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Rosalía Oliván cumple 104 años en Huesca con los días de Ainielle en su memoria

Logotipo de Heraldo de Aragón Heraldo de Aragón 08/04/2021 redaccion@heraldo.es (Isabel G.ª Macías)
© Proporcionado por Heraldo de Aragón

Cumplir 100 años no resulta algo sorprendente pero superarlos ya empieza a llamar la atención y, sobre todo, si se hace con la energía y la memoria de Rosalía Oliván Sampietro, que este 8 de abril cumple los 104. Lo celebrará con su hijo y su nuera, con quienes vive en la ciudad de Huesca desde 2017. Con ellos comparte paseos, tardes de charla, videoconferencias para hablar con los bisnietos y, especialmente, recuerdos de su infancia en Ainielle, el pueblo de Sobrepuerto en el Alto Gállego donde nació un año y medio antes de que finalizara la Primera Guerra Mundial.

Aquellos años, con sus hermanos y sus primos, y el hambre que pasó en Barcelona, donde la sorprendió la Guerra Civil, no se borran de su memoria. Su hijo, José Antonio Callavé, cuenta por ella que salió de su casa en el pueblo con 14 años para viajar desde Sabiñánigo a la ciudad catalana en tren. "Subió al tren sola, cuando ella el medio de transporte que conocía eran las caballerías", apunta. Fue allá por 1931 cuando Rosalía Oliván dejó los bosques que tan bien conocía para emplearse en la casa de la familia Andreu, "sí, sí, el de las famosas pastillas".

Permaneció en Barcelona hasta que terminó la guerra y en 1939, con 22 años y soltera volvió a su tierra, aunque no a Ainielle. Su padre la reclamó para que regresara y ayudara a su hermano en la carnicería que este había abierto en Sabiñánigo. Aquí conoció al que después fue su marido, "que era de Biescas y aquí tuvo a sus dos hijos y vivió hasta que cumplió los 100 años. Hacía ya tiempo que había quedado viuda, pero permaneció en su casa, con la ayuda de una señora que venía a ayudarle por las mañanas.

"Hasta que murió mi padre iban a Ainielle a menudo porque él tenía ganado allí", explica José Antonio Callavé. La aldea ya estaba despoblada porque en 1971 se cerró Casa O Rufo, donde estaba el último vecinos. La melancolía de este pequeño núcleo, que en 1920 tenía 83 habitantes y 1936 nueve 'fuegos', quedó plasmada en el libro 'La lluvia amarilla'. que en 1988 escribió Julio Llamazares. El hijo de Rosalía está seguro de que su madre lo leyó, pero "se acuerda mejor de lo de antes que de lo de ahora".

Este 8 de abril, como el pasado, no podrá celebrar su cumpleaños con una gran comida familiar. Desde los 95, le gusta reunir a hijos, nietos, bisnietos, sobrinos... Pero la pandemia no lo permite. Ella se queja poco de las restricciones porque su día a día está organizado. Se levanta hacia las 10.30, desayuna, se sienta y ve un rato la televisión. Tras la comida, se queda un poco adormilada en el sillón y ahora que el tiempo acompaña sale por la tarde para dar una vuelta por el huerto. José Antonio Callavé explica que el año pasado compró una pequeña silla de ruedas porque notó que su madre había perdido movilidad.

Por lo demás, está bien. "No toma medicación, le hacen análisis una vez al año y, esporádicamente, ingiere algún calmante si le duele algo", señala su hijo. Sonriendo, él recuerda que antes de dejar Sabiñánigo le decía a su médico de cabecera: "Mariano, ¿qué voy a hacer yo cuando tú te jubiles?". Mantiene el mismo humor y, a menudo, le dice que los suyos : "Ya verás, ya, cuando tengas mis años". El hijo asegura que el motivo de su longevidad está en la huella genética. Varios familiares de esta centenaria han alcanzado los 96 y 98 años.

Rosalía Oliván ya ha recibido la vacuna de la covid, "que no le provocó reacción alguna" y si por algo protesta es porque "cuando pueda ver a sus bisnietos dice que no los va a conocer". "También viven en Huesca, pero, como ocurre en tantas otras familias, "preferimos guardar la distancia por la situación". Hasta que la crisis sanitaria termine, unos y otros deberán conformarse con el contacto electrónico.

Mientras, Rosalía Oliván se entretiene contando al hijo con el que vive (el otro reside en Zaragoza) que cuando era pequeña en su casa había 15 niños. "Dos hermanos estaban casados con dos hermanas y compartían la vivienda", detalla José Antonio Callavé, indicando que su prima Esmeralda era muy querida para ella. También le explica cuando alguien salía de caza y traía una liebre, hacían una merienda que terminaba en fiesta. Lo tiempos de Barcelona no fueron tan felices...

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