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Dismorfia corporal: cuando el espejo es tu enemigo

Logotipo de Vanitatis Vanitatis 25/01/2017 Claudia del Águila
Recurrir a la cirugía plástica hace que las personas dismórficas experimenten cierto alivio tras las intervención (Gtres) © Proporcionado por Glamouratis Recurrir a la cirugía plástica hace que las personas dismórficas experimenten cierto alivio tras las intervención (Gtres)

Existen pocas personas en este mundo que se consideren estéticamente perfectas y que no tengan unaparte de su cuerpoque desearían que fuera de otra manera, más acorde con los cánones estéticos vigentes. Seguramente, esto le ocurre hasta la modelo más cotizada y es normal. E incluso puede resultar saludable querer mejorar algunos aspectos. El problema es cuando esa leve queja se convierte en obsesión, cuando provoca conductas negativas, cuando produce complejos injustificados y paralizantes. Es en esos casos cuando hablamos de dismorfia corporal, un trastorno que según la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética (SECPRE)va en aumento, tanto en Europa como en América. “La persona vive con ese tormento durante todo el día y siente pánico cuando se ve en el espejo o cuando siente que la miran”, explica José López Vallejo, psicoterapeuta y experto en Terapia Breve.

El caldo de cultivo

Nunca se le ha dado tanta importancia a la imagen como en la actualidad. Ya no sentimos vergüenza por mostrarnos; de hecho,disfrutamos exhibiéndonos, ya sea en Instagram, en Facebook o en cualquier red social. Pero en la vida no hay filtros que nos ayuden a enfrentarnos al espejo. Además de la cantidad de imágenes que generamos, estamos imbuidos en una cultura en la que se premia cuidarse, alimentarse correctamente y hacer ejercicio. Y eso está muy bien, por supuesto. Pero resulta cuando menos difícil para las personas con este trastorno entender que deben dejar de preocuparse por su aspecto cuando su día a día está plagado de ejemplos que demuestran que ese comportamiento –cuando no es obsesivo– es aplaudido. “La dismorfia es un trastorno posmoderno que tiene una base fóbico-obsesiva. La sociedad nos hace creer que hemos avanzado tanto que podemos cambiarlo todo, incluso lo inmutable, como nuestra apariencia física, genéticamente determinada”, explica López Vallejo.

Las edades de la belleza

El momento de la vida en el que una persona es más proclive a desarrollar este trastorno es durante la adolescencia. Si se han sufrido burlas por el físico o se han tenido unos padres que siempre ponderaron la perfección, se es más propenso a padecer dismorfia. Y a partir de ahí, pueden ocurrir dos cosas: que con los años y la madurez el individuo deje de darle tanta importancia al físico y al qué dirán o que esa obsesión persista e incluso incremente. En este último caso, se crea un círculo vicioso. Por ejemplo, si la dismorfia hace que no se sienta cómodo en las relaciones de pareja, acaba pensando que no puede tenerla por sus problemas físicos. La dismorfia puede reaparecer o aparecer por primera vez cuando se detectan los primeros síntomas de envejecimiento.A nadie le hace gracia que el espejo le descubre unas incipientes patas de gallo,pero en los casos de la dismorfia se convierte en una tragedia insuperable.

Real o no real, pero siempre obsesivo

La dismorfia puede venir provocada por un problema real: por ejemplo, tener una nariz demasiado grande. O inventados: verse gorda y no estarlo. El problema es la reacción desmesurada que se origina. Uno de los síntomas leves de la dismorfia es que estas personas se miran constantemente al espejo. En el caso de las mujeres, es posible que se maquillen varias veces al día. También es habitual que estén pidiendo la opinión de los otros continuamente –y normalmente en términos negativos–: “¿tengo muy mala cara hoy?”, “¿estos pantalones me hacen el trasero grande?”, “¿se nota mucho este grano?”. Es una necesidad constante de exteriorizar lo que causa desazón e intentar que los demás ayuden a librarse de ella. Otra característica es que siempre están comparándose con los demás y, por supuesto, salen perdiendo. También suelen hablar con mucha frecuencia de la belleza de las celebridades, haciendo un análisis muy pormenorizado.

En busca del bisturí

La supuesta solución para estas personas consiste en la cirugía estética, que las libraría de esa carga física que tanto les cuesta llevar. Pero en la mayoría de las ocasiones, sobre todo cuando la imperfección es fruto de la exageración, la obsesión no cesará. Un ejemplo muy conocido sería el de Michael Jackson, que llegó a someterse a 40 operaciones estéticas. Por ello, los cirujanos pueden negarse a practicar una intervención y recomendar al paciente que siga un tratamiento psicológico antes de practicarla. Sin embargo, hecha la ley, hecha la trampa: cuando los dismórficos experimentan cierto alivio con una operación, pueden ir variando de médico para conseguir sus objetivos. De hecho, en algunos casos pueden llegar a autolesionarse para requerir una operación estética. Aunque pasen por la camilla, cuando arreglen algo, verán otro defecto que no podrán soportar. Es el cuento de nunca acabar.

Síntomas graves

El principal indicador es el malestar que este trastorno produce al que lo padece. De todas formas, existen más consecuencias. Estas personas desarrollan conductas antisociales. No se atreven a mostrarse en público o, por ejemplo, solo salen de noche, cuando creen que sus defectos no se ven tanto. Las relaciones de pareja crean un auténtico conflicto, pues en el momento en el que sienten que otra persona les observa, se cohíben. Y la posibilidad de mostrar la desnudez les resulta aterradora. Pero no únicamente influye en las relaciones personales, una de las características es que a estas personas les cuesta mucho mantener un trabajo.

Soluciones

Cuando se diagnostica este trastorno, la única salida es la terapia. López Vallejo es partidario de la Terapia Breve para este tipo de casos, un método que se desarrolló en la Escuela Mental Research de Palo Alto (California) y que garantiza la resolución de problemas concretos en un máximo de 20 sesiones. En estos casos, el psicólogo apunta que el primer paso es desmontar, mediante un diálogo estratégico, la creencia de que un cambio físico solventará el malestar. La mayoría de estos pacientes asegura que todos sus pesares se deben al físico y no son capaces de ver que es justo al revés: que esa fijación es la que acarrea los conflictos. La terapia cognitivo-conductual (grupal o individual) y el psicoanálisis también abordan este trastorno.

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