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Seis técnicas para ligar que utilizabas hace unos cuantos años

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 28/04/2017 Gonzalo de Diego Ramos
Cuando le entrabas a las 'pibas' en la disco. (iStock) © Externa Cuando le entrabas a las 'pibas' en la disco. (iStock)

Si como dice la canción “veinte años no es nada”, diez deberían ser una miseria. Lo cierto es que esta fórmula podría ser valida para nuestros padres, pero por lo que respecta a los millennials, víctimas de infinitos cambios, una década de su existencia es suficiente tiempo para haber sobrevivido a mil revoluciones que han acontecido casi sin darnos cuenta.

Las formas de ligar están entre esas transformaciones. Si la generación de nuestros padres se pasó una vida flirteando en las discotecas con la recurrente pregunta del “¿estudias o trabajas?”, los que hoy rondan los treinta han tenido que reinventar sus usos amorosos y adaptarlosal devenir de los tiempos consecuencia de las rápidas transformaciones tecnológicas. Hace dos lustros no existían Tinder ni WhatsApp, ¿cómo nos las apañábamos entonces?

Te refrescamos la memoria con la esperanza de despertarte una sonrisa. Algunos jóvenes veintañeros, así como los adolescentes, se sorprenderán, sin embargo, de que sus hermanos mayores tuvieran que recurrir a unos métodos que hoy nos parecen ridículos y trasnochados.

Hacías llamadas perdidas

También conocidas como “toque” o “llama-cuelga”. Aunque la costumbre fue perdiéndose hacia la mitad de la primera década del siglo, es difícil no rememorarla con cierta nostalgia. Resulta sorprendente la multitud de significados que podíamos atribuir a esta señal telefónica. El código era consecuencia de los abusivos costes que tenía en aquel tiempo las tarifas de las operadoras. Las compañías llegaron a estudiar, de hecho, si deberían cargar a sus clientes solo por marcar el número de otra persona.

Con todo, no era fácil para el receptor interpretar bien qué sentido tenía que el politono o el sonitono del teléfono sonara durante unos segundos: ¿quiere ligar conmigo?, ¿se ha acordado de mí?, ¿me ha marcado por error? Existía, por otro lado, esa tensión de no saber si era necesario descolgar cuando la recibíamos y teníamos el teléfono en la mano: ¿me está haciendo una perdida o quiere hablar conmigo? ¿Cuánto tiempo había que esperar para decidir si aquello era un solo un toque o un intento de establecer una comunicación?

Para quien hacía la llamada perdida existía, sin embargo, esa ansiedad por saber si la otra persona acabaría devolviendo o no el toque. Una angustia equivalente al moderno doble ‘tick’ de WhatsApp que no se completa con una respuesta.

Te comunicabas con Messenger

Seguro que cuando estabas en casa estudiando para un examen tenías el ordenador encendido con la ventana de este programa minimizada, a la espera de que alguien te enviara un “hola” o de que la persona deseada apareciera de repente en línea.

Messenger era, probablemente, la manera más simple y directa que existía para cortar el hielo. No había mucho que perder por enviar un saludo y como premio te podías ver sumido en una conversación con la chica o el chico que te gustaba que podía prorrogarse, sin comerlo ni beberlo, hasta altas horas de la madrugada.

Escribir, escribir… bueno, a veces no se escribía mucho. Las pantallas solían estar plagadas de emoticonos, (algo más extraño en los SMS, por culpa, entre otras cosas, del T9), pero ya se sabe que el objetivo comunicativo de estas aplicaciones era, y sigue siendo, hacer notar al otro nuestra presencia, más que desarrollar toda una teoría sobre el amor o el sentido de la vida con unas cuantas líneas de texto.

Regalabas CD grabados

Se trataba de la versión 2.0 de la costumbre de entegarle al otro una casete con tus canciones preferidas. La versión 3.0, es decir, enviar una playlist, ha sido, sin embargo, un ‘fail’ en toda regla.

Foto: iStock. © Proporcionado por El Confidencial Foto: iStock.

‘Quemar’ un CD implicaba un esfuerzo: tenías que desplazarse al centro comercial para comprarlo; había que incurrir en un delito con la descarga ilegal de música a través de motores como Napster, Audiogalaxy o Kazaa, con largos minutos de espera para que una canción se completara en nuestro disco duro; tocaba convertir después los archivos a CD; grabarlo (considerando que muchas veces la operación no salía bien a la primera) y, por último, escribir todas las canciones con bolígrafo sobre la cubierta.

Que la otra persona no supiera valorar todo ese sacrificio, confirmándonos que había escuchado por lo menos las primeras pistas, podía ser todo un trauma.

Enviabas SMS

Por aquella época, la telefonía móvil era cara y los más jóvenes disponían normalmente de tarjetas prepago y no de un contrato con la operadora. Quienes daban dinero para efectuar las recargas eran los padres, por lo que solía haber un férreo control sobre lo que se gastaba.

Por dicho motivo, cuando tu compañía te enviaba una promoción con un cierto número de SMS gratis ese era el momento perfecto para intentar conquistar al otro avasallándolo con mensajes de 160 caracteres (20 más que Twitter). Eso sí, rezabas también para que la persona amada fuese de la misma compañía, porque si no, ni con esas.

Mandabas señales para ligar que ya no valen

De entre ellas, la más destacada era echar el humo a la cara. Solían ser las chicas las que lo hacían para dar a entender a la otra persona su interés. No parece una técnica muy seductora, de hecho podría resultar desagradable para quien acababa respirando el humo (sobre todo si este no fumaba), pero nadie ha dicho que comunicar abiertamente los sentimientos haya sido nunca una tarea sencilla.

Foto: iStock. © Proporcionado por El Confidencial Foto: iStock.

Usabas Facebook mal

Parece más reciente de lo que parece pero a mediados de 2007 Facebook ya tenía disponibles sus versiones en alemán, francés y español. Eso sí, los pioneros de la red social no sabían muy bien cómo había que comportarse con esta nueva herramienta y la utilizaban como si aquello fuera una forma alternativa de mandar un SMS o iniciar una conversación de Messenger.

Las situaciones que se podían dar eran de lo más comprometedoras. No era extraño encontrarse con un “¡holaaaaa!” en tu muro al que no se sabía cómo responder. Lo peor es que el interés de la otra persona se hacía público, con la consiguiente vergüenza que entrañaba que tus contactos (pocos por aquella época) se pudieran enterar de lo vuestro.

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