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8 lugares para soñar con Río de Janeiro

Harper's Bazaar Harper's Bazaar 20/07/2016 harpersbazaar.es

En Ipanema no solo se disfruta la playa, también un barrio plagado de tiendas de diseño, galerías de arte y algunos de los mejores restaurantes de la ciudad. Sin embargo, no ha perdido la esencia que le dan sus vendedores ambulantes de caipiriña, su mercadillo callejero o los surferos que regresan del mar en chanclas (o sin ellas). Este hotel, con vistas a Arpoador, una roca que separa los arenales de Ipanema y Copacabana, es uno de los mejores lugares desde el que explorarlo. www.praiaipanema.com

En Ipanema no solo se disfruta la playa, también un barrio plagado de tiendas de diseño, galerías de arte y algunos de los mejores restaurantes de la ciudad. Sin embargo, no ha perdido la esencia que le dan sus vendedores ambulantes de caipiriña, su mercadillo callejero o los surferos que regresan del mar en chanclas (o sin ellas). Este hotel, con vistas a Arpoador, una roca que separa los arenales de Ipanema y Copacabana, es uno de los mejores lugares desde el que explorarlo. www.praiaipanema.com
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Cuando, en 1941, el escritor Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, 1942) abandonó Europa, anímicamente destruido por la decadencia moral del Viejo Continente en manos del nacionalsocialismo, buscó refugio en Brasil. La emoción de la llegada por barco a Río de Janeiro, con el pasaje agolpándose en la borda para disfrutar del espectáculo es, según él, solo comparable a la de arribar a Nueva York. "No hay ciudad más hermosa en la Tierra ni ciudad más insondable ni más inabarcable. No se termina nunca de conocerla a fondo. El mismo mar trazó las líneas de la playa en un extraño zigzag, y la montaña arrojó al espacio de su desarrollo abruptas pendientes (...). Cuando se cree haber llegado a un final, se tropieza con un nuevo comienzo, cuando se acaba de dejar una bahía para penetrar en el corazón de la ciudad, llégase sorprendido a otra ensenada", escribió en su libro Brasil, país de futuro (1941).

En este texto trazó una visión, sin duda excesivamente idílica, de un lugar que él creía reunir las condiciones perfectas para alcanzar las más altas cotas de desarrollo económico y social. "Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!", llegó a decir. Le faltaron varias décadas para comprobar que sus pronósticos no se cumplieron precisamente al pie de la letra. Pese a la inestabilidad política, la corrupción generalizada y los 30 millones de pobres que todavía viven en el país, muchas de sus sensaciones las sigue experimentando de manera parecida quien conozca hoy la ciudad. "En todas partes acontece algo, en todas partes hay color, luz y movimiento, nada se repite, nada hace juego y, sin embargo, todo armoniza", explicaba en el mismo libro, publicado en España por Capitán Swing.

El intelectual austriaco hablaba de una ciudad "con varias capas" que se van desvelando en una sorpresa constante. Es una precisa descripción del efecto que provoca una geografía extraordinaria donde el mar bordea bahías y montañas y la selva se interpone con tal fereza que parece imposible que en algún momento haya llegado a germinar una ciudad. Y más una de siete millones de habitantes. Entre barrio y barrio se levantan montañas, crecen bosques tropicales y serpentean puertos y playas. No solo de Copacabana e Ipanema vive Río de Janeiro (aunque uno de esos domingos en los que el paseo marítimo cierra al tráfico llenándose de ciclistas, patinadores, corredores, paseantes, vendedores ambulantes, titiriteros y todo tipo de personajes exóticos y seductores pueda parecer que sí). Flamengo baña alguna de las zonas más exclusivas de la urbe, Botafogo acoge un bonito puerto deportivo y Praia Vermelha es escenario de fiestas nocturnas con música hasta el amanecer.

El 2 de octubre de 2009, Río de Janeiro fue la primera ciudad de América del Sur en ser elegida para organizar el mayor evento deportivo del planeta, acabando con las aspiraciones de, entre otras participantes, Madrid. Eran años de bonanza económica durante el gobierno de Lula da Silva, pero eso no evitó el debate sobre la gestión y los costes de las infraestructuras. No existe acontecimiento de estas características sin polémica por el retraso en las obras. Pero en este caso llegó a cotas nunca antes alcanzadas y sectores de la prensa anglosajona llegaron a publicar en mayo de 2014 que el Comité Olímpico Internacional había activado un plan B, por el cual Londres tendría que repetir como sede ante la incapacidad de Río para fnalizar a tiempo sus estadios (el COI desmentiría el asunto).

Aquello dolió a los cariocas, presumidos y orgullosos, que se jactan de vivir en la mejor ciudad del mundo. Y un poco de razón tienen. No solo es por sus playas. Es por el exuberante bosque tropical de Tijuca, que pelea indomable con el asfalto; por el bohemio barrio de Santa Teresa, en cuyas cuestas deambulaba el bondinho, un tranvía que dejó de circular en 2011 tras un terrible accidente; por las escalinatas y arcos de Lapa, donde entre caipiriña y caipiriña, samba y forró, se suele acabar haciendo amigos locales, cosa que no ocurre en cualquier lugar del mundo, y por la sobrecogedora imagen del Cristo Redentor desde dentro de Maracaná (fue una de las exigencias cuando se construyó el coliseo para el Mundial de Fútbol de 1950).

El cine ha hecho ya su propio ranking con el proyecto Ciudades del amor, en el que varios directores ruedan cortos sobre una misma ciudad. Primero se estrenó Paris, je t'aime (2006), con los hermanos Coen, Isabel Coixet, Gus Van Sant o Alfonso Cuarón, entre otros. Después vendría New York, I Love You (2009), con Anthony Minghella y Natalie Portman. La tercera, y hasta ahora última, es Rio, eu te amo (2014), con historias firmadas por Paolo Sorrentino, John Turturro o Guillermo Arriaga.

El arquitecto Oscar Niemeyer (Río de Janeiro 1907- 2012), creador de algunos de los edifcios más célebres de la ciudad, como el museo de arte de Niterói o el sambódromo donde desflan las escuelas de samba en carnaval, trabajó siempre desde su estudio, con un enorme ventanal ante la playa de Copacabana. Solía decir que las sinuosas curvas características de sus edifcios estaban inspiradas por las formas de la mujer, y que la urbe al completo resultaba sensualmente femenina. Stefan Zweig, que acabaría teniendo un funeral en Río de Janeiro con honores de jefe de estado tras su suicidio, en 1942, le atribuyó esta misma condición, frente a la masculinidad que le inspiraba Nueva York.

"Cuando se sale de Río se tiene la impresión de que, en las demás metrópolis, los colores carecen de luminosidad, la gente en la calle se antoja monótona, la vida demasiado ordenada, demasiado uniforme. Todo parece desencantado en comparación con esa variedad de colores y formas", escribió.Y tenía razón.

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