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Alcohol, fiestas, vicio y un tesoro escondido

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 15/03/2019 Berta Ferrero
La planta baja del bar Los Gabrieles, en la calle de Echegaray, 17. © DAVID FOLGUEIRAS La planta baja del bar Los Gabrieles, en la calle de Echegaray, 17.

Madrid tiene un tesoro cerrado a cal y canto. Casi olvidado, no abandonado, pero acumulando polvo, algún escombro y un silencio que se prolonga ya casi 15 años. Se trata del mítico local de Los Gabrieles, situado en el número de 17 de la calle Echegaray, a escasos 50 metros de la plaza Santa Ana. Allí, entre tinieblas, se encuentra la Capilla Sixtina de los azulejos, un tesoro policromado agarrado con firmeza a sus paredes valorado en casi dos millones de euros, protegido y blindado por una comisión mixta de Patrimonio de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento. No se puede tocar. Ni mover. Ni trasladar. Eso sí, se vende. Razón: la burbuja inmobiliaria, que lo desterró a la oscuridad. Fotogalería: Un tesoro entre tinieblas

La historia de este mítico bar madrileño no cabe en su anuncio de Idealista. 761 metros cuadrados construidos, 600 útiles. Diez estancias, tres plantas, una de ellas en el sótano. Hace esquina. Construido en 1908. Última actividad, en 2008. Precio: tres millones y medio.

Cecilio Paniagua, consultor inmobiliario, te enseña solícito el local. La semioscuridad del espacio obliga a ajustar la vista y colocar bien los pies en un suelo desigual y lleno de trampas. “Hace unos, años unos okupas, con el auge del 15 M, se metieron aquí, por eso las ventanas que dan a la calle están tapiadas”, se excusa Paniagua. Unos minutos antes de entrar, ha preparado unos focos para iluminar algunas estancias. Los azulejos, brevemente iluminados, recuperan levemente su esplendor.

Los esqueletos rumberos, obra de Enrique Guijo basado en la obra del pintor jerezano Carlos González Rajel. © DAVID FOLGUEIRAS Los esqueletos rumberos, obra de Enrique Guijo basado en la obra del pintor jerezano Carlos González Rajel.

Los murales son obra de los artistas Alfonso Romero, Enrique Guijo, Juan Ruiz de Luna y Rajel, que se granjearon un nombre entre los ceramistas más reputados del primer tercio del siglo XX decorando diversos comercios del Madrid más auténtico y cañí.

Los esqueletos rumberos, de Guijo, un mural basado en la obra del pintor jerezano Carlos González Rajel, es una de las joyas de la corona del local. Un guitarrista en los huesos toca el instrumento de cuerda mientras una bailaora mueve sus caderas, literalmente. También decoran el espacio obras cumbres del arte del mural publicitario de azulejos, anuncios de bodegas como Domecq o Garvey que los propios bodegueros pagaban para figurar en la emblemática taberna. Además, decoran la estancia escenas que recrean obras de Velázquez o Goya, inspiraciones en la tauromaquia y la caza o el mismo Quijote. Un arte único, algo barroco, de tonalidades alegres pero con un tono costumbrista, humorístico y ciertas influencias surrealistas. Un museo escondido. Y en venta.

“Espero que no se hayan cargado gran parte del patrimonio de los azulejos”, se queja Ramiro Figueroa, antiguo gerente de Los Gabrieles, que 15 años después de verse obligado a cerrar el local se sigue sintiendo íntimamente ligado a él. Argentino de nacimiento, llegó a la capital a principios de los 80 como director teatral pero acabó en 1985 al mando del bar que lo atrapó nada más llegar, —“fue el primero en el que me tomé una caña”—, y que en su pasado había conocido a la flor y nata de la aristocracia, el toreo y el flamenco madrileño.

Una de las salas del bar Los Gabrieles, en la calle Echegaray, 17. © DAVID FOLGUEIRAS Una de las salas del bar Los Gabrieles, en la calle Echegaray, 17.

La realidad y la ficción se entremezclan con historias vividas durante 100 años tan locas como documentadas en la prensa de la época y libros de referencia como Vida y cante de Don Antonio Chacón, de José Blas Vega. Alcohol, fiestas que se prolongaban días enteros, taconeos intermitentes e incluso cuartos secretos con camas que no servían para dormir.

Manolete, Juan Belmonte o el mismísimo Alfonso XIII, que entraba por la puerta de atrás y pasaba sus veladas más desfasadas en el sótano, frecuentaron el local, muchos de ellos para ver cantar a uno de los padres del flamenco, Antonio Chacón. La Niña de los Peines o el pintor Ignacio Zuloaga también pusieron luz y color a una taberna de excesos y juergas interminables.

Cuando Figueroa llegó, el bar había entrado en decadencia, en manos de una madame que regentaba allí un prostíbulo turbio y degenerado, pero con mucho trasiego. Con el tiempo, consiguió remontarlo y lo llenó de intelectuales y nuevas personalidades de la farándula. Tanto, que hasta el cineasta Jaime Armiñán se instaló allí en 1988 con todo su equipo, entre ellos el actor Paco Rabal o la faraónica Lola Flores, para recrear lo que sería el Bar España durante los siete capítulos de la serie Juncal. También dio trabajo a estrellas que todavía no brillaban. “Había un chico de 17 años muy grandote y muy torpe que era muy patoso en la barra. Y le dije, ‘mira, tú mejor ponte de seguridad en la puerta, así no me rompes nada’. ¿Sabes quién era? ¡Javier Bardem!”, dice antes de soltar una carcajada.

Polémicas

Después llegó el cierre, no exento de polémica. El dueño del edificio de cinco plantas vio la oportunidad de rehabilitar los apartamentos del edificio y puso de aval su gran tesoro, el local de Los Gabrieles. Llegó la crisis y todo el inmueble, incluido el bar, acabó en manos del banco. “Peleé para quedarme con él, pero no me dejaron. Me dijeron que mi contrato expiraba y me tuve que ir”, recuerda Figueroa, especialmente preocupado por el devenir de los azulejos, que tiene escrupulosamente plasmados en fotografías que guarda en una pequeña caja de cartón. Tanto peleó, que con el tiempo su nombre pasó a formar parte de una lista negra y a día de hoy no le dejan entrar.

Una escalera que da al primer piso, con un mural de un anuncio de vino amontillados. © DAVID FOLGUEIRAS Una escalera que da al primer piso, con un mural de un anuncio de vino amontillados.

Lo que vino después fue un proceso de rehabilitación que duró varios años, realizada por la empresa especializada ECRA, que costó tres millones de euros, y una nueva polémica. Los murales fueron cubiertos por velos para realizar un escrupuloso chequeo de cada uno de ellos. Fueron documentados, extraídos, tratados y de nuevo colocados. Luego entraron los okupas, llamaron al ceramista Adolfo Montes que criticó el trabajo realizado y saltó la alarma, aplacada por Patrimonio, de la Comunidad, que logró echar del local a los inquilinos forzosos. Entonces entraron unos ladrones y, tras tanto ajetreo, la familia Marín, descendientes del propietario original y todavía en poder del edificio, decidió tapiar las puertas. El bar se sumió entonces en la oscuridad.

El Ayuntamiento confirma que, según el visualizador urbanístico, los datos que se extraen son los siguientes: el inmueble posee grado de protección estructural y se encuentra en el catálogo de establecimientos comerciales, por lo que están protegidos, entre otros elementos, los parámetros verticales, los techos, las carpinterías, el mostrador, los anaqueles o el mobiliario.

Pero allí, salvo la estructura, solo quedan los murales rehabilitados en las paredes. Su peculiar sótano de ladrillo abovedado con sus salas —conocidas como La enfermería, La plaza de toros o Metropolitano— mantiene su encanto con sus vericuetos laberínticos, pero en lugar de los asientos de obra construidos y el tablao que antaño vivió juergas de innombrable calado, hay escombros y cascotes arrimados junto a la pared.

“Si alguien lo compra tiene que hacer una buena reforma. Pero es un sitio espectacular. Quien lo compre, se forra seguro. Por cómo es el local y por dónde está”, augura el consultor inmobiliario. Los azulejos, entre tinieblas, se mantienen como fantasmas impertérritos. Como si hubiera que callarlos por todo lo que vieron.

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