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Un cementerio para morirse de risa

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS hace 3 días Sergio del Molino

Domingo Sánchez, en el Cementerio del Arte de Morille (Salamanca). © Proporcionado por Prisa Noticias Domingo Sánchez, en el Cementerio del Arte de Morille (Salamanca).

Morille (Salamanca). 254 habitantes en invierno. Unos 700 en verano. En el Campo Charro, a 20 kilómetros de la capital salmantina.

Mentiría si dijese que Morille es hermoso. Como tantos otros pueblos del interior, apenas despega de un horizonte muy horizontal que, en agosto, es además pardo y casi desarbolado. Escondido o perdido, porque no está claro si los pueblos se esconden o se pierden en las ondulaciones del Campo Charro de Salamanca, Morille tiene todo el aspecto de ser uno de los innúmeros villorrios que, del Alentejo hasta casi el Mediterráneo, y de Sierra Morena hasta los Picos de Europa, se distribuyen como pecas en el mapa, sin pena ni gloria, sesteando en verano al ritmo que marcan las cigarras con sus patas. Ni catedrales, ni castillos, ni vistas infinitas. Y, sin embargo, algo raro pasa allí, algo que solo se percibe de cerca, como las rarezas que merecen la pena.

Un cementerio para morirse de risa © Proporcionado por Prisa Noticias Un cementerio para morirse de risa

A la entrada hay una instalación enorme e incomprensible. Es la parada de autobús-oficina de turismo de Morille, pero no funciona ni como una cosa ni como la otra, porque básicamente, como todo aquí, es una obra de arte. El autobús pasa de ciento a viento, ni siquiera a diario. Los jóvenes del pueblo llaman a este lugar la T4. Junto a ella pasa una ronda de circunvalación, una pista pavimentada que bordea el caserío y que los mismos jóvenes que llaman T4 a la parada de autobús han bautizado como la M-40. Es quizás esta sorna castellana (o leonesa, o castellano-leonesa, o medio portuguesa por vecindad, o simplemente charra, quién sabe de identidades en esta esquina donde todas las esencias se solapan y se agostan) la que ha hecho de Morille (254 habitantes en invierno, unos 600 en verano) un laboratorio de arte conocido en los círculos vanguardistas de España y de Europa, aunque aún secreto para el público.

Con la misma actitud con la que se llama T4 a una parada de autobús sin autobuses, Domingo Sánchez Blanco y Javier Utray (este último, ya fallecido) decidieron dinamitar uno de los asertos más famosos del filósofo Theodor Adorno: "Los museos son los sepulcros familiares de las obras de arte". ¿Cómo se hace explotar una cita filosófica? Tomándola en su literalidad. "Si los museos son mausoleos, dijimos: hagamos un mausoleo, llevemos esa idea al límite", explica Sánchez Blanco mientras abarca con los brazos la materialización de su proyecto-travesura-ópera total: el Cementerio de Arte. Una parcela de 70 hectáreas en las afueras de Morille donde no se entierran cadáveres (aunque hay algunas cenizas de difuntos), sino obras, objetos, papeles, instrumentos musicales y hasta suspiros. Es un museo donde no se ven las obras porque están enterradas, cada una con su tumba y su lápida con el epitafio correspondiente.

Todo empezó en París, en agosto de 2001, tras la muerte del filósofo y artista francés Pierre Klossowski, pero tengo que advertir al lector de que la historia está llena de rumores y leyendas fabuladas por los protagonistas, hasta el punto de que es muy difícil distinguir lo cierto de lo ficticio. El propio narrador, Domingo Sánchez, me invita a inventarme algo: "Haz crecer la leyenda, aporta algo propio cuando la escribas". No lo haré, transmitiré lo que me han dicho y he leído, pero aviso de que no respondo de los escollos y contradicciones, y para curarme en salud, entrecomillaré y pondré el relato en boca de Sánchez Blanco:

"Había que hacer algo con las cenizas de Klossowski, y me fui a Londres a hablar con Nick Cave, para que cantase mientras yo bailaba con la viuda, una performance. Yo no sabía inglés y no sé qué le explicaron, pero Nick Cave no entendió nada. Mientras tanto, me encontré con Manolo (Manuel Ambrosio Sánchez, alcalde de Morille), a quien conocía de Salamanca de toda la vida, y me dijo que quería hacer cosas en el pueblo, y Javier Utray y yo comprendimos que habíamos encontrado el destino para las cenizas de Klossowski. Mira, Manolo, le dije, quiero montar un cementerio de arte en tu pueblo".

Escultura en una de las calles de Morille (Salamanca). © Proporcionado por Prisa Noticias Escultura en una de las calles de Morille (Salamanca). Escultura en una de las calles de Morille (Salamanca). JULIÁN ROJAS

El primer enterramiento de Morille fueron esas cenizas dentro de un coche propiedad de Utray. Desde entonces, el número de tumbas no ha parado de crecer y ya cubre una parte sustancial de la parcela. Entre las muchas cosas sepultadas se encuentran un piano tocado por Juan Hidalgo (iba tocando mientras una grúa lo depositaba en la tumba, para enterrar también la última melodía), poemarios del músico Germán Coppini (Siniestro Total y Golpes Bajos), un torso hercúleo del actor y campeón de halterofilia Paul Naschy, manuscritos de Fernando Arrabal, los rollos de la película Enterrado, de Rodrigo Cortés; una camiseta y un balón de la selección española de fútbol del Mundial de 2010 entregados por Vicente del Bosque, una foto del ayatolá Jomeini hecha por el periodista francés Christian Malard durante la revolución islámica de 1979 y hasta un pitbull que fue propiedad de Sánchez Blanco y que se enterró dentro de una maleta.

"Todo tiene un sentido poético, son microperformances. El visitante tiene que averiguar las historias que hay en cada tumba, no entiende al principio nada y es el propio paseo lo que da significado al museo", explica Sánchez Blanco, que se define antes como sepulturero que como artista, y para quien el humor es siempre lo más importante: "Un cementerio es para morirte de risa". En agosto, además, se convierte en un paraje muy popular donde los vecinos y los veraneantes pasean al atardecer.

Morille entero se ha contagiado de este espíritu. O tal vez ese espíritu encaja muy bien en un sitio con la sorna típica morillense. Otra explicación es la buena sintonía que encuentran con el alcalde quienes llegan a él con cualquier iniciativa cultural. Manuel Ambrosio Sánchez (PSOE) lleva 14 años al frente de la pequeña corporación. Como tantos otros, se considera un expulsado de la urbe. Profesor de literatura del siglo XVIII en la Universidad de Salamanca, en el Campo Charro encontró el sentido que se le escapaba en la vida urbana, pero no se instaló solo en Morille: se trajo todo su mundo artístico y literario. Como Sánchez Blanco, Ambrosio procede de la movida salmantina de los años ochenta, y ningún disparate artístico le es ajeno.

Manuel Ambrosio Sánchez, alcalde de Morille. © Proporcionado por Prisa Noticias Manuel Ambrosio Sánchez, alcalde de Morille. Manuel Ambrosio Sánchez, alcalde de Morille. JULIÁN ROJAS

De su iniciativa y aliento han surgido, además de esa extraña T4, el Cevmo (acrónimo de Centro del Viaje de Morille), un espacio de arte contemporáneo dedicado al mundo de los viajes; un festival, el PAN (Encuentro Transfronterizo de Poesía, Patrimonio y Arte de Vanguardia), que se celebra en julio y lleva ya 15 ediciones; un Museo del Comercio y de la Industria instalado en las antiguas escuelas y dedicado a la figura de Jaime San Román, un industrial conocido como “el mecanógrafo de Unamuno”, y un centro de exposiciones y recinto de espectáculos dedicado a Germán Coppini, que dio su último concierto en Morille, poco antes de su muerte, en diciembre de 2013.

Abruma tanta actividad en un pueblo que apenas se ve desde la carretera, tumbado sobre el Campo Charro, tan lejos de las capitales del arte, allí donde menos se espera que la cultura contemporánea viva. O que se muera de risa.

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