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Zita de Borbón y Parma, la última emperatriz de Austrohungría

Logotipo de ¡Hola! ¡Hola! 13/05/2016 hola

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Probablemente sea Zita de Borbón y Parma (1892-1989), última Emperatriz de Austria, Reina de Hungría y de Bohemia, una de las personalidades más poderosas surgidas de las Casas Reales durante el siglo XX. Pese a su origen italiano, la emperatriz Zita, gracias a su carácter férreo y a su valía intelectual, llegó a convertirse en la gran defensora de los intereses de la familia Habsburgo-Lorena, a la que pertenecía su marido el emperador Carlos Francisco (1887-1922) y los ocho hijos que tuvo con él, con el príncipe Otto (1912-2011) como primogénito. Considerada durante décadas como una suerte de matriarca de todos los monárquicos centroeuropeos, que veían en ella un ejemplo de rectitud, la biografía de Zita de Borbón y Parma ocupa hoy estas líneas.

Nace la futura emperatriz Zita – su nombre completo era Zita María de la Gracia Adelgonda Micaela Rafaela Gabriela Josefa Antonia Luisa Inés de Borbón y Parma Braganza – el 9 de mayo de 1892 en Villa Pianore, en la Toscana italiana, siendo el decimoséptimo vástago del Duque de Parma Roberto I (1848-1907), último Soberano de Parma y Piacenza, previo a la unificación italiana, y de la segunda esposa de éste – quien había enviudado de María Pía de Borbón-Dos Sicilias en 1882 - la infanta portuguesa, aunque nacida en Alemania, María Antonia (1862-1959). La infancia de Zita así como la de sus hermanos estaría marcada por la pérdida del trono de su padre. Don Roberto desarrollaría una enorme frustración por lo que para él era una injusticia. A resultas de este desencanto, el Duque prefería residir la mayor parte del tiempo del año en su castillo de Austria, donde de hecho Zita pasó gran parte de sus primeros años de vida.

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FOTO A FOTO: LA VIDA EN FAMILIA DE ZITA DE BORBÓN Y PARMA

Era don Roberto un hombre convencido de que la educación era un factor clave para que sus hijos se convirtieran en dignos sucesores de su linaje. Por ello todos sus descendientes serían auténticos políglotas, dominando no solo el italiano y el portugués, sino también el inglés, el castellano, el francés y el alemán. Asimismo, cuando Zita llegó a la edad de cursar sus estudios secundarios fue enviada a un elitista internado en Suiza, llamado Zanberg, y más tarde, ya fallecido don Roberto, a un convento inglés, donde la joven desarrollaría el profundo sentimiento religioso que la caracterizaría en toda su edad adulta.

Una vez llegada la edad de merecer, la tía y tutora de Zita, la archiduquesa María Teresa de Austria (1855-1944), comenzó a buscas posibles candidatos para casar con su sobrina favorita. Por un tiempo se habló de que el elegido sería el Duque de Madrid, don Jaime de Borbón (1870-1931), pretendiente carlista al trono español, pero los riesgos políticos de ese posible matrimonio finalmente le terminaron descartando. Finalmente, la solución vendría de la misma familia, una vez que María Teresa organizaría una fiesta a la que acudiría lo más granado de la sociedad austriaca, entre los que se encontraban el archiduque Otto (1865-1906) y el primogénito de éste, el archiduque Carlos Francisco. Cuando Zita vio a Carlos Francisco, con el que guardaba lejano parentesco, quedaría prendada de él, tal y como ella misma reconocería en infinidad de entrevistas. Los jóvenes se hicieron rápidamente amigos y poco después el Archiduque pediría la mano de Zita. La boda se celebraría el 21 de octubre de 1911 en el castillo de Schwarzau.

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Los primeros años de matrimonio de Zita y Carlos fueron de gran felicidad. Un año después del ‘sí quiero’ la pareja tendría al primero de sus hijos, el príncipe Otto, al que seguirían un total de siete más – tres mujeres y cuatro varones -. Todos los historiadores coinciden en que los dos cónyuges congeniaban a la perfección y en que la influencia de Zita sobre su marido, un hombre con un carácter introvertido y con una formación de mucha menor entidad que la de su esposa, era decisiva, hasta el punto que algunas fuentes apuntan a que la Princesa y futura Emperatriz era responsable de todas las decisiones políticas que tomaba su esposo.

El momento clave de la vida de Zita y Carlos es, sin duda, el asesinato del archiduque Francisco Fernando (1863-1914) en 1914, hecho que conduciría al estallido de la Primera Guerra Mundial. Con la muerte de su tío, el archiduque Carlos se convertía en Heredero a la corona austrohúngara, que pasaba a manos de su padre, Francisco José (1830-1916). Éste, que había llegado al trono con 84 años, apenas sobreviviría dos años. En 1916, en definitiva, Carlos y Zita se convertían en Emperadores de Austrohungría.

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La coronación del emperador Carlos nada tuvo de alegre, una vez que se produjo en un momento de guerra total en el continente y de incertidumbre generalizada. El fin del conflicto traería como consecuencia el desmembramiento del Imperio y la creación de una infinidad de nuevos estados (Checoslovaquia, Hungría, Austria…). El Emperador y la Emperatriz fueron depuestos – una vez que fue proclamada una república germano austríaca - y, humillados, abandonaron su tierra natal rumbo al exilio.

Fueron años de gran tristeza para Zita, quien sobre todo temía por el futuro de sus hijos. La Familia Imperial se refugió en primera instancia en Suiza, pero pronto las autoridades helvéticas decidieron expulsarles del país. Finalmente, y tras pasar por Hungría, recabaron en la isla portuguesa de Madeira. Poco después de llegar a territorio luso, al Emperador le sobrevino una virulenta bronquitis que de hecho terminaría con su vida de manera casi fulminante. Zita, destrozada, quedaba viuda con apenas veintinueve años de edad. Nunca volvería a contraer matrimonio y nunca dejaría de vestir de luto riguroso.

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Muerto el Emperador, Zita y sus hijos decidieron pedir asilo en España. Alfonso XIII (1886-1941) aceptó la propuesta y de hecho mandó acondicionar el Palacio de El Pardo en Madrid como su residencia en primera instancia, para luego ofrecerles vivir en el Palacio Uribarren de Lequeitio, en Vizcaya. Allí vivirían Zita y sus hijos durante seis años. Más tarde se trasladarían a Bélgica y, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de la nación belga a manos del ejército alemán, a los Estados Unidos, concretamente a la ciudad de Nueva York, y, después, a Canadá. Durante todos estos años, la emperatriz Zita no dejó de reclamar la restauración monárquica en Austria, en la figura de su hijo Otto, a quien consideraba como una figura de consenso para los monárquicos centroeuropeos y como una solución a los muchos conflictos abiertos en la zona.

Tras la Segunda Guerra Mundial, e instalada en Suiza, sus ansias de recuperar el poder se desvanecieron poco a poco. La Emperatriz tuvo prohibido pisar territorio austriaco hasta 1982, cuando casi contaba con noventa años. Los últimos años de su vida los dedico Zita de Austrohungría a promover la beatificación de su difunto marido, por haber sido un hombre de paz durante el turbulento periodo de la Primera Guerra Mundial y una persona entregada a la caridad. El Emperador sería finalmente beatificado en 2004.

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Tras celebrar sus noventa y cinco cumpleaños con su extensa familia, la salud de la Emperatriz comenzó a deteriorarse rápidamente. El 14 de marzo de 1989 moría en su residencia suiza a causa de una neumonía a la edad de 96 años. Tras aprobarlo el parlamento austriaco, los restos mortales de la Emperatriz fueron depositados en la Cripta Imperial de la Iglesia de los Capuchinos de Viena. Su corazón, no obstante, descansa al lado del de su amado marido en el monasterio de Muri, en Suiza. En 2009, al igual que ocurriera con el Emperador, se abrió la causa para beatificar a Zita de Borbón y Parma, la última emperatriz del Imperio Austrohúngaro.

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