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Descubriendo Cabo de Gata, el secreto mejor guardado de España

Harper's Bazaar Harper's Bazaar 22/06/2016 harpersbazaar.es

Impresionantes aguas turquesas en la cala de San Pedro (Almería). Foto: Instagram @lucia.rsanchez

Impresionantes aguas turquesas en la cala de San Pedro (Almería). Foto: Instagram @lucia.rsanchez
© Copyright © 2016 Hearst Magazines, S.L.

Quien más, quien menos, disfruta a lo largo del año de varias escapadas, puentes y fines de semana románticos o de relax que, si bien alimentan nuestro lado más viajero, le restan algo de magia a las clásicas vacaciones de verano. No es extraño que volvamos de dos semanas de playa alabando más el descanso que el destino, o que solo destaquemos dónde hemos estado cuando se trata de algo fuera de lo común. Sin embargo, esto no pasa con los que van a Cabo de Gata.

Con más de 50 playas, calas y fondeaderos, la que fuera una de las zonas más deprimidas de la Península ha enganchado a una legión de veraneantes que no se cansa de alabar sus encantos el resto del año, y que marcan con rotulador grueso en el calendario los días que faltan para volver a encontrarse con la playa de los Genoveses, la Cala del Cuervo o los bares de Agua Amarga. Una vez pasada la inquietud de que hasta los entonces príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, lo escogieran como destino estival, por el miedo a que se masificara, una nueva temporada se abre a pocos pasos del desierto almeriense.

Si Cabo de Gata fuera simplemente eso, un cabo, bastaría con acercarse en coche desde Almería hasta el faro que lo preside, disfrutar de las vistas desde el mirador de Las Sirenas y escuchar con atención las historias que nos cuentan que allí hubo un castillo, destruido durante la Guerra de la Independencia; o que los fenicios ya lo tenían como punto de referencia. Después, antes de volver a la capital, un baño en la enorme playa de Las Salinas o sus calas de alrededor completarían una jornada que, sí, sería perfecta. Sin embargo, estamos ante mucho más que un promontorio que se adentra en el mar: un Parque Natural que se extiende por buena parte del litoral almeriense, desde la playa de Torregarcía, al oeste, hasta la playa del Algarrobico, en el término de Carboneras, tras recorrer toda la costa de Níjar.

Prácticamente cada turista tiene su cala favorita. Quienes se deciden por la zona norte, tienen en la playa de Agua Amarga todo un referente, aunque los que buscan tranquilidad se marchan media hora por una senda bordeada de tomillos que conduce hasta cala de Enmedio, un arenal blanco de 130 metros flanqueado por acantilados de caliza que generan un paisaje más cinematográfico que real. En cambio, los que van a la zona occidental alaban Cala Rajá, junto al arrecife del Dedo, a la que se llega tras pasar por la playa del Corralete. Sin necesidad de senderismo para llegar a ellas, no faltan halagos para las más extensas y familiares playas de los Genoveses o de Mónsul (escenario de rodaje de 'Indiana Jones y la última cruzada'), prácticamente seguidas. Están a un paso del pueblito de San José, dejando espacio entre ellas para rincones como la Cala Chica del Barronal, sorprendentemente vacía incluso en agosto.

El encanto de veranear en un Parque Natural es la falta de urbanización, lo que impide, además, la masificación. Claro que esto conlleva también que se limita la infraestructura hotelera o la oferta de apartamentos de alquiler. No es imposible encontrar hospederías increíbles, pero sí que es más recomendable que nunca la antelación. Por ejemplo, para hacerse con alguna de las cuatro habitaciones de Casa La Bonita, un coqueto B&B en Agua Amarga con piscina, chill out y un interiorismo que ha unido la estética tradicional del desierto almeriense con firmas de vanguardia (hasta 165 €/noche en temporada alta).

Libre de grandes resorts de cinco estrellas, los hoteles clásicos también aparecen con cuentagotas. Por ejemplo, el Hotel Spa Calagrande, un cuatro estrellas en Las Negras del que destaca su oferta de balneario y sus villas con jacuzzi (desde 176 €/noche); o el Real Agua Amarga La Joya, con 12 habitaciones y solo para adultos, a un kilómetro de la playa (desde 215 €/noche), que se complementa con un pequeño complejo de villas.

Una sencillez que también se traslada a la gastronomía. No hay estrellas Michelin ni se las echa de menos. Basta con lo que los pescadores capturan cada jornada en las aguas de la zona, y que nutren de la mejor materia prima a los bares, chiringuitos y ventas de todo el litoral. Por ejemplo, a los cocineros de La Ola, una terraza en la Isleta del Moro donde el pescado no puede estar más fresco.

Más elaborada es la cocina del Cortijo Los Malenos, con especialidades como el pastel de merluza, el atún con fritá o la carne con higos (que se nutre de su jardín y las huertas cercanas); o la de La Tasquilla, en Rodalquilar, donde probar unos Lomos de sardina marinada con berenjena asada y tomate o un tartar de salmón. Los que prefieren platos de otros países tienen delicias italianas en Pandepato (Rodalquilar), mucho más que una pizzería, pues sirven tallarines caseros o garganellis; y platos indios en Lakshmi, en El Pozo de los Frailes, donde poder comer pollo tikka masala o brochetas de carne especiada. Y no faltan lugares curiosos como el restaurante de la Peña Flamenca El Palmito, en La Almadraba de Monteleva, a un paso del propio cabo y que fue una de las localizaciones del filme de David Trueba 'Vivir es fácil con los ojos cerrados'.

Claro que si lo que se busca es hacerse uno mismo con el mejor género, y no nos importa madrugar para llegar a las mejores pescaderías antes de que se agoten las capturas del día, habrá que memorizar en el GPS del móvil las de Campohermoso y las de Las Negras. Imprescindible hacerse con algunas gambas rojas de Garrucha.

Tras una jornada de baños en diferentes calas, buceo en algunos de los rincones más impresionantes y, sobre todo, sorprendentes, del Mediterráneo Occidental, también el atardecer derrocha encanto en Cabo de Gata. La orientación a Levante no permite ver el sol poniéndose en el horizonte del mar, pero eso no quita para que uno de los mejores momentos sea presenciar la llegada de la noche, cóctel en mano, frente al mar. El Cortijo La Loma es uno de los preferidos por los asiduos, a cinco minutos de la playa y con increíbles vistas. Y los más fiesteros tienen su 'templo' particular en Los Escullos. Concretamente, en el Bar de Jo, con una decoración entre motera, hippy y de reciclaje, y que acoge conciertos de rock. No es extraño que haya cola para entrar. Contrasta con la Haima Escullos, a poca distancia, que monta unas grandes carpas cada verano e incluso crea espectáculos circenses. Tras una sesión de house, mucha gente se acerca hasta allí para ver amanecer.

Es lo bueno de mirar al mar desde este lado del Mediterráneo, que podemos saludar al sol y darle los buenos días desde uno de los rincones más bellos de la Península. Normal que se llegue luego a casa encantado, verano tras verano.

Más información: Turismo de Andalucía, Turismo Costa de Almería, Turismo de San José – Níjar.

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