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Panama Popper

Vanitatis Vanitatis 09/04/2016 Nacho Gay

Llevo toda la semana sumido en un sinvivir por si mi nombre aparece de repente en los 'papeles de Panamá'. Yo soy una persona muy empática, sobre todo con los ricos, y me imagino el calvario que están sufriendo estos últimos días, así que lo asumo como propio. Me levanto cada mañana, me pongo a todo trapo un disco de Caetano Veloso que heredé de una antigua relación, me 'endramo' (del verbo 'endramar') y abro El Confidencial dispuesto a leerlo en posición fetal y con el pescuezo orientado hacia el Oeste, mirando a la meca panameña. Mi corazón palpita. Lo suele hacer, pero en ese momento palpita más, como si diez jamaicanos estuviesen peleando por una medalla ahí adentro.

Comienza el vía crucis matutino. 'On', carpeta de favoritos, 'enter'... Y entonces aparece y leo. Leo con atención esas noticias que son en realidad versos quebrados, una copla afligida de Jorge Manrique. Veloso y Manrique juntos, eso no lo supera ni Almodóvar. En ese contexto eminentemente trágico, me convierto por una décima de segundo en la persona que más está sufriendo en el mundo. Eso, por extraño que parezca, me hace sentirme bien. A todos nos gusta ser en algún momento del día la persona que más sufre en el mundo. Pero no. Hoy tampoco estoy en esa lista.

La infanta Pilar en una imagen de archivo (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis La infanta Pilar en una imagen de archivo (Gtres)

Yo no estoy, pero pienso en los demás. Y empatizo de nuevo. Pienso ahora en los Thyssen. Joder, ¿acaso tiene ellos la culpa de que Goya y El Greco pintasen bien? ¿Van a pagar ellos el pato de siglos y siglos de buen trazo? Injusto, cuando menos. Pienso también en Imanol, Antonio Alcántara, que es como mi segundo padre. El padre con más hijos de toda España, lo cual merecería ya de por sí una pensión vitalicia. Y sobre todo un respeto, señores. Pero qué respeto se puede pedir a un país que se pasa la vida persiguiendo a los Borbones, un clan que domina media Europa desde el siglo XIV, fecha en la que seguramente no habíamos nacido ninguno de nosotros; quizá Jordi Hurtado, pero nadie más.

Hace aparición Pilar de Borbón, que hasta tiene nombre de virgen maña, la pobrecita mía. Una simple tesorera de los merecidos tributos recaudados por una tribu casi milenaria de guerreros altruistas, dirán los libros. Coño, si es que te apellidas Borbón en este país y no puedes ni ser infiel, un derecho inalienable del ser humano, según ha predicado siempre el mismísimo Woody Allen, dios mundano de lo metafísico. Si no hacemos caso a lo que dice Woody Allen, qué quieren que les diga, entonces sí que apagamos estos focos de luz tenue y nos vamos todos a la mierda.

Aunque en la mierda yo ya estoy bastante metido, todo sea dicho de paso. Me percato justo cuando acaba una de las canciones del disco de Caetano Veloso y está a punto de arrancar la siguiente. Ese instante de silencio me apea del melodrama y me devuelve a la realidad. El silencio acompaña mal casi siempre, no sigue el compás; así que por un momento dejo de empatizar. Solo por un momento, porque entonces suena la siguiente, 'Cucurrucucú Paloma', canción que adornaba un fragmento de 'Hable con ella', y, claro, Almodóvar anida en mi mente. Pedro, otro de los damnificados.

Le he visto hace apenas unas horas paseando en el asiento trasero del coche, como Miss Daisy. Abría la ventanilla y atendía amablemente a la perros de la prensa con gesto contrariado. “Pregunten a mi hermano”. A algunos esta frase les ha recordado mucho al club de las esposas tontas, a la infantísima, a Ana Mato, a tantas otras mujeres víctimas del machismo. Pero no. Pedro, en realidad, ha rodado en ese instante, de forma espontánea, pero probablemente consciente, una de las mejores escenas de su cine, mimetizado hasta el tuétano con una de sus mujeres, devoradas siempre por las argucias de los hombres que las rodean. Donde unos solo observan oportunidad de desfalco, yo veo arte.

Ironizo, pero sufro.

'Cucurrucucú' toca a su fin y una nueva bocanada de realidad entra de repente por mi ventana. Recuerdo en ese momento que guardo en un cajón un botecito mágico a medio gastar, creo que era de popper*, que me sobró de una noche loca en uno de esos antros con cuarto oscuro que salen en 'Laberinto de evasiones'. Perdón, 'Laberinto de pasiones', quería decir, pero se me ha ido el santo a Panamá. Corría el año 82. Yo era un vigoroso chaval nonato que disfrutaba de la libertad de la Movida. Por entonces los 'Panama Papers' eran 'Panama Poppers'. Otros tiempos, sin duda.

[Crítica de 'Julieta': Almodóvar se cae del poni]

Me meto un chute de esa mierda y me pongo 'Sálvame'. Lydia Lozano está bailando 'el chuminero'. Me viene genial. Pienso poco, pero pienso esto: “Madre mía, llevo diez años pegándole bombazos en esta Carta de Ajuste a estos pobres desgraciados mientras Los Otros, espectros en clave Amenábar, abrían y cerraban cuentas con sus dioses y diablos al otro lado del frío río que aparece en la metáfora del barquero, ahí donde se ahogan los versos del soneto más bello de Quevedo”.

Por eso quiero que 'Sálvame' sea hoy mi refugio. En este contexto, lo encuentro hasta amable. Hoy quiero idiotizarme a nivel máximo, como diría Ylenia. Así que me dejo narcotizar mientras pasa todo lo que tiene que pasar sin que pase nada más después. Siempre es así. Quiero sentir esta tarde lo que siente la mayoría de la gente. La gente normal, la que se había rendido cuando había que rendirse. Y sí, dejo de sufrir por un momento.

La siguiente aclaración es solo para mi madre:

*Popper: condimento de la cocina hindú. 

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