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Somos más infieles: esta es la causa principal y así comenzó todo

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 20/07/2017 Héctor G. Barnés
¿Somos más infieles... o lo confesamos más a menudo? (iStock) © Externa ¿Somos más infieles... o lo confesamos más a menudo? (iStock)

En 1995, el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó una encuesta sobre los usos y costumbres de los españoles. En ella, el 90% de los encuestados declaraba que jamás había sido infiel a sus parejas. Es más, el 84% ni siquiera lo había deseado. Tan solo un 15% de los hombres y un 3% de las mujeres confesaba haber sido desleal a la pareja. 13 años después, la última encuesta de la que tenemos constancia, la de 2008, mostraba que el porcentaje había aumentado sensiblemente; en concreto, un 26,8% para ellos y un 8,2% para ellas.

Esto puede significar dos cosas, no excluyentes entre sí: o que los españoles éramos mucho menos infieles o que, en caso de serlo, preferíamos callárnoslo porque estaba muy mal visto socialmente. En 20 años, nuestro comportamiento –pero también nuestra actitud– hacia la infidelidad ha cambiado sensiblemente. La terapeuta Susan Pease, que trata a menudo con parejas al borde del divorcio, tiene una explicación para ello, como explica en 'Psychology Today': se trata de una extensión de la cultura de la picaresca, del engaño y de la corrupción en la que vivimos.

La psicóloga explica que en el último grupo de divorciadas con el que trabajó, cinco de las seis participantes habían sido engañadas. A juzgar por los datos de los que disponemos, un porcentaje muy superior a la media… Al menos, de la media de lo que la gente admite. El instituto IPSOS publicó hace unos años que el 30% de la población española es infiel y que un 10% más ha intercambiado mensajes picantes con otras personas. En Francia, el IFOP (Instituto de Opinión Pública) reflejó que un tercio de las mujeres había cometido adulterio, por apenas un 10% en el año 1970. ¿Otro dato? Ashley Madison tiene 32 millones de usuarios. La facilidad y privacidad que proporciona la red es otro factor clave.

¿La explicación de Pease? Que vivimos en una sociedad en la que nos hemos acostumbrado a los escándalos día sí, día también. No solo a los propiamente sexuales, como las infidelidades de Tiger Wood o los abusos de Bill Cosby, sino también a los políticos y económicos, como la debacle de Enron o la estafa de Bernie Madoff. Siguiendo una regla de tres, esta situación debe ser aún peor en nuestro país, donde los últimos años se han sucedido día tras día los casos de corrupción. “Ser deshonesto está de moda”, recuerda la terapeuta, al mismo tiempo que matiza que no cree que sea algo normal… Por ahora.

La cultura de la competitividad

Esta tesis mantiene que nuestra idea del éxito y las relaciones profesionales ha terminado determinando también nuestra concepción de lo personal. Es decir, frente a la convivencia en comunidad de hace unas décadas, el auge de la cultura de la competitividad ha favorecido un individualismo en el cual tan solo perseguimos nuestro propio beneficio. Como recuerda Pease citando a una abogada, “más que enseñar a los niños a que se preocupen por los demás, se les muestra que deben ser competitivos y ser los números uno”.

Lo mostraba hace ya más de una década un libro que se llamaba 'The Cheating Culture'. No, el “engaño” del título no hacía referencia a la infidelidad, pero su tesis principal sí sirve para entender lo expuesto por la terapeuta. En dicho libro, David Callahan defendía que la filosofía de “el ganador se lo lleva todo” se ha extendido a todas las áreas de la sociedad, desde los negocios hasta el mundo académico pasando por la medicina o, añadimos nosotros, las relaciones personales. La perpetua competición genera malestar incluso en las clases más altas de la sociedad, “caracterizadas por gastar mucho, por una gran ansiedad y por incontables oportunidades y tentaciones para hacer trampas”.

Es posible, incluso, que la infidelidad se haya convertido en una señal de estatus. Como recuerda Pease, el lema de Ashley Madison es “la vida es muy corta, ten una aventura”. Siguiendo dicha lógica, nuestras relaciones personales parecen imbuidas de ese carácter aventurero y experiencial que define al consumo moderno. Este razonamiento deja entrever que, por mucho que queramos a una persona, estar tan solo con ella (sexual o sentimentalmente) durante toda la vida es limitar nuestras posibilidades vitales. No es, por lo tanto, incompatible con el amor, como lo demuestra que, como recordaba la especialista en relaciones Helen Fisher, el 56% de hombres y el 34% de mujeres calificase su relación como “feliz” o “muy feliz” a pesar de haber sido infieles.

Una burda caricatura de una situación cada vez más frecuente. (iStock) © Proporcionado por El Confidencial Una burda caricatura de una situación cada vez más frecuente. (iStock)

Cabe un último matiz, y es el papel que la infidelidad juega en la sociedad. Durante varios siglos, cuando el matrimonio era una cuestión de interés entre familias poderosas, se daba por hecho que existía, tan solo que lejos de los ojos de los demás. Esta visión de la fidelidad marital terminó trasladándose al amor de la burguesía emergente, donde era relativamente común que el hombre tuviese relaciones fuera de su matrimonio mientras la mujer se quedaba en casa. La democratización del amor, por así decirlo, trajo consigo un pacto de fidelidad entre iguales que se comprometían a cuidarse. La evolución de las últimas décadas, en las que el sentimiento de comunidad ha dejado paso al de la realización personal, ha vuelto a dar alas a la infidelidad.

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