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Los cinco suplicios que nos ponen de los nervios en un hotel

Vanitatis Vanitatis 10/01/2016 Claudia del Águila
© Externa

Llegas al hotel agotado tras patear la ciudad, ya sea por trabajo o porque estás de vacaciones, y se supone que todo tendría que ir sobre ruedas. Pero no. Por mucho que el diseño del establecimiento haya recaído en manos de un célebre arquitecto o se trate de un edificio totalmente ecológico, hay algo que te está poniendo de los nervios. ¿Te sientes identificado con la situación? Pues no estás solo. El portal Jetcost.es ha efectuado una encuesta entre sus usuarios y estas son las cinco situaciones que hacen que no cantes 'hotel, dulce hotel'.

1.- ¡Maldita puerta!

Las tarjetas magnéticas son cómodas, prácticas… pero tienen un pequeño inconveniente: no siempre funcionan. ¿Quién no se ha quedado alguna vez en su vida con cara de tonto intentando descubrir cómo abrir la puerta y esperando que algún alma caritativa y más avezada pase por el pasillo y le ilumine? Ellas son las responsables de indeseados viajes a la recepción, cargados con todas las maletas, cuando lo que deseábamos era lanzarnos sobre la cama. Y ahí nos podemos encontrar con la azarosa situación de reconocer que no sabemos cómo funciona ese prodigio de modernidad. Pero también ocurre que pueden no haber introducido los datos adecuadamente y tengan que cambiarla.

Otra situación bastante vergonzosa a la vez que habitual es la de no recordar la habitación en la que estamos. Bien es sabido que muchos clientes son dados al despiste y pueden perder la tarjeta de marras, así que no se pone la habitación a la que pertenece para que no pueda entrar otra persona. Y si uno no tiene mucha memoria o la última copa malogró algunas neuronas, puede olvidar el número y acudir a recepción con la cola entre piernas.

2.- Hágase la luz, por Dios

Bueno, ya hemos flanqueado el primer obstáculo: la puerta. Pero ahora la tarjeta de marras debe introducirse para iluminar la habitación. ¿Fácil, no? Pues en muchos casos debemos enfrentarnos a otra prueba de paciencia digna de Job. Introducir la tarjeta es fácil, no hace falta un manual para 'dummies', pero controlar todos los interruptores, eso… eso es ya harina de otro costal. Cuenta la leyenda que más de un huésped ha dormido con las luces encendidas o, incluso, ha desenroscado las bombillas. Entre las quejas más habituales está la falta de luz para leer en la cama -sobre todo en los hoteles baratillos- y la incapacidad de manejar las cortinas automáticas (en los caros). Y ahí no acaba la lista de motivos para mentar a la madre del diseñador de la habitación. Cuando abandonamos la habitación, esta se queda sin electricidad. ¿Y qué pasa con los dispositivos que se están cargando? ¿O con la posibilidad de dejar la calefacción encendida? Pues conseguirlo supondrá otro viaje a recepción para conseguir otra tarjeta. Y si se tiene que explicar en otro idioma que no dominamos demasiado bien, la dosis extra de estrés está servida.

3.- La yincana del aire acondicionado

¿Querías descansar? ¡Pues no! No lo sabías, pero te has apuntado a una original yincana organizada por los animadores del hotel para que no te aburras. Para empezar, cálate el sombrero de Indiana Jones, porque vas a protagonizar 'En busca del mando perdido'. ¿Dónde parecerá lógico guardarlo y por qué nunca es el lugar que a ti te parece lógico? Tras un registro exhaustivo de la habitación, consigues el premio. ¿Podrás ahora huir del sofocante calor o dejar de tiritar? Quizá sí, quizá no, porque aquí pasamos a la segunda parte del concurso: haz que funcione. Todo parece simple, porque realmente no hay muchos botones. Y entonces, ¿por qué le has dado 12 veces al botón y no ha funcionado? Puedes: opción a) llegar a las 24 o llamar a recepción; opción b) sudar o temblar toda la noche.

4.- Vamos a brindar por ello, bueno, espera…

Te diriges al minibar con la sana intención de tomarte una copita de vino o zamparte unas patatas y… ¡horror! Está más vacío que la cuenta del españolito medio el 29 de cada mes. Sí, claro, que puedes llamar, esperar que te atiendan y que tengan tiempo de venir a rellenarlo, pero ese impulso inmediato que sentías ya se te habrá pasado. Este, realmente, es un fenómeno inexplicable. Cierto es que muchos clientes intentan marcharse sin pagar o, incluso, hay algunos listillos que rellenan las botellas, pero comprobarlo es relativamente fácil.

Y surtir el minibar es un esfuerzo a todas luces rentable. Estás pagando como mínimo tres veces el valor de lo que tomas, simplemente porque lo tienes a mano, en una neverita la mar de mona. ¿Por qué nadie se ha tomado la molestia de renovar los productos? ¿Por qué el mundo te odia de esa manera? Otra razón para perder los nervios a no ser que seas un maestro zen.

5.- Un baño, ¿relajante?

Los baños de los hoteles no están diseñados para sosegar ánimos, vamos que no son nada 'friendly' que digamos. Para empezar, ¿alguien puede explicar qué hacen esas 'diseñosas' luces en techo? ¿Son rayos de una anunciación divina? Porque, vamos, todo el mundo sabe que si quieres verte bien en un espejo es en la parte superior del mismo donde deben habitar las luces. Colocarlas en otro lugar es un pasaje a salir pintada como una puerta o a medio afeitar.

Pero las quejas sobre los baños no quedan aquí. Los mandos no siempre siguen las leyes lógicas que rigen nuestra mente y es fácil meterse la mar de contento y salir literalmente escaldado o quedarse helado. Y la cosa se complica si se trata de un jacuzzi. La encuesta revela que la mayoría de consultas de los hoteles de lujo vienen precisamente por no entender las complicadas instrucciones del jacuzzi. ¡Y tú que solo querías pegarte un relajante baño!

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