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La confesión de Trapero apuntilla a Puigdemont

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 14/03/2019 Pablo Ordaz
Trapero llega al Supremo para declarar como testigo. © Carlos Rosillo Trapero llega al Supremo para declarar como testigo.

Esa voz profunda y un poco rota por las esquinas, ese porte de tipo duro sin exagerar, esa manera de declarar sin irse por las ramas, esa forma de decir sí, su señoría, o no, su señoría, aunque su señoría sea el fiscal que lo quiere mandar al infierno una temporada. Solo le falta a Josep Lluís Trapero esa barba de dos días que a veces gasta y su uniforme de jefe de los Mossos d’Esquadra para convertirse en el personaje indudable de la jornada y tal vez del juicio, porque además ha demostrado valentía al venir a declarar sin tener que hacerlo —está acusado de rebelión en la Audiencia Nacional y cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su contra— y porque, para completar el cuadro, se ha traído tres o cuatro cargas de profundidad muy bien dirigidas que va dejando caer poco a poco, a diestro y siniestro, con veneno y elegancia. Y a las 18.50, cuando ya parece que lo ha dicho todo y solo le queda recoger el carné de identidad y llegar al último tren de regreso, un espectacular golpe de guion cambia el final previsto de la película.

–Señor Trapero...– dice el juez Manuel Marchena.

La mañana promete. Antes de la declaración de Trapero es el turno de Antoni Molons, actual secretario de Comunicación de la Generalitat y, por lo que se sospecha, aquel tipo que, armado de un teléfono prepago e identificándose simplemente como Toni, logró que se imprimieran los carteles y las papeletas para del 1 de octubre. Pero Molons, que está siendo investigado en Barcelona, se acoge a su derecho a no declarar. Las acusaciones se quedan con las ganas de preguntarle: “¿Es usted el tal Toni?”.

Después del primer chasco, llega el turno del exjefe de los Mossos, que entra en el Salón de Plenos acompañado por su abogada, Olga Tubau, quien intenta decir unas palabras, pero Marchena lo impide. Le explica que, en el caso de que su defendido decida declarar, su única misión allí es indicarle si sí o si no debe responder a cada pregunta que le formulen las acusaciones. Pero Trapero dice que sí, que responderá a todas y en ningún momento atiende a su abogada, que a partir de entonces y hasta bien entrada la tarde se dedica a tomar notas con una pluma estilográfica de usar y tirar. De vez en cuando mira a Trapero con un gesto extraño, a mitad de camino entre la admiración y el espanto. Trapero está toreando a cuerpo gentil la acusación de rebelión. El caso es que el jefe de los Mossos contesta a todas las preguntas que le formula, de forma embarullada y sin orden ni concierto, Javier Ortega Smith, el abogado de Vox.

La situación se convierte de pronto en muy absurda. Por dos cuestiones. La primera es que Ortega tiene allí delante a un testigo de la importancia de Trapero dispuesto a declarar y no es capaz de sacarle ni un titular. La segunda y principal es que se va dejando en el tintero las preguntas más relevantes, entre ellas las que conciernen a la reunión que, el 28 de septiembre de 2017, el comisario principal de los Mossos y sus principales lugartenientes mantuvieron en el Palau de la Generalitat con Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Joaquim Forn para pedirles que desconvocaran el referéndum. El olvido de Ortega Smith es muy grave para el resto de las acusaciones.

Desde los independentismos más radicales —ya sea el vasco o el catalán— se suele pintar a lo que llaman “el Estado español” como una maquinaria muy bien engrasada, ideada para hacerles la puñeta día y noche, donde todos los cuerpos represivos –desde los municipales de Villamanrique de la Condesa a la Guardia Civil, pasando por la Fiscalía, la abogacía del Estado o lo que en su tiempo llamaban “la Brunete mediática”— están perfecta y continuamente coordinados. Lo que sucede en el juicio a continuación demuestra que “el Estado español”, pronunciado así todo junto y con desdén, se parece muchas veces al Ejército de Pancho Villa. Entre las tres acusaciones —Fiscalía, Abogacía del Estado y acusación popular—, solo Vox ha pedido la declaración como testigo del major Trapero, lo que significa que el fiscal y la abogada del Estado no podrán preguntarle por nada que antes no haya abordado Ortega Smith. Así que, cuando el fiscal Javier Zaragoza intenta que Trapero —que ha basado su declaración en una defensa cerrada de los Mossos y en el reconocimiento de algunos errores como su sonado enfrentamiento con el coronel Pérez de los Cobos— relate su encontronazo con Puigdemont la víspera de las elecciones, Marchena le quita la palabra:

—Señor fiscal, usted sabe que solo podrá interrogar por aquello que ya haya sido planteado por la acusación popular.

Javier Zaragoza intenta protestar, pero el presidente del Tribunal no le da ninguna opción. Mientras el fiscal formula una protesta, al otro lado de la sala los abogados de la defensa sonríen aliviados. Aunque la declaración del jefe policial no les ha beneficiado —ha llegado a decir que Joaquim Forn realizó declaraciones inoportunas en relación a la labor de los Mossos, ha mostrado su “incomodidad” con las veleidades secesionistas y ha desvelado que llegó a tener un plan para detener a Puigdemont—, tampoco ha hecho demasiada sangre.

Pero, al final de la tarde, a las 18.50 exactamente, el juez Marchena utiliza por primera vez en el juicio su derecho a preguntar al testigo. Y hace la pregunta que el fiscal se quedó sin formular.

— ¿Qué recuerdo tiene de aquella reunión [con Puigdemont, Junqueras y Forn]?

Y ahí Trapero suelta un párrafo medido, preciso, letal para el “procesado rebelde” y para los que, estupefactos, lo miran desde el banquillo. Un párrafo que abrirá las portadas del día siguiente y los telediarios de la noche. El jefe de los Mossos advirtió a sus jefes políticos del riesgo de violencia, del peligro de saltarse la ley, de…

Nadie le hizo caso. Con el mismo gesto serio que llegó a las 11 de la mañana, abandona el tribunal. Pasa junto a los acusados, elegante y frío, sin saludarlos. Sin mirarlos siquiera.

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