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Viajé por 40 países mientras mis hijos llevaban pañales

ELLE ELLE 14/04/2016 Por Christine Gilbert
Viajé por 40 países mientras mis hijos llevaban pañales © Copyright © 2016 Hearst Magazines, S.L. Viajé por 40 países mientras mis hijos llevaban pañales

Unos años antes, había abandonado una carrera profesional en la informática para viajar y hacer la transición a dedicarme a escribir, fotografiar y hacer películas a tiempo completo. Aunque vivíamos en Boston, la mayoría de nuestro trabajo lo hacíamos online. Mi marido trabajaba a distancia como diseñador gráfico para una agencia de publicidad y podía seguir con ello mientras trabajábamos; yo tenía la intención de conseguir un trabajo de redactora 'freelance' y solucionar el resto por el camino. El plan era viajar por el mundo y dejar atrás años de una aburrida vida empresarial. Empezamos en España y debíamos seguir por México y América Central.

Sin embargo, cuando llevábamos un año de esta gran aventura, pasó algo: me enteré de que estaba embarazada. Habíamos pasado años planeando rutas de varios años que cubrirían lo máximo posible del planeta. Esos sueños nunca incluyeron niños. Un poco estupefactos, continuamos acampando por las Rocosas, el Yukón y Alaska, un viaje que habíamos planeado antes de que me quedara en estado. Mi barriga seguía creciendo y teníamos una cosa clara: íbamos a tener este hijo en cualquier lugar del planeta. Nos pasó en Bend (Oregón), por casualidad: el nombre nos sonó familiar, así que condujimos para ver cómo era y enseguida nos enamoramos de sus áridos matorrales. Vivimos allí durante un tiempo, pero cuando mi precioso hijo Cole nació, el come-come del viaje regresó.

En este punto, tuvimos que elegir. Mi marido y yo participábamos en la financiación de un documental independiente cuyo rodaje nos llevaría por cuatro continentes. Era un proyecto ambicioso y de muchos años que nos haría trabajar a Colombia, Nevada, Birmania, Tailandia, Malasia, India, Dubai, España y Ruanda. Podíamos elegir entre trabajar en este proyecto o encontrar trabajos a tiempo completo y asentarnos donde fuera. Varias preguntas amenazadoras nos asustaban: ¿Era realmente posible viajar con un bebé? ¿Era profundamente irresponsable intentarlo? Pero la elección era muy sencilla para mí. Siempre había querido viajar, y estaba firmemente decidida a que convertirme en madre me cambiara.

Dejamos Oregon con toda la logística preparada para viajar con un niño pequeño. Examinamos cada decisión de padres desde la perspectiva de cómo afectaría al viaje. Decidimos dormir juntos porque las cunas, incluso las plegables, son demasiado pesadas para llevar consigo, y no sabíamos si siempre las íbamos a encontrar en los hoteles. Tendríamos acceso limitado a las lavadoras y mucho menos a las secadoras, así que descartamos los pañales de tela. Supusimos que sería duro llevar siempre biberones y leche de fórmula, así que apostamos por darle el pecho, y afortunadamente mi cuerpo colaboró. Nos vimos eligiendo un tipo de crianza que implicaba la menor cantidad de cosas. Después de que naciera, metimos en la maleta un portabebés, ropita y algunos pañales, y salimos de camino.

Exploring the ruins in Selçuk Turkey. Cole says, "Why do they keep destroying the buildings?"

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 6 de Mar de 2015 a la(s) 10:14 PST

Al principio, tenía un objetivo en mente, que era probarme a mí misma que podía seguir haciendo mi trabajo de escribir, fotografiar y hacer el documental mientras viajaba por el mundo y criaba a mi hijo. A las mujeres se les pide demasiado a menudo sacrificar sus identidades y estilos de vida por sus hijos. Pero yo no creía que tuviera que abandonar mi recién hallada independencia, y sabía que ese trabajo creativo que yo veía tan 'nutritivo', me ayudaría también a alimentar a mi hijo..

Cuando se trata de viajar por el mundo, la gente siempre se preocupa en primer lugar por la seguridad. "¿Cómo podéis ser tan valientes? ¿Cómo podéis aseguraros de que vuestros hijos tendrán lo que necesiten?", preguntan. Lo que muchos no pueden comprender es todo lo que viajar nos ha dado a nuestras vidas, y todas las puertas que ha abierto tanto a mis hijos como a nosotros. No pueden ver la forma en la que los ancianos con sarongs me han sonreído. O cuántas veces me ofrecieron tomar asiento o a cuántas casas me invitaron. Pasé de ser la mujer detrás de la cámara a la mujer detrás del bebé. Cómo la gente se abría cuando le enseñaba a ver la vida de otra forma.

He's like the fountain ninja.

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 11 de Jul de 2014 a la(s) 4:11 PDT

También se abrió un mundo para Cole. Cuando mi hijo tenía un año, habíamos viajado por media docena de países. Celebramos su cumpleaños en la playa de Goa (India). Mi hijo aprendió a caminar, y también aprendió a tomar curry picante en Malasia. Enseguida se dio cuenta de qué comidas callejeras le gustaban más (hay un lugar especial en su corazón para cualquier cosa que se parezca a una tortita). Aprendió a decir palabras locales, como 'hola' en español y 'nelo' (manzana) en griego.

No siempre fue fácil, o romántico, criar a un hijo en la carretera. Pasó bastante tiempo en su primer año en los brazos de alguien, y la ausencia de espacios seguros para bebés y el constante viaje hacía que viviéramos en un estado de constante vigilancia, tanto si estábamos en un autobús como si estábamos esperando la cola en una oficina de visados. Así que gran parte de nuestra labor como padres fue inventar maneras de entretenerle durante horas mientras estábamos en cualquier parte del mundo llevando cosas o, simplemente, esperando. No te das cuenta de cuántos tiempos de espera hay en los viajes hasta que no los haces con niños.

Sin embargo, sentía que valía la pena. Viajamos así otro año, disfrutando de los colores del Holi Festival en la india, admirando las linternas en Loy Krathong en Tailandia, saltando de isla en isla en Grecia, montando en el metro en París, comiendo churros en Barcelona y empujando un carrito a través de la medina en Marruecos.

foto2 © Proporcionado por Elle ES foto2

Para alguien que creció con vales de comida, dar a mi hijo este tipo de educación no tenía precio. Los temores que tenía sobre lo que estaba haciendo se disiparon. No solo el viajar le beneficiaba, además. Trabajábamos, pero ambos éramos 'padres que se quedaban en casa' desde la perspectiva de mi pequeño. Yo pasaba las mañanas con él, dándole un baño improvisado (siempre en una piscina de bebé hinchable puesta en la ducha, un truco que aprendimos después de meses de intentar duchar a un niño inquieto) y luego nos íbamos al mercado para comprar la fruta que estuviera de temporada. Mi marido se levantaba antes que nosotros y se ponía a trabajar, dedicando entre 6 y 8 horas facturables y acababa antes de mediodía. A la hora de comer, ya estábamos juntos como una familia y hacíamos lo que hubiéramos planeado para ese día.

Cuando llegaba la noche, yo trabajaba (mientras mi esposo se ocupaba del crío) hasta las 2 o 3 de la mañana. Luego me acostaba con el bebé, y empezábamos esa rutina de nuevo. Nuestro presupuesto era una tercera parte de lo que hubiéramos gastado si hubiéramos vivido en Estados Unidos, por la fortaleza del dólar y el menor coste de vida de los sitios a los que viajábamos, así que esa presión de 'ganar, ganar, ganar' que sentíamos en casa había desaparecido completamente. Nuestro alquiler en Boston era de 2.000 euros al mes; nuestra casa actual en México sale por 600 dólares mensuales.

Snuggling...

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 4 de Mar de 2016 a la(s) 10:39 PST

Y así, empezamos a moldear nuestros viajes en torno al hecho de ser padres, más que por otro factor. En Tailandia, mi hijo de pronto dijo la palabra 'gracias' en Thai y alucinamos y, a la vez, nos sentimos inspirados. Vamos a seguir viajando de cualquier manera, ¿tendría sentido darle a nuestro hijo una carga de idiomas por el camino?

Justo antes de su segundo cumpleaño, con el rodaje completado, cambiamos nuestro objetivo de viaje y nos mudamos a Pekín para aprender mandarín. En lugar de saltar de ciudad en ciudad, alquilamos un apartamento, contratamos a una niñera china e intertamos hacer una inmersión en la cultura y el lenguaje local. A finales de aquel año, nos fuimos a Beirut (Líbano) para estudiar árabe. Cambiamos su piscina hinchable por una bañera cuando nos mudamos a una casa más decente con un jardín pequeñito. Allí fuimos testigos de una generación entera de chicos bilingües, que cambiaban entre árabe, inglés y francés con la misma facilidad con la que se cambia un canal de televisión.

Remember that photo series with the girlfriend leading her photographer boyfriend around the world? This is my version with my 18 mo daughter in Romania.

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 21 de Ago de 2014 a la(s) 1:07 PDT

Para su tercer cumpleaños, y con casi 30 países a la espalda, a Cole se le unió una hermanita que nació en México. Di a luz en un hospital privado junto al mar, y cuando llevé el bebé a casa, teníamos una cuna esperándonos en nuestra hacienda de la playa. Al haber nacido allí tiene la ciudadanía mexicana, así que tiene la doble nacionalidad mexicana y americana. Mi hijo se hizo amigo de los chicos locales y fue a una escuela infantil durante un tiempo, donde se echó no una sino dos novias.

No tenía no idea de cómo iba a cambiar su cerebro esta exposición tan temprana a los idiomas, pero según los estudios, incluso un pequeño acceso a una segunda lengua puede mejorar su funcionamiento, lo que se relaciona con un mejor rendimiento escolar. Hoy, mis dos hijos son bilingües en español e inglés, y es suficiente para nosotros.

Me encantaría decir que hubo un gran sentido de aventura en lo que me impulsó a viajar tanto con niños pequeños, pero simplemente quería ser capaz de ver el mundo, pasar tiempo con ellos mientras fueran pequeños y ser capaz de escribir modestamente sobre ello. Un año después de nacer mi hija, volvimos a hacer las maletas, esta vez hacia Europa, donde fuimos en bici desde Francia a Croacia, acampando por el camino.

I look at this and just imagine the teenagers they'll become.

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 28 de Jun de 2015 a la(s) 9:04 PDT

Llovió todas las tardes de ese mes que pasamos en Francia, a pesar de estar a mitad de verano, y me peleaba intentando cambiar pañales en una tienda de campaña empapada, haciendo la colada en los cuartos de baño y procurando que mis hijos estuvieran calentitos cuando las temperaturas bajaban. Pero cada manana, mi marido y yo nos despertábamos a las 5, levantábamos el campamento y empezábamos a dar pedales. Los niños dormían en el remolque de la bici mientras pedaleábamos, uno contra el otro, adorables, y la campiña francesa aparecía ante nosotros, con sus viñedos y sus antiguos castillos a lo largo del recorrido. Si nos cruzábamos con alguien, siempre nos decían 'Bonjour!', así que me salía del corazón responderles.

foto3 © Proporcionado por Elle ES foto3

Ahora que mis hijos tienen 3 y 6 años, hay gente que me pregunta si finalmente nos quedaremos en un sitio para darles algún tipo de estabilidad. Tenemos una casa 'base' en México, donde los niños van a una escuela privada en Español. Pero estamos planeando coger un velero después de que dé a luz a mi tercer hijo en septiembre. En 2017, navegaremos por el golfo de California.

Heading off to school!

Una foto publicada por Christine Gilbert (@almostfearless) el 9 de Feb de 2016 a la(s) 6:21 PST

Para nosotros, la expresión 'fijar una residencia' no tiene mucho sentido. Mucha gente te dice que tu vida se ha acabado cuando tienes hijos. Ha sido una sorpresa descubrir que, para nosotros, la vida siempre está empezando.

Christine Gilbert es la autora del libro 'Mother Tongue: My Family's Globe-Trotting Quest to Dream in Mandarin, Laugh in Arabic, and Sing in Spanish', ya disponible en Amazon.

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