunque ha crecido en una familia con recursos, ha sido testigo directo de la pobreza –¡y de la miseria!–, quizá no entendiera bien inicialmente la importancia de determinadas cuestiones que estaban en el origen de esas críticas.

Aunque, además, bien es sabido que cuando se instaló en Mónaco era la prometida del soberano, un ‘título’ tan relevante como aburrido: su principal ocupación era esperar a que llegara su príncipe al lujoso apartamento que había puesto a su disposición.

La princesa consorte de Mónaco, el Estado más pequeño del mundo después del Vaticano, tampoco es Grace Kelly, como ha querido que lo fuese una parte de la familia Grimaldi, incluido probablemente también su propio esposo. Pero, por otra parte, no es menos cierto que el príncipe soberano, a sus 58 años bien cumplidos, tampoco es el joven ‘soltero de oro’ pretendido por no se sabe cuántas candidatas.

Una luchadora que sabe sufrir

Así y todo, también se pueden poner sobre el tapete algunas consideraciones que animan al optimismo, sin que puedan considerarse como unos ingredientes más de alguna audaz conclusión sobre su futuro.

Los príncipes de Mónaco junto a sus mellizos, Gabriela y Jacques (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Los príncipes de Mónaco junto a sus mellizos, Gabriela y Jacques (Gtres)

Por un lado, la presencia en palacio de Gabriela y de Jacques (el heredero), los dos hijos del matrimonio, que en diciembre cumplen dos años. Tanto Alberto II como su esposa disfrutan con los mellizos.

Y por otro lado, quizá más importante aún, el hecho de que Charlène sea una mujer acostumbrada a luchar y a alcanzar sus objetivos. Los deportistas, muy especialmente los profesionales, saben muy bien que para lograr nuevas metas deben aprender a sufrir. Y Charlène ya ha demostrado que, cuando tiene un nuevo reto, es tenaz y sabe sufrir.

La princesa Charlène es una mujer activa, dinámica y alegre. A pesar de la imagen seria –casi triste– que ha querido transmitir frecuentemente durante los últimos meses, o años, la princesa consorte de Mónaco es jovial y está llena de vitalidad.

Así compareció, por ejemplo, durante la presentación de su fundación en Santa Mónica (California), hace pocas semanas, junto a atletas estadounidenses consagrados y al lado de unos 40 niños, con quienes compartió la piscina de la Casa de la Playa de la Comunidad de Annenberg para enseñarles a sentirse seguros en el agua. Esa es la misión de su fundación, combatir las muertes por ahogamiento de tantos y tantos niños que no saben cómo actuar cuando se encuentran en una situación de peligro en el agua.

Charlène, muy emocionada el día de su 'sí quiero' (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Charlène, muy emocionada el día de su 'sí quiero' (Gtres)

Cuando la princesa habla de su fundación, que constituyó en 2012, habla de salvar vidas de niños independientemente de su origen y del poder adquisitivo de sus familias; habla de extender la cultura de una vida activa y saludable, habla de fortalecer el espíritu del esfuerzo, del trabajo y de la amistad. Habla, en definitiva, de los valores que ella misma cultiva para sí. Y entonces, Charlène no muestra un rostro triste. Todo lo contrario.

Fermín J. Urbiola © Proporcionado por Vanitatis Fermín J. Urbiola

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

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