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Reconstruimos la historia de Marita Lorenz, la Mata Hari del Caribe y amante de Castro

Vanitatis Vanitatis 27/11/2016 Mayka Paniagua

Con Fidel Castro © Proporcionado por Vanitatis Con Fidel Castro “Debería ser feliz”, dice. Pero no lo es. Vive de la asistencia pública, sin pensión, en un bajo en Queens con su perro Bufty, una gata, una tortuga y un enorme pez naranja que se lanza en misión suicida contra el cristal de la pecera. Ha querido morir, pero nunca ha querido quitarse la vida. Anciana, con un corazón débil, apenas hace otra cosa que ver la televisión o tomar sus pastillas. Su hijo Mark confía en conseguir que la película que llevará su vida a la gran pantalla le permita reunir el dinero suficiente para sacarla de ese agujero oscuro que es su piso mientras tramita la nacionalidad alemana. Madre e hijo disfrutan con la idea de que Jennifer Lawrence se haya entregado al proyecto, coproduzca y encarne el papel de aquella mujer de vertiginosas curvas a la que la Mafia apodó la Mata Hari del Caribe o a la que Fidel Castro llama la Alemanita y prometió convertirla en la Reina de Cuba. Esta es la vida de una chica que se enamoró y cautivó a dictadores cubanos y venezolanos, y acabó siendo un juguete roto manipulado por la CIA y el FBI. Es la historia de una 'party girl' de la mafia neoyorquina o la de un “testigo no creíble” para el Congreso de Estados Unidos. Esta historia es la de Ilona Marita Lorenz y puede producirles vértigo, admiración, pena….pero no les dejará indiferentes.

Marita nació en Alemania unos días antes de que Hitler invadiera Polonia. Compartió barracón con sus hermanos en el mismo campo de concentración en el que murió Ana Frank junto a otros hijos de matrimonios mixtos de alemanes y extranjeros. Y sobrevivieron hasta la liberación gracias a ese lema que ha repetido a lo largo de su vida: “No hables, no pienses, no respires”. Con siete años un sargento estadounidense la violó. No sabía reír ni jugar. No aceptaba la escuela y decidieron dejarla acompañar a su padre en sus viajes en barco. En 1950 su madre (que ejercía de espía) obtuvo el permiso para sacarlos de Alemania e irse a vivir a Estados Unidos, pero ella prefirió seguir embarcada de un lado a otro. Era una especie de amuleto de la tripulación. Así conoció a Fidel Castro.

Su relación con Fidel Castro

Ilona Marita Lorenz © Proporcionado por Vanitatis Ilona Marita Lorenz

En una de aquellas travesías en barco pasaron por Cuba. Castro había visto el barco desde su habitación en el Habana Hilton, el hotel en el que la revolución había instalado su cuartel y que rebautizarían como el Habana Libre, y se acercó. Fue Marita quien le recibió: “Nunca olvidaré la primera vez que observé esa mirada penetrante, ese bello rostro, esa sonrisa picaresca y seductora. Puedo decir que en ese instante empecé a flirtear con él”, recuerda en conversación con Vanitatis. Por entonces, tenía 19 años y no se negó cuando él le robó un beso y la bautizó como la Alemanita. Marita volvió a Nueva York con su hermano y el comandante tardó tres días en enviarla un avión para llevarla a La Habana. Así se convirtió en su amante. Alojada en su habitación, se paseaba por la ciudad vestida de militar hasta que un día se despertó mareada y sedienta en una habitación oscura. La habían drogado para provocarle un aborto o eso le dijeron. Castro perdió interés y volvió a casa. Veinte años después Fidel le presentó a Andrés, el hijo que nunca había conocido. Dice Marieta que, a su regreso, era una joven rota física y emocionalmente a la que todos manipularon. Era una pieza muy valiosa para los exiliados anticastristas, los mafiosos a los que Castro cerró el grifo en La Habana y el Gobierno de Estados Unidos. ¿Quién tenía un acceso tan personal a Fidel como ella? Así se involucró en la Operación 40, una trama gubernamental que unió a las agencias federales, el exilio cubano y la mafia para intentar derrocar a Castro. La enviaron a La Habana con dos píldoras. Ella cuenta que no falló. Simplemente, fue incapaz de hacerlo. Está segura de que Castro conocía su misión, pero no impidió su encuentro. “Nadie puede matarme”, le dijo.

A su vuelta, estaba desahuciada por su fracaso, pero no podían dejarla marchar. Sabía demasiado. La entretuvieron con labores en el transporte de armas. Así conoció a su siguiente amante: el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. “Aquel general exiliado en Miami era bajito como el actor Danny De Vito y me pareció adorable aunque estaba gordo y tenía poco pelo”, recuerda. Le regalaba perlas de Isla Margarita, joyas de oro de distintos quilates y la recogía en el motel de la guerrilla. “El sexo con él no fue maravilloso, ni siquiera bueno. No podía compararse con Fidel. Marcos no era un buen amante. Era egoísta. Yo no le había contado gran cosa de mi anterior relación, pero Marcos lo sabía, y a veces, cuando había bebido, telefoneaba a Fidel para insultarle y jactarse de que tenía a su novia y la había dejado embarazada”. Mónica nació de aquel 'affaire'. Cuando el general fue repatriado, su abogado le robó los fondos que Marcos le había asignado y Marita decidió seguirle a Venezuela. Acabó capturada y abandonada en la selva con una tribu de indios yanomami hasta que los “chicos” de su madre la salvaron.

De los dictadores a ser la ‘mafia girl’ de la mafia italiana

Quería llevar una vida normal, pero parecía incapaz. Los siguientes años cayó en las redes de un mafioso siciliano, un ladrón, un policía y una 'madame' con la que se convirtió en una auténtica 'mafia girl'. Salía sin freno por los locales de moda y acababa en 'afterhours' ilegales o en casas particulares. Prefería los códigos de conducta de los mafiosos a los de la CIA. “Los padrinos eran caballeros con palabra de los que me podía fiar”, afirma. Embarazada de Mark, puso fin a su vida de fiesta cuando el FBI la reclutó junto a otro agente, Louis, con el que se casó.

El 20 de abril de 1975, el 'New York Times' publicó una serie bautizada 'Los secretos de la CIA' y, bajo el título 'La Mata Hari que embaucó a Castro', apareció su foto y su historia. “Cuando vi el diario en un quiosco supe que empezaba mi apocalipsis”, dice a este medio. Era una venganza por no haber matado a Castro. Aquello coincidió con la muerte de su madre que era, al final, quien siempre acudía a rescatarla. “Me quedé sin cimientos en un momento en el que se intensificaba la presión por la investigación del asesinato de Kennedy. Tenía miedo de ser acusada por asuntos como los robos en las armerías y escapé”, apunta.

Los años siguientes fue un deambular continuo. Años de penurias. Sin dinero, tuvo que acudir a los servicios sociales y pedir asistencia para comer o robar para alimentar a sus hijos. El acoso no cejaba y decidió unirse a otros exagentes abandonados para denunciar su situación. Una rueda de prensa les dio la proyección que buscaban y los puso en el punto de mira de Hollywood. Las películas se han convertido en un medio de vida. ‘Querido Fidel’ o ‘Mi pequeña asesina’ han llevado a la gran pantalla su vida con más o menos éxito.

Su última ilusión es un proyecto de un musical basado en el libro en Ámsterdam y la película que protagonizará Lawrence. “Solo quiero salir de esta caja de hielo. Es cierto que he tenido dinero en mi vida, pero también creo que merezco una pensión por los trabajos que hice para el Gobierno. El abandono me enfurece. Es parte de un pacto de venganza: si decides dar un paso atrás o salirte en lo más mínimo de sus normas, te dejan sin nada. Hoy no hay más guerras en las que luchar: yo estoy vieja y él ya no está”. Se refiere a Castro, al que nunca olvidó.

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