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Así es la ciencia que esconden los besos

Logotipo de Cosmopolitan Cosmopolitan 14/11/2017 Alejandro Tovar

Pueden ser la expresión máxima del amor. La más intensa, la más auténtica, la más total. Por encima incluso del sexo, según los expertos. Y también pueden ser un ejercicio de lo más desagradable, cuando no son fruto de la propia voluntad. Porque besos hay muchos: cariñosos, apasionados, por compromiso, robados. Y en común, varias docenas de músculos en movimiento y, sobre todo, un torbellino químico que los convierte en pura ciencia. Neurotransmisores, hormonas, moléculas revolucionadas y dispuestas a, si se saben atender debidamente, desvelar si la persona a la que se besa es realmente la adecuada. Así es la filematología, la ciencia que es capaz de traducir el amor.

Como punto de partida, conviene recordar que la boca es la zona más sensible del cuerpo. Los labios tienen una sensibilidad, según algunas estimaciones científicas, de cien a doscientas veces mayor a la de los dedos, además de una proporción también más elevada que los propios genitales. Y esa es sólo la superficie. El contacto de dos pares de labios desencadena una catarata de reacciones químicas; el cerebro comienza a reducir los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y a segregar endorfinas, oxitocina y feniletilamina, la llamada ‘molécula del amor’, que nos empuja a sentir deseo y pasión hacia la otra persona.

Y no sólo eso: investigadores como Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers y experta en filematología, o Sheril Kirshenbaum, autora del libro The Science of Kissing: What Our lips Are Telling Us, se han ocupado de determinar, por ejemplo, la composición de la saliva, otro elemento fundamental de los besos de pareja. Así, han descubierto que la masculina presenta cierta proporción de testosterona y que esta ofrece información a la pareja sobre las ‘capacidades reproductivas’ del otro, y que la saliva de las mujeres contiene estrógenos, medidor también de la fertilidad. No hay que olvidar que, al fin y al cabo, no dejamos de ser mamíferos.

Sobre cómo un beso (y la ciencia que esconde) podrá decirte si estás con la persona adecuada © Hearst Communications, Inc. All rights reserved Sobre cómo un beso (y la ciencia que esconde) podrá decirte si estás con la persona adecuada

Por eso, besar está casi en nuestro ADN. Tan sólo el 10% de las sociedades que existen en el mundo no otorgan ninguna importancia a esta actividad y la sustituyen por roces de manos o por el clásico ‘frotado de nariz’, como los esquimales. Pero el otro 90% no puede evitar ese empuje que muchos investigadores vinculan a uno de los actos más puros, naturales e íntimos de la vida: el momento en el que, durante los primeros meses de vida, somos amamantados. De hecho, la primera representación del beso apasionado de la que se tiene constancia data de hace más de 15.000 años; es una inscripción en piedra en la cueva paleolítica de La Marche, en Francia.

Tantos siglos de evolución sirven también para entender el hecho de que algunos besos, por no pretendidos o buscados, resulten poco agradables. O no demasiado placenteros, en todo caso. Si el organismo, en su autonomía, no desencadena los procesos químicos esperados al encontrarse con un beso pretendidamente apasionado, estará tratando de alertarte. Estará gritándote, de forma silenciosa, que tal vez esa no sea la persona adecuada. Que quizás tengas que seguir buscando. Pero si por el contrario el pulso se acelera, el cerebro se vuelve loco y el cuerpo pide más, no cabrán las dudas: la filematología te estará dando la enhorabuena por haber encontrado a la pareja –de labios– ideal.

Otras investigaciones apuntan a que un beso apasionado llega a quemar hasta 26 calorías por minuto. Menos es nada. Y, según el kamasutra, hay más de 30 formas de besar. Entonces, habrá que ponerse a ello, ¿no?

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