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Por qué tienes que visitar Frigiliana (nuestro Miconos) y alojarte en su posada morisca

Logotipo de Vanitatis Vanitatis 02/02/2017 Ángeles Castillo

Cuando se ha merodeado por las islas griegas, aunque sea con la imaginación, pero en barco, y se han pisado las calles de Santorini, de Ios (donde dicen que está enterrado Homero) o de Miconos, y luego se arriba a Frigiliana, en nuestra Málaga oriental, hay algo que a uno le hace sentirse igual (o parecido), salvando las distancias; las que hay de aquí hasta ese rincón donde el Mediterráneo se vuelve Egeo y donde Europa empieza a hacerse asiática (o turca). No es casualidad, ni mucho menos, que este pueblo haya sido elegido como una de las siete maravillas rurales españolas de 2016 por los usuarios de Toprural. Te decimos por qué tienes que visitar este nuestro Miconos (o Chauen) y por qué tienes que alojarte en su posada morisca, que es el nombre de un hotel.

La Posada Morisca resume todo el encanto de Frigiliana © Proporcionado por Glamouratis La Posada Morisca resume todo el encanto de Frigiliana

1. No todo iba a ser Costa de Sol ni Marbella. Esta es justamente la otra Málaga, la llamada Axarquía, más recóndita, más exótica, más auténtica. Aquí hay aguacates, mangos, azúcar de caña, aceite de oliva, moscatel y un entorno paisajístico de los de enamorar. Realmente exótica y sin millas de oro. Estamos en el Parque Natural de las Sierras de Almijara, Tejera y Alhama. Y con un río que se llama Chíllar con su afluente Higuerón, que discurre entre palmitos, madreselvas, adelfas y pozas, y nos lleva, claro, hasta el mar, el de Nerja (obligados el balcón de Europa, las cuevas y la paella del Ayo, en la playa de Burriana) y los acantilados de Maro, ya con calas y más espectacular. Sin olvidar ese paraíso, de camino a Cómpeta, que es El Acebuchal.

Así es Frigiliana (Foto: Toprural) © Proporcionado por Glamouratis Así es Frigiliana (Foto: Toprural)

2. Para vivir un verano azul azul. Y no solo por la serie de Antonio Mercero con Pancho, Javi, Bea, Chanquete, Julia y demás, que se rodó en Nerja, aquí pura leyenda, sino porque este pueblo presume de mediterraneidad, de paredes encaladas, buganvillas y otras flores por doquier y puertas pintadas del color del mar, su horizonte, a tan solo seis kilómetros, asomada a él desde sus 300 largos y altos metros. Para más inri, con primavera eterna casi todo el año gracias a su clima subtropical. Suena tan bien.

Las calles de este pueblo de la Axarquía (Foto: Turismo de Frigiliana) © Proporcionado por Glamouratis Las calles de este pueblo de la Axarquía (Foto: Turismo de Frigiliana)

3. ¿Grecia? Si parece Marruecos... Y así es, porque en el fondo su casco histórico es de herencia morisca. Ahí están las calles sinuosas y empinadas (los coches solo tienen acceso por la calle Real), los adarves, los pasadizos y revellines. El Barribarto, el Zacatín, el callejón del Peñón, que regala la mejor panorámica. Un laberinto, que no es Chaouen ni es tan azul, pero casi, donde las casas y sus magníficas terrazas, que se lo digan a los gatos, se solapan unas con otras, y de vez en cuando se ve una mula por la calle de la Amargura pasar, que aún siguen utilizándose para la carga, y los nativos del lugar conviven con descendientes de Gerald Brenan (autor de la inolvidable 'Al sur de Granada') y otro extranjeros como en una nueva y curiosa Babel. El español se mezcla en el aire con el alemán y sobre todo el inglés. Y en los días claros, que casi no los hay (la calima siempre está ahí), África, el continente vecino, concretamente el Rif.

4. Su posada morisca. Ya decíamos que Frigiliana es tan griega como marroquí, pero es que además hay en su entorno un precioso hotel rural que se llama precisamente así, La Posada Morisca, y que es de los que tienen encanto para dar y tomar. Para empezar, no es un hotel al uso, sino doce habitaciones como doce pequeños cortijos, con solerías de barro, madera, azulejos artesanales, mobiliario rústico, colonial y provenzal, estufas de leña, terrazas con vistas al mar, piscina con tumbonas y sombrillas de paja, restaurante para comer a la carta y un bar. Todo ello en mitad del campo, entre montañas, en la Loma de la Cruz. Precio: desde 60 euros.

Un rincón de La Posada Morisca © Proporcionado por Glamouratis Un rincón de La Posada Morisca

5. Está cuidado hasta el extremo. Desde que en 1982, cuando el turismo rural era todavía una utopía, consiguió el primer premio de embellecimiento de los pueblos de España, no ha hecho sino continuar en este empeño de limpiar, fijar y dar esplendor a su guapura natural. Encalando las paredes cada cierto tiempo, velando por la limpieza y conservando la arquitectura tradicional de sus revalorizadas casas (paredes anchas, vigas de madera, terrazas a diferentes alturas). El ayuntamiento y los propios vecinos. Sin duda, un ejemplo que hay que seguir.

6. Además, tiene vidilla. Su proverbial belleza ha hecho que haya ríos de gente sube y baja, sobre todo a las horas punta, lo cual hace que el pueblo sea una especie de zoco alegre y bullicioso. A ello contribuyen los bares (La Domadora y el León, templo cervecero; Faes, café, té y tarta de queso; El Lagar, producto local, o La Bodeguilla, con flamante terraza) y restaurantes (El Adarve o The Garden), y por supuesto el Festival 3 Culturas, música, gastronomía, cultura y mucha fiesta para ponerle un broche de oro al caluroso y frenético agosto. Aprovechamos para entonar un gloria a las berenjenas fritas con miel de caña, el choto frito con salsa de almendras, el vinillo y la migas, sagradas en los días de lluvia.

7. La España profunda. Frigiliana forma parte, aún siendo cada vez más cosmopolita, de la España profunda, cierta manera de vivir de antes, que ve la luz, aunque sea a oscuras, el día de Viernes Santo, cuando sale en procesión la Soledad y todas las mujeres, solo ellas y nada más que ellas, van vestidas rigurosamente de negro y bajan calle abajo vela en mano, haciendo el camino de la Dolorosa. Casi un cuadro de El Greco. O cuando llegan las Cruces de mayo y los vecinos aprovechan para dar a probar al visitante la arropía, las marcochas, el gazpacho... Las cosas que tanto gustaban a Brenan (y a nosotros).

Desde La Posada Morisca también se ve el mar © Proporcionado por Glamouratis Desde La Posada Morisca también se ve el mar

8. Los monumentos. Aunque el pueblo en su conjunto lo es, con esa bella estampa blanca colándose en el paisaje y mostrándose en su esplendor cuando se sube del mar, de esos baños en pleno noviembre o a mitad de marzo, también se puede ver el Ingenio, del siglo XVI, casa solariega de los Manrique de Lara, que se enorgullece de ser la única fábrica de miel de caña en funcionamiento en Europa, y que recibe al visitante nada más llegar, junto a la Casa del Apero, del XVII, que hoy es la Casa de la Cultura; la Fuente Vieja (XVII), los Reales Pósitos (XVIII), silo para almacenar el grano; la iglesia de San Antonio (XVII) y los restos del castillo árabe destruido en la batalla del Peñón (XVI). Aquí solo querrás mirar y mirar.

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