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¿De verdad es necesaria esa obsesión por el wellness? Te damos las razones para odiarlo

Logotipo de Vanitatis Vanitatis 28/08/2017 Marita Alonso

Empecemos fuerte. Seamos valientes. Voy a tomar aire y voy a decir algo sin tapujos: maldigo el wellness. Y eso que no sé exactamente lo qué es. De acuerdo: en teoría se basa, a grandes rasgos, en seguir una dieta equilibrada, en hacer ejercicio y en disfrutar de cada momento. En mimarse y en ser felices. Dicho así, suena a filosofía de spa, ¿verdad? Vamos, que no dista tanto del discurso del médico de cabecera de toda la vida. Pero cuando indagas en el wellness, especialmente en el “Wellness post-Paltrow”, te ahogas en un mundo de imposiciones, prohibiciones y gastos económicos astronómicos.

El Ayurveda siempre ha traído consigo estos mensajes, pero a ella se lo perdonamos todo. A quien no le perdonamos todo es a Gwyneth Paltrow, porque ya que es una de las mujeres más odiadas de América, le colgamos el San Benito de ser la gurú wellness de Hollywood. Y eso, claro, duele, pica y molesta.

© Externa

Porque cuando Gwyneth nos habla de sus maratonianas sesiones de fitness (que no ejercicio, que en el wellness todo anglicismo es bienvenido) con Tracy Anderson (la matrícula de su gimnasio cuesta 1.500 dólares, sumado a los 900 dólares mensuales que cuesta entrenar en este Olimpo fit), de sus comidas bio y de sus supervitaminas con superpoderes superincreíbles superPaltrow, la rabia nos invade. Ella posa con sus vegetales en una cesta de mimbre con su perfecta sonrisa de anuncio mientras nosotras metemos una bolsa de lechuga Florette en un tupper al que añadimos dos tomatitos Cherry el día que nos venimos arriba. Y entonces, la maldecimos en secreto. A la pobre Gwyneth, que no ha hecho nada para mercerlo. Bueno: lo que ha hecho es vender su estilo de vida milimétricamente calculado y perfecto en Goop.

Lo siento, pero no. No podemos ponernos a hacer yoga a las seis de la mañana como Anna Dello Russo hace bien sea en su ciudad, en la India o en Nueva York. Ella tiene acceso a todos los estudios de yoga de renombre del mundo, parece ser, y lo cuelga en su Instagram para que la veamos cuando una hora después amanezcamos mientras sorbemos nuestro triste café. Nosotras quizás vayamos a una clase semanal –cuyo precio nos resulta abusivo, pero el wellness nos fuerza a ello– o nos metamos en una clase colectiva del gimnasio de turno en la que los OHM son más cercanos al ARGH.

Tampoco podemos combinar nuestras sesiones de yoga con sesiones en el Gotham Gym, el gimnasio preferido de los Ángeles de Victoria's Secret. Train Like an Angel (entrena como un ángel en castellano) se transforma en Entrena Como Puedas. Y da gracias si tras diez reuniones infernales llegas a tu clase de spinning, que por supuesto no será en Soulcycle (porque esto no es Nueva York y porque 30 clases cuestan 850 dólares). Y cuando salgas sudada de tu sesión, te sentirás mal porque no te apetece tomarte un smoothie (un batido, de tooooda la vida) de kale (col, de tooooda la vida), al igual que en la comida fingiste que esas tostas de pan de centeno con aguacate laminado y sésamo satisficieron tus expectativas.

Ya hay estudios que señalan que la obsesión wellness puede convertirnos en personas que tienden a juzgar. Incluso indican que aquellos que valoran el wellness por encima de todas las cosas ven a aquellos que no se aproximan a sus estándares como “repugnantes”, aunque la realidad sea que el que juzga sea incapaz de asumir el gasto económico que exige la última tecnología fitness y contratar un instructor de yoga personal. Otros estudios, a raíz de esta idea, indican que cuando el desprecio se instala en nuestras mentes, tendemos a juzgar a los demás con mayor vehemencia y a verlos como gente vaga en la que no se puede confiar. Y si el wellness promulga la felicidad, dudo mucho que ver a los demás de esta forma pueda contribuir a alcanzarla.

¿La moraleja? Es maravilloso buscar el bienestar, hacer ejercicio y comer de forma equilibrada. No hay duda de ello. Pero hay que hacerlo con mesura, cabeza y ante todo, respeto. Porque si te pides un bol de acai en el restaurante de moda y tu acompañante opta por pedir una hamburguesa con patatas fritas, fruncir el ceño no va a aportar nada. Bueno, algo: arrugas en la frente. Seamos healthy, pero sobre todo, seamos respetuosos y huyamos de las obsesiones.

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