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Cristina de Borbón: la Infanta que ya no parece una Infanta

Logotipo de El Mundo El Mundo 17/02/2017 elmundo.es
La Infanta Cristina durante su declaración por el caso Nóos / REUTERS © REUTERS La Infanta Cristina durante su declaración por el caso Nóos / REUTERS

LaInfanta Cristina se sentó el 3 de marzo de 2016 frente al tribunal que juzgaba el caso Nóos con la vista fija y un aire entre la dignidad y la derrota. Su declaración duró apenas una hora y no contestó a las preguntas de Virginia López Negrete de Manos Limpias. Ese 3 de marzo, Cristina de Borbón, hija mediana de Don Juan Carlos, la joven que se independizó en Barcelona y se casó con un jugador de balonmano, dinamitaba la imagen edulcorada que su condición de miembro de la realeza le había conferido en la esfera pública.

Para entonces, todo el mundo, después de numerosas jornadas presente en la sala, se había acostumbrado a su presencia. No abandonaba la estancia durante los recesos, sus guardaespaldas la acompañaban al baño y le traían bocadillos de queso manchego o jamón serrano para afrontar la sesión vespertina del proceso. No hablaba con su marido en público, separados como estaban por varios acusados más. Sólo después de que acabara el juicio y supiera que no volvería a sentarse en la silla de la sala de la Escuela Balear de Administración Pública, se sinceró con otros imputados: "Qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país".

La Infanta verbalizaba el hartazgo de un proceso que la había llevado de representar a España al ostracismo social. El juez Castro decidió sentarla en el banquillo el 22 de diciembre de 2014. Apenas medio año después y en la víspera de su 50 cumpleaños, su hermano Felipe la desposeyó del título de duquesa de Palma el 12 de junio de 2015. El nuevo monarca no quería cumplir el primer año en el trono sin revocar un privilegio que contravenía la mejora de imagen de la institución y atentaba contra el nuevo código ético y de transparencia en la Casa del Rey del que habló en su discurso de proclamación ante las Cortes.

Era la primera vez que la monarquía actuaba contra la Infanta de forma oficial, BOE mediante. Desde que la Fiscalía Anticorrupción registrara la sede del Instituto Nóos en noviembre de 2011, la Casa del Rey había presionado sin éxito a Cristina para que tomara una de las dos decisiones que salvaguardaran la imagen de la institución: divorciarse de Iñaki Urdangarin o renunciar a sus derechos sucesorios. Nunca accedió a ninguna de las exigencias y la de la revocación del título nobiliario, forzada, no estuvo exenta de polémica.

Desmentidos del Rey y su hermana

La Casa del Rey insistió en que Felipe VI llamó a la Infanta antes de emitir el comunicado de marras para informarle de su decisión, en un gesto que pretendía mostrar la firmeza y determinación del monarca actuando contra su propia hermana. La respuesta de ella llegó a través de su abogado, Miquel Roca, quien aseguró que su representada ya había renunciado voluntariamente al ducado, "después de una larga y dolorosa reflexión", con una carta escrita de su puño y letra días antes desde Ginebra. Y con el símbolo del ducado en el encabezamiento. El Ayuntamiento de Palma, sin embargo, ya había retirado hacía más de dos años la placa que había dejado en La Rambla a secas la calle que hasta entonces había sido La Rambla de los Duques de Palma.

La ciudad se le ha ido quedando lejana (veranear en Marivent es a día de hoy una utopía) y funciona como una metáfora de sus relaciones con la Familia Real, donde sólo cuenta con el apoyo incondicional de su hermana y su madre, la Reina Sofía. Ginebra, en una suerte de autoexilio, es el fuerte de los Borbón-Urdangarin. Una vez que su presencia quedó proscrita en los actos oficiales, incluso se alejó de la Zarzuela. Las fiestas se celebraban en Vitoria, en el hogar de su marido. Allí han pasado la última Navidad. En la anterior Nochebuena, sin embargo, ninguno se movió de Ginebra. En Madrid, faltaba ella. La Infanta Elena, sin embargo, vuela a Suiza siempre que puede para visitar a sus sobrinos. Cristina, por su parte, viaja con frecuencia a Barcelona por asuntos relacionados con su trabajo en La Caixa. No pasea por la ciudad en la que se casó y vivió. Va a las cita y regresa. Si acaso charla con sus abogados sobre el proceso y alguna vez para fugazmente en Madrid. Con todo, su vida está en Suiza, donde ha apartado a sus hijos de los titulares y la presión, igual que antes lo intentó en Washington.

Tampoco en Mallorca se trata con ese círculo que forjó en torno a la vela y con el que compartía noches de discoteca en su juventud. Durante las sesiones de Nóos, se alojó en el chalé que su tía la Infanta Pilar tiene en la urbanización Sol de Mallorca, en el municipio de Calvià, y renunció, como la mayoría de imputados, a su derecho a seguir presenciando las jornadas de un juicio que acabó durando seis meses y cuya sentencia ha consumido más de dos meses de la prórroga.

Cristina de Borbón, de 51 años, no ha querido renunciar a sus derechos sucesorios (es la sexta tras las hijas del Rey, su hermana y sus sobrinos), decisión que depende única y exclusivamente de ella. Sólo le quedaba aguardar la sentencia; la propia (ha sido absuelta) y la de su marido (seis años y tres meses de cárcel) mientras constataba cómo se desdibuja su figura dentro de la realeza. El pueblo se ha acostumbrado a verla y leer los titulares que ahora protagoniza en la sección de Tribunales y, como decían los periodistas y el personal que trabaja en el juicio de Nóos: "De tanto verla aquí, entrar y salir, ya no nos parece una Infanta".

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