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No hay ninguna razón para que vistas una camiseta de fútbol por la calle

Logotipo de GQ GQ 19/07/2017 GQ

Donde tú te ves como un nuevo lechuguino a la moda, el mundo observa a un pandillero. 1 © Proporcionado por Revista GQ 1

Esta broma ya ha ido demasiado lejos. Lo observamos a diario en nuestras calles: llevar la camiseta de un equipo de fútbol se ha normalizado. A nadie le chirría ver a tíos por ahí con una elástica futbolera, pavoneándose como si fueran los dandis distinguidos del barrio. Ya casi es un elemento más del guardarropa masculino. Es perfectamente habitual divisar a tipos en centros comerciales embutidos en camisetas del Bayern de Munich, cenando en compañía de novias acicaladas con vestido y tacones. Tetes con la camiseta ajustada de la Roma. ¿En qué momento comenzamos a tolerar esto? No está lejos el día en que la gente empezará a casarse con el kit completo del Real Madrid.

Como dijo Coco Chanel: está bien que la moda baje a la calle, no que venga de ahí. Basta ya. Digamos no. Unamos nuestras fuerzas para detener esta epidemia hortera. Donde tú te ves como un nuevo lechuguino a la moda, el mundo observa a un pandillero. La distancia, cuando no media la ironía, entre la imagen de ti mismo como dios del estadio y la realidad de gañán ataviado para las ronda preliminares la liguilla municipal en el parque de La Chopera es enorme. El mundo no es el túnel de vestuarios del Wanda Metropolitano. En la vida debería haber un decoro. Y un hombre elegante no se asemejará nunca a alguien que parece venir de hacer pub crawl en Magaluf.

Uno de los primeros en tener la osadía de ponerse una camisera de fútbol en un contexto civil fue Platini, en un palco, durante la final del Mundial del 98. ¡Y se la puso debajo de un traje! Nadie debería imitar nunca nada que haya hecho Platini desde que abandonó los terrenos de juego. Piénsalo bien: camiseta de fútbol y traje. Da mucho coraje y ganas de gritar con la RAE un “si de verdad me queréis, irse”. Sólo nos viene a la cabeza Luis Enrique, con sus trajes entallados de color gris ratón y sus bambas color yogur, como alguien capaz de superar ese destrozo.

No se sabe muy bien cuándo empezó todo esto. Quizá podamos situar el arranque del fenómeno cuando las marcas estadounidenses se aproximaron al planeta fútbol. Hasta entonces, los USA habían vivido de espaldas al soccer. Les importaba un comino ese aburrido juego de la remilgada Europa donde los marcadores nunca alcanzaban los dos dígitos. Un juego lleno de tradición y códigos ancestrales indigerible para la mentalidad consumista americana, más interesada en la industria del entretenimiento que en el deporte mismo. Hasta que la onda expansiva de la mundialización les hizo ver que ahí había una rica veta de negocio.

En Inglaterra, la impronta del obrerismo y el despegue del movimiento “lad culture” hasta cierto punto alentaron y legitimaron esta estética. Tras el desarraigo de la desindustrialización thatcheriana, los muchachos se entregaron a los únicos símbolos de la tribu que quedaban en pie. Erradicada la fábrica, la socialización tenía lugar en el estadio. El resto de Europa asistiría mucho más tarde al fenómeno. Ahí metieron el hocico las marcas deportivas americanas y supieron llevar al streetwear la moda futbolística.

Existen varias razones para denunciar algo equiparable a llevar riñonera. En primer lugar está el olor. Esas prendas de tejido técnico y poliéster, que tan bien transpiran, en realidad son hábitats estupendos para las bacterias. Sus fibras hacen que el sudor, en contacto con ellas, huela peor de lo que lo haría tratándose de una camiseta de algodón o de lana. Atraen los aceites corporales a la espera de ser pasto de las bacterias que producen mal olor. Te ves como el doble de David Beckham, pero hueles como el vestuario de los Denver Broncos.

Y luego hay calamidades como aquel escándalo de la industria textil deportiva en el año 2000, cuando se descubrió que las camisetas del Borussia Dortmund incorporaban TBT, una sustancia que provocaba infertilidad en los hombres. No hemos vuelto a saber de nada semejante, pero no es agradable ir por ahí con un montón de petróleo procesado encima de nuestra piel.

Un Hombre GQ debe aspirar a la singularidad, a la afirmación del yo y del estilo propio. Si toleramos necesariamente las manufacturas industriales del sector textil, pese a que estandarizan nuestra imagen, no hay en cambio nada de sugerente en saber que uno lleva la misma prenda que decenas de millones de personas en el mundo. Te estás convirtiendo en rebaño, en elemento anónimo de la masa. Si a eso le añades que las camisetas de fútbol suelen llevar publicidad de casas de apuestas o de líneas aéreas de países árabes, te estás convirtiendo en hombre-anuncio, te despojas de tu humanidad para pasar a ser un mero soporte publicitario. Como una valla, una marquesina, un chirimbolo. Y gratis. ¿Qué será lo siguiente? ¿Ponerte dos cartones entre pecho y espalda anunciando que compras oro? Recuerda la vergüenza que produce llevar una visera de la Caja Rural. Pues esto se le parece bastante.

Estar de vacaciones no equivale a rebajar las normas de buen gusto indumentario. Pasear por Nerja o visitar la catedral de Sigüenza vestido de Neymar Jr. está apenas dentro de la civilización. Fuera de su contexto natural, la camiseta de fútbol equivale a esas otras con tipos borrosos donde se lee “la falta de sexo nubla la vista”. Demasiado cuñado. Además, está empíricamente demostrado que nadie ha ligado en un bar con una camiseta futbolera. Las camisetas de fútbol no te hacen parecer más guapo ni más rico. Ni siquiera mejor futbolista.

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