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El Barcelona paga con estrépito la incompetencia de los últimos tres años

Logotipo de GQ GQ 14/08/2017 GQ

El equipo demuestra en el partido de ida de la Supercopa 2017 haber quedado en la nada: sin identidad, sin juego y sin resultados. 1 © Proporcionado por Revista GQ 1

Derrotado en las redes sociales y en los despachos, con el posible fichaje de Paulinho enfadando aún más al socio y con una guerra civil por el poder en ciernes, al Barcelona le quedaba la esperanza del fútbol para sosegar un poco los ánimos del “entorno”. El problema es que, marchado Neymar, fútbol no le sobra precisamente al equipo de Valverde. Acostumbrado durante tres años más o menos triunfales a abandonar todo modelo de juego en aras de la verticalidad de sus tres estrellas, el Barcelona ha quedado en la nada: sin identidad, sin juego y sin resultados.

La llegada del nuevo entrenador se vendió como una especie de “vuelta a las esencias” bendecida incluso por Xavi Hernández desde Catar. Los primeros treinta minutos de partido, desde luego, no apuntaron en ese sentido: Ter Stegen sacaba en largo a la cabeza de Luis Suárez y todo el peligro llegaba de balones bombeados desde treinta o cuarenta metros buscando la espalda de Ramos y Varane. Iniesta y Messi estaban desaparecidos porque nadie se juntaba con ellos. La primera parte se esfumó entre choques, encontronazos, tarjetas amarillas y una clara incapacidad por ambos lados de sumar tres pases seguidos con sentido.

Algo de mérito tuvo el Madrid en ello, por supuesto. El plan de Zidane era impedir que el Barcelona se conectara al partido y lo cumplió de maravilla aunque fuera a costa de aparecer muy poco en ataque: Casemiro se metió entre los centrales y Kovacic se puso a perseguir a Messi por todo el campo. Quedó solo Isco, imperial como siempre, un jugador que sabe lo que hacer cuando su equipo domina y que sabe lo que hacer cuando toca achicar el agua. De las botas del malagueño salieron las únicas jugadas con un mínimo de peligro de los madridistas, vestidos de un insólito azul turquesa para la ocasión.

Y, como no podía ser de otra manera, de las botas de Isco salió el primer gol nada más empezar la segunda parte: distracción, espera y pase preciso a Marcelo, cuyo centro hacia atrás lo remató Gerard Piqué en propia meta. A partir de ahí empezó otro partido, más enloquecido, más vibrante, con más tensión pero de ninguna manera mejor jugado. El Barcelona le echó ganas, sobre todo con la salida de un voluntarioso Denis Suárez, pero aquello era un continuo enfrentarse a la muralla blanca y sumar saque de esquina tras saque de esquina condenados a acabar en nada.

La fortuna de la eliminatoria pudo cambiar cuando Luis Suárez se inventó un penalti inexistente de Keylor Navas. Las imágenes del uruguayo dando vueltas por el campo y agarrándose una rodilla que nadie había tocado no son lo más edificante del mundo pero el caso es que Leo Messi convirtió la pena máxima y el Camp Nou soñó con la épica de la remontada.

El problema es que ese rollo de épicas y remontadas no casa bien con lo que es el Barcelona, salvo si Emery está delante. Sumidos en un ataque al mogollón, sin cabeza ni sentido, los locales vieron cómo al contraataque Cristiano Ronaldo marcaba el 1-2 a los pocos minutos. Su ego le exigió quitarse la camiseta para lucir músculos y eso le valió la primera tarjeta amarilla. La segunda fue cosa, de nuevo, del árbitro, al juzgar que el portugués se tiraba en una carga de Umtiti. Sin entrar en valorar si era penalti o no –no lo pareció–, expulsar a alguien por eso después de lo de Luis Suárez tuvo un punto surrealista. Habrá que esperar para ver si el árbitro reflejó el empujón posterior del actual balón de oro, que podría costarle muy caro.

Once contra diez, la eliminatoria parecía abrirse de nuevo, pero lo mejor que pudo sacar el Barcelona fue a Alcácer. Es lo que hay. La realidad de la plantilla azulgrana es ahora mismo devastadora: no hay ni un solo jugador menor de 25 años que marque diferencia alguna. No hay nadie que salga, ponga calma y tire dos paredes. Ni lo hay en el banquillo ni lo hay en el filial ni lo hay en la lista de rumores de los periódicos. Lo que necesita el equipo ahora mismo no es un crack ni un tío que marque 50 goles, sino alguien que pueda cambiar la dinámica de juego. Un Isco. Un Asensio. Un Kroos. Un Modric.

Entregada la guerra del medio campo y el balón, el Barcelona lo va a tener en chino para salir de su depresión. El gol de Asensio, ya en el descuento, no hizo sino ahondar en la herida: sí, en la vuelta Messi puede marcar cuatro goles y ganar él solo el título, pero, ¿qué ha hecho el club para rodear a Messi? ¿Qué ha hecho para evitar la decadencia de Iniesta, completamente perdido porque no recibe ni un balón donde debe? La cosa tiene pinta de ir para largo, porque el estilo del Barcelona no se aprende con cheques y además no parece que haya nadie con demasiado interés en enseñarlo. Los títulos a corto plazo –aunque fueran de cinco en cinco– hipotecaron el futuro. Y el futuro, tarde o temprano, acaba llegando. De hecho, ya está aquí.

www.revistagq.com

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