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Olga Constantinova, la rusa que reinó en Grecia

¡Hola! ¡Hola! 22/07/2016 hola

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© Proporcionado por Hola

Si existe una dinastía marcada por la tragedia esa es sin duda la de los Romanov, cuya existencia siempre estará asociada a la Revolución Rusa de 1917, que tuvo como consecuencia su práctica aniquilación a manos de los bolcheviques. La figura que hoy nos ocupa, la reina Olga Constantinova (1851-1926), fue uno de los pocos miembros que pudo escapar de una segura ejecución – su vida fue salvada gracias a ímprobos esfuerzos diplomáticos -, si bien su biografía está igualmente repleta de infortunios, principalmente el asesinato de su marido, el rey Jorge I de Grecia (1845-1913), y el posterior amargo exilio. Mujer muy comprometida en la educación de sus hijos – algo infrecuente en la época – y profundamente solidaria – lo que le valió la simpatía del pueblo griego -, la vida de la reina Olga Constantinova se caracterizó por la inestabilidad e, inevitablemente, por la mala suerte. Hoy repasamos pues su biografía.

La futura Reina helena nace el 3 de septiembre de 1851 en el Palacio Pávlovsk de San Petersburgo, siendo la hija mayor del gran duque Constantino Nicolás (1827-1892), hijo a su vez del zar Nicolás I de Rusia (1796-1855), y de la gran duquesa Alejandra de Sajonia-Altenburgo (1830-1911), de origen alemán. La infancia de la pequeña Olga transcurre entre las muchas propiedades de su familia, especialmente en Crimea, rodeada de la opulencia propia de la Familia Real rusa. Buena estudiante, pero de un carácter algo retraído, será el contrapunto a su hermana Vera (1854-1912), de personalidad excéntrica y alegre, o a su hermano Constantino (1858-1915), quien ya de pequeño despuntará como un talentoso escritor – de hecho, en la edad adulta se convertirá en un poeta y dramaturgo notable -. En 1862, el padre de Olga es nombrado virrey de Polonia, por lo que la familia se traslada a vivir a Varsovia. Olga recordará este periodo en el futuro de modo negativo, especialmente por el intento de asesinato del Gran Duque a manos de un nacionalista polaco, hecho que llegaría a traumatizarla. El mandato de los Grandes Duques terminaría de forma abrupta a principios de 1863, a consecuencia de una revuelta popular que les llevaría de regreso a Rusia. 

La vida de Olga, sin embargo, cambiaría ese mismo año, cuando conocería a su futuro marido el rey Jorge I de Grecia. Éste había viajado a Rusia para agradecer al Zar su respaldo a la hora de ser elegido como Soberano heleno. El rey Jorge I, de origen danés, era un hombre de gran atractivo físico y de una personalidad seductora. En la búsqueda de un Rey para los griegos, Jorge había despertado más simpatías que el candidato francés, Enrique de Orleans (1822-1897) o que el inglés, Ernesto II (1818-1893), quizás por su juventud, apenas diecisiete años, y por el hecho de que su país de origen no era una gran potencia con ambiciones expansionistas.

El Rey de los Griegos, según relatan las crónicas, se enamoró perdidamente de Olga, pero no sería hasta cuatro años después, con ocasión de otra visita a Rusia cuando el Soberano decidiera pedir la mano de la hija de los Grandes Duques. Éstos se mostraron en primera instancia reticentes – Olga era apenas una adolescente y aún muy unida a sus padres -, pero al comprobar que la joven estaba muy enamorada del Rey griego, terminaron por aceptar la propuesta de matrimonio.

La boda se celebraría el 27 de octubre de 1867 en el Palacio de Invierno de San Petersburgo. La fiesta posterior se prolongó durante cinco días. Olga no dejó de confesar a los invitados lo feliz que era y lo entusiasmada que estaba con viajar a su nuevo país, Grecia. El recibimiento de la nueva Reina en tierras helenas fue espectacular. El pueblo griego se echó a las calles a aclamar a la nueva Soberana, que para la ocasión había elegido un vestido con los colores de la bandera griega.

 LA FRUSTRACIÓN DE UNA REINA EN TIERRAS EXTRANJERAS

Los primeros meses en tierras griegas fueron complicados para la reina Olga. Sin hablar una palabra de griego o de inglés, la comunicación con sus asistentes en Palacio era muy complicada, hasta el punto de que en no pocas ocasiones la joven Soberana terminaría llorando de pura frustración. Su fuerza de voluntad le llevaría no obstante a dominar el idioma griego en poco más de un año, algo que despertaría la admiración y el orgullo de su marido y del pueblo griego.

Todos los historiadores coinciden en que la relación entre los Reyes fue excelente y movida siempre por el amor. La pareja tendría un total de ocho hijos, de los cuales cinco serían varones, el primogénito Constantino (1868-1923) -padre de Pablo I de Grecia y por lo tanto, abuelo de la Reina Sofía- quien sería Rey de Grecia en dos periodos breves, Jorge (1869-1957), Nicolás (1872-1932), Andrés (1882-1944), padre del Duque de Edimburgo (1921), y el benjamín, Cristóbal (1888-1940), y tres mujeres, Alejandra (1870-1891), María (1876-1940) y Olga, quien apenas sobrevivió unos pocos meses en 1880. Ambos progenitores se caracterizaron por ser excelentes padres, encargándose personalmente de la educación de sus hijos y logrando crear una familia muy compenetrada y basada en el respeto y el apoyo mutuo.

Pese a que la Reina se acostumbró a la vida en Grecia, mucho más modesta que la de la corte rusa, llena de pompa y lujos – los Reyes griegos apenas organizaban fiestas en su palacio ateniense y pasaban largas temporadas en su segunda residencia, el Palacio Tatoi, y en Francia, donde poseían una casa en Aix-les Bains -, no es menos cierto que la Soberana echaba de menos su Rusia natal, hasta el punto de que no era extraño que con frecuencia abandonara de improviso Grecia para trasladarse a su país natal, donde podía disfrutar de fastuosas fiestas y de los espectáculos de danza que tanto le gustaban.

Fue la reina Olga una mujer con un sentido de la solidaridad muy acusado. Nada más arribar en tierras helenas, la Soberana se interesó por el estado de los más desfavorecidos en su nuevo país. Sería de hecho ella la que se encargaría de que se construyeran un sinfín de hospitales para personas sin recursos, así como orfanatos para niños pobres y residencias de ancianos. Muchos de estos centros fueron financiados directamente por ella, con el vasto patrimonio de la Familia Real rusa. Asimismo, la reina Olga fue una Soberana preocupada por el estado de las cárceles en Grecia, impulsando la creación de las primeras prisiones femeninas y de los primeros correccionales para menores de edad. Todos estos esfuerzos fueron recompensados con el cariño del pueblo griego, que siempre la consideraría como una benefactora y una aliada de los más necesitados.

LA GRAN TRAGEDIA DE LA REINA OLGA
Sucedería el 18 de marzo de 1913, cuando el rey Jorge fue asesinado a tiros por el anarquista Alexandros Schinas (1870-1913) en Tesalónica. Completamente destrozada, la Reina viuda hizo de tripas corazón y presidió con entereza tanto el funeral de su marido, como la coronación de su hijo Constantino. Pese a que éste le rogó permanecer en Grecia y ayudarle en las tareas de gobierno, la reina Olga, rota de dolor por la cruel muerte de su marido, decidió poner rumbo a Rusia, recluyéndose en el Palacio Pávlovsk.

 En 1917, con ocasión del estallido de la Revolución Rusa y la persecución de los miembros de la Casa Real rusa, el Palacio Pávlovsk fue tomado por la fuerza por los bolcheviques. Pese a que la Reina no sufrió en primera instancia ningún daño físico, los revolucionarios sí la hicieron prisionera, impidiéndole abandonar Rusia. Durante meses, la reina Olga permanece en arresto domiciliario, sometida a una dieta de poco más que pan y agua. El gobierno danés hace todo lo posible por ayudarla, hasta el punto de concederle la nacionalidad danesa para forzar su liberación. Finalmente, la Reina recibe la autorización para dejar el país ruso, refugiándose en Suiza, donde su hijo Constantino, depuesto entretanto del trono heleno, se encuentra exiliado. La Reina, después del durísimo cautiverio y tras conocer que la práctica totalidad de su familia – entre ellos dos de sus hermanos - ha sido asesinada por los comunistas cae en una grave depresión. En tierras helvéticas la antigua Reina y su hijo viven en la miseria, una vez que todas las propiedades de la Familia Rusa habían sido confiscadas y el nuevo gobierno griego se negaba a enviarles una pensión con la que sobrevivir.

Constantino recuperaría el trono por un periodo de dos años en 1920. La reina Olga regresa a Grecia durante ese tiempo, pero al abdicar de nuevo su primogénito, se exilia en Italia donde, esta vez sí, recibe una pequeña asignación de las autoridades helenas. En Italia la salud de la Reina comienza a flaquear, perdiendo gran parte de la visión y teniendo que utilizar una silla de ruedas para desplazarse. El 18 de junio de 1926 moría en su modesta casa de Villa Anastasia de Roma a la edad de 75 años. Según la necrológica del New York Times, los últimos tiempos de la Reina pasaron casi exclusivamente en el interior de su casa, repleta de objetos provenientes de Grecia y de Rusia, donde la Soberana “se había ido marchitando con el recuerdo de las muchas tragedias que golpearon a su familia”. Actualmente los restos mortales de la reina Olga de Grecia descansan en el cementerio anexo al Palacio de Tatoi, en Grecia.

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