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Altea: todo lo que tienes que saber del Santorini español (y alicantino)

Logotipo de Vanitatis Vanitatis 07/07/2017 Ángeles Castillo

Ni Frigiliana, ni Vejer de la Frontera, ni Mojácar. Esto es Altea, o sea, el Santorini español. Solo hay que ver su blancura y las dos cúpulas azulísimas y brillantísimas de su iglesia parroquial para viajar hasta el mar Egeo y plantarse frente al volcán. Pero esta vez estamos aquí, en la Marina Baja alicantina, en ese Mediterráneo bohemio que tanto recuerda también al tunecino e inenarrable Sidi Bou Said. Porque este es un pueblo en blanco, con sus casas desparramándose como queriendo alcanzar el azul (del mar), que para colmo está en la Costa Banca. Todo cuadra.

Este pueblo alicantino es de postal. (Foto: Visit Altea) © Proporcionado por Glamouratis Este pueblo alicantino es de postal. (Foto: Visit Altea)

1. Un pueblo blanco que no es andaluz. Nos hallamos pues en Alicante, porque no todos estos pueblos, los blancos, iban a estar en Andalucía. Pero no en el Alicante de los rascacielos y los superhoteles de Benidorm, sino en el otro, el de la montaña que aloja este balcón tan pintoresco y tan tentador. Al sur de Calpe, el del peñón de Ifach, y al norte de Alfaz del Pi por situarnos. El marco es el Parque Natural de la Sierra Helada, donde hay acantilados de más de 300 metros de altura. Casi nada.

Altea hay que ganárselo, cuesta arriba. (Foto: Visit Altea) © Proporcionado por Glamouratis Altea hay que ganárselo, cuesta arriba. (Foto: Visit Altea)

2. Arriba y abajo. Como les pasa a muchas de estas villas con encanto, tiene versión casco antiguo, algo escondido en el interior e impagable atalaya (arriba), y versión costa (abajo). Pensamos en Mijas o en Mojácar. En esta última están, como también suele suceder, el puerto pesquero y el deportivo (o club náutico), con un paseo marítimo que te llevará hasta el antiguo pueblo de pescadores. En Altea, como en toda villa marinera que se precie -viene a la cabeza ahora la gallega Noia- no falta su Museo del Mar: la tradición está ahí.

3. Lo que hay que ver... Te tirará la playa y no digamos sus calas, pero el pueblo allá en lo alto, cual Positano en la Costa Amalfitana, no tiene desperdicio. Es de postal. El casco viejo, conocido como El Fornet, lo corona la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, con sus dos cúpulas que se han convertido en el santo y seña del lugar, pero no solo. Hay calles empedradas, miradores y muchas flores. También ermitas rurales, torres vigía -los vigilados eran los piratas berberiscos- como la de La Galera, dentro de una urbanización, o la de Bellaguarda, en el barrio del mismo nombre, el más antiguo de la ciudad, en la plaza de la Cantarería. Si has llegado hasta aquí, vas por buen camino. Curiosamente, en Altea está el primer templo ortodoxo levantado en España, réplica de una iglesia rusa del XVII y construido con materiales traídos de los Urales. Si ya decíamos que es nuestro Santorini... Encontrarás tiendas de artesanía y rincones con encanto sin buscar.

La playa de La Olla, un clásico de Altea. (Foto: Agència Valenciana del Turisme) © Proporcionado por Glamouratis La playa de La Olla, un clásico de Altea. (Foto: Agència Valenciana del Turisme)

4. Calas y playas. Atención, porque comienza aquí un bendito despliegue de playas y calitas, de guijarros, a lo largo de los seis kilómetros de costa de los que puede presumir la bella Altea. Puestos a relacionar, nos transporta al Cabo de Creus. Empezaremos en La Olla, la de mayor encanto, con pequeñas barcas y algún chiringuito y frente a la que emergen unas pequeñas islas; en la de Barreta, en las afueras, muy especial, o en la Cala del Soio, junto al Portet de L'Olla, escoltada por pinos, con rocas, barcos varados y casitas típicas. Seguiremos en Cap Negret, rodeada de rocas volcánicas, que le dan el nombre; La Roda, a continuación, la urbana y muy popular; Cap Blanch, que es la mayor y se une con la del Albir, ya en Alfaz del Pi; El Mascarat, esta casi en Calpe y bajo la sierra de Bernia, o la de la Solsida, una cala apta para el nudismo que peca de tranquilidad. Vamos, el lugar ideal.

El Raval Mariner, antiguo barrio de pescadores. (Foto: Visit Altea) © Proporcionado por Glamouratis El Raval Mariner, antiguo barrio de pescadores. (Foto: Visit Altea)

5. Cuidado con las fiestas. Si buscas paz absoluta y silencio abismal, mira bien el calendario porque en julio y agosto hay fiestas de guardar y ya sabemos lo que son los jolgorios veraniegos. El día 16 de julio, sin ir más lejos, es la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, que aquí los hay, así que atente a las consecuencias. El 25, San Jaime, que se celebra en Cap Blanch, y el 26, Santa Ana, en Altea la Vella. Entrado en agosto, el día 10, San Lorenzo, cuando la lluvia de estrellas, hay castillo de fuegos artificiales disparado desde el mar. Un espectáculo (pirotécnico).

6. Algo de comer. Que sea una de arroz, que este es su reino, por ejemplo, en el restaurante del hotel San Miguel (paella de espinacas con boquerones o de coliflor y bacalao, arroz con pulpo o paella de la casa), en primera línea de playa, sin olvidar el pescado fresco de la bahía. Y otro día arribar al Xef Pirata, que practica la alta gastronomía informal y goza de terraza de padre y muy señor mío. Para los mojitos y otras copas de altura, La Mascarada, con conciertos y, claro, muchas máscaras.

7. Dónde dormir. El hotel de lujo Villa Gadea, que es centro de salud y belleza, tiene vistas al puerto, al mar y a las antiguas casas de pescadores (desde 200 euros). El hotel Cap Negret es un cuatro estrellas a pie de la playa del mismo nombre (desde 106 euros). Y el Jardín de los Sentidos, una casa rural en plena naturaleza y muy cerca del mar (a 300 metros de la playa de la Olla) que oficia tambiénde tetería (para mayores de 15 años). Desde 80 euros con desayuno incluido.

La playa de Cap Negret. (Foto: Agència Valenciana del Turisme) © Proporcionado por Glamouratis La playa de Cap Negret. (Foto: Agència Valenciana del Turisme)

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