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'Botín de guerra' responde a la gran pregunta de 'Juego de Tronos'

Logotipo de GQ GQ 08/08/2017 GQ

Daenerys presiona el botón rojo y otros temas que necesitamos analizar del 7x04. 1 © Proporcionado por Revista GQ 1

Empieza con Bronn (Jerome Flynn) reclamando una parte más grande del pastel y acaba él renunciando a su saco de oro para salvarle la vida a Jaime (Nikolaj Coster-Waldau), el hombre que le había prometido su adorado castillo cuando la guerra acabe. Entre medias, lo que ambos han aprendido, lo que sin duda meditan mientras sus respectivas armaduras y/o manos de oro macizo los arrastran hacia el fondo del río Blackwater, es que las viejas guerras murieron con el viejo mundo. En las nuevas, uno no debe o puede hacer planes sobre cómo repartir el botín una vez alcanzada la victoria. En las nuevas, bárbaros del otro lado del mundo rompen tus defensas sin que tengas tiempo de pestañear y el equivalente ponientino a la maldita bomba atómica diezma tus cosechas y tus ejércitos antes de desayunar.

De desayunarte a ti.

Con 'Botín de guerra', 'Juego de Tronos' ha respondido a la pregunta más importante desde que tres bestias aniquiladoras nacieran al final de la primera temporada. Si Daenerys (Emilia Clarke) cuenta con ellas para avalar su derecho a la corona, ¿qué carajo pueden tener el resto de intrascendentes humanos que decir al respecto? Hasta el momento, la serie había propuesto medidas de contención —Tyrion (Peter Dinklage) como voz de la conciencia de una reina demasiado ansiosa por ganar a toda costa— e incluso posibles revulsivos —esa proto-balista que Bronn maneja durante el clímax—, pero todos sabíamos que los maestresBenioff & Weiss estaban básicamente haciendo trampas hasta que no introdujesen a los dragones en una batalla contra los enemigos reales (esclavistas y caciques de Essos no cuentan) de la causa Targaryen. La forma en que han elegido hacerlo es, al mismo tiempo, enmudecedora y deliberadamente insatisfactoria, pues Danny aún no ha encontrado a los otros dos jinetes de los que habla la profecía y, por tanto, sólo puede emplear una tercera parte de su potencia letal. Por supuesto, esa era la intención. Demostrar a Cersei (Lena Headey) que podría aplastarla, pero sin aplastarla. Forzarla a una rendición antes que resignarse a reducir el mundo a cenizas y gritos de pánico, como dicta la tradición familiar.

A buen seguro, los lectores y lectoras de maestre Martin habrán salivado durante un clímax que se parece demasiado a un re-enactment de "El Campo de Fuego", aquella batalla en la que Aegon I Targaryen quemó vivos a unos 4.000 Lannister como parte de su conquista absoluta de Poniente. Las novelas no la describen per se (sólo ponen un resumen de lo sucedido en boca de Tyrion), de modo que contemplar esta evidente metáfora de Hiroshima y Nagasaki en todo su esplendor ha debido de suponer toda una descarga de placer para el fandom. O, al menos, una versión sin calorías de la misma, pues Randyll Tarly (James Faulkner) se encarga de comunicarle a Jaime que todo el oro saqueado en Altojardín se encuentra a salvo en Desembarco del Rey antes de que Bronn escuche aullar a los dothraki. Si asumimos que ninguno de los tres ha encontrado la muerte en este Campo de Fuego Redux, algo que me inclino a considerar como una certeza, tendremos que concluir que Cersei ha recibido simplemente un aviso en letras brillantes: este, y no otro, es el precio real de la guerra.

Porque todo el episodio gira entorno a ese sencillo concepto. Más allá del botín pecuniario, de las tierras y los castillos y la supremacía absoluta (siempre temporal en Poniente), ¿cuál es el coste real de todos estos conflictos bélicos que se llevan sucediendo en el continente desde que los primeros humanos y los Niños del Bosque hicieran frente común contra los no-muertos? La conversación entre Sansa (Sophie Turner), Aria (Maisie Williams) y su hermano el Cuervo de Tres Ojos (Isaac Hempstead Wright), anteriormente conocido como Bran, pone en evidencia cuál ha sido el precio a pagar por los Stark: infancias hechas pedazos, auténticos rituales sádicos de paso a la madurez que los han convertido en una versión increíblemente más sombría de lo que alguna vez fueron, cuando no transformado y deshumanizado para siempre. Aún no sabemos cuáles son las razones que han llevado a Meñique (Aidan Gillen) a entregarle a un adolescente en silla de ruedas la daga que puso en marcha la Guerra de los Cinco Reyes, pero sí entendemos el motivo de su presencia en este episodio: es la chispa que prendió fuego al mundo, el punto de no retorno, el Big Bang que alumbró un nuevo orden mundial tras llevarse consigo el anterior. Si el botín es la consecuencia natural de la guerra, esta daga es su causa primera. Y es posible que el Cuervo sepa exactamente quién es el principal responsable de activar dicha causa: la cara de Baelish cuando le cita su propio aforismo sobre el caos evidencia que la máquina de maquinar a encontrado, por fin, a alguien capaz de leerla.

¿No sería maravilloso que ese mismo instrumento detonante, ahora en manos de Aria, fuera lo que acabe marcando la diferencia en un posible cara a cara contra el Rey de la Noche? Al fin y al cabo, todo el mundo parece empeñado en recordar que está hecha de Vidrio de Dragón... Pero dejemos a un lado las conjeturas, así como también el subidón de testosterona de Jon (Kit Harington) frente a Theon (Alfie Allen) para centrarnos en la increíble catársis que este episodio brinda a sus personajes femeninos.

Aria y Sansa están dispuestas a escribir el final de su propia historia, Brienne (Gwendoline Christie) se alegra al descubrir que una adolescente es el segundo guerrero más poderoso del Norte, Cersei puede demostrarle al Banco de Hierro que es más astuta de lo que nunca fue su padre y Daenerys... ¿Acaso hay una fantasía de poder más rotunda para la generación millennial que verla a lomos de su dragón, quemando vivos a hombres insignificantes, comandando ejércitos que dan su vida por ella no porque deban lealtad a su sangre, sino porque realmente creen en su promesa de esperanza? Estos icónicos minutos finales son la razón exacta por la que 'Juego de Tronos' ha capturado la imaginación del público joven como ninguna serie de HBO en años: las viejas estructuras van a caer tarde o temprano, pues nosotros, los herederos del mundo, tenemos jodidos dragones.

www.revistagq.com

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