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100 quetzales si nace niña, 200 quetzales si nace niño

Logotipo de Planeta Futuro Planeta Futuro 12/10/2018
© Proporcionado por Prisa Noticias


“Yo lo veía en la comunidad. La comadrona cuando nace el niño se cobra 200 quetzales y si nace niña se cobra solo 100. Desde ese momento, desde el nacimiento de los niños, se ve esa desigualdad. Nos preguntamos muchas veces por qué pasa eso si la mujer siente el mismo dolor, el mismo sufrimiento de dar un niño que una niña”, cuenta Lucía Guadalupe Chivalán Castro, una mujer indígena de la comunidad de Santa Lucía en el departamento de Totonicapán, en Guatemala. Esta frase refleja muy bien cómo se gesta la desigualdad desde el nacimiento de las niñas.

En numerosos contextos en los que trabajamos, las comadronas ganan menos por ayudar a alumbrar a niñas que demasiado pronto comenzarán a enfrentar otras violencias. Las cifras son demoledoras. En el mundo, 240 millones de niñas están amenazadas por la violencia, 200 millones sufren mutilación genital, 130 millones son víctimas de violencia sexual y 12 millones son casadas anualmente antes de cumplir los 18 años.

Estos datos reflejan una realidad que no es anecdótica, que supone una violencia estructural. Un fenómeno complejo en el que se entretejen pautas culturales, fanatismos religiosos, pobreza extrema, déficit de protección en las políticas públicas y de garantía de derechos, falta de acceso en condiciones de igualdad a una educación contraria a la discriminación y la normalización del abuso.

Este 11 de octubre se celebra en todo el mundo el Día internacional de la Niña. Un momento para incrementar el trabajo permanente que multitud de organizaciones sociales, colectivos, mujeres, educadores de todo el mundo llevamos a cabo en pro de su bienestar. Un momento para recordar también que existen pequeños destellos de avance cuando se conjuga voluntad política, intervención social y suma de apoyos ciudadanos.

Las mujeres con mayor grado de educación por lo general son más sanas, participan más en el mercado de trabajo formal, obtienen mayores ingresos y proporcionan mejor atención de salud y educación a sus hijos

En el marco del conjunto de esfuerzos internacionales ligados a los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), entre los años 2000 y 2015 se han logrado progresos y evidentes avances en el acceso de las niñas a la educación primaria y, en menor medida, a la secundaria. Globalmente, se han reducido las disparidades de género: un 8% más de países lograron la paridad en la educación primaria.

En este sentido, la educación desempeña un papel fundamental. Modelos educativos con perspectiva de protección e igualdad hacia las niñas pueden incrementar su autoestima y trabajar la prevención de la violencia desde la concienciación del entorno, las familias, las propias niñas y por supuesto, la educación de niños y hombres en valores opuestos a la violencia y los estereotipos machistas.

En nuestro reciente informe Niñas libres de violencia: derecho a la educación, garantía de igualdad, vemos como 15 millones de niñas en edad escolar nunca accederán a la escuela primaria, en comparación con 10 millones de niños. En el último informe del Banco Mundial, Oportunidades perdidas: El alto costo de no educar a las niñas, se llega a la conclusión de que cada año de educación secundaria se correlaciona con un aumento del 18% de la capacidad de obtención de ingresos de las niñas en el futuro. Además, la investigación revela que la educación de las niñas tiene un efecto multiplicador: las mujeres con mayor grado de educación por lo general son más sanas, participan más en el mercado de trabajo formal, obtienen mayores ingresos, tienen menos hijos, no se casan a temprana edad, y proporcionan mejor atención de salud y educación a sus hijos.

De igual forma, la educación puede desempeñar un papel definitivo en la participación de las niñas a la hora de buscar soluciones. Niños y niñas tienen la capacidad de relatar sus experiencias de sufrimiento y detectar incluso en la escuela cómo y dónde se gestan los mecanismos de reproducción de la injusticia.

En una reciente visita a Guatemala en la que realizamos un diagnóstico sobre la realidad de violencia contra las niñas, preguntamos a las propias niñas (muchas de las cuales sufrían graves abusos) cuál era su percepción sobre el origen de las situaciones de maltrato. Sus respuestas nos encaminaron a reconocer prácticas de discriminación temprana, aparentemente inofensivas, que comenzaban a sufrir desde muy niñas tales como el uso sistemático de apodos, las muestras de desprecio público de los adultos, la marginación en los lugares de juego o la reclusión en espacios domésticos y de cuidado.

Desde luego, la escuela también puede ser un lugar en el que experimentar la violencia y consolidar la agresión pero, al mismo tiempo, puede suponer un lugar privilegiado para la transformación de estas realidades. Un espacio de aprendizaje que ayude a despertar la conciencia de niños, niñas y de los adultos.

Para ello, las organizaciones debemos estar comprometidas con el “hacer“, pero también debemos estar preparadas para escuchar y advertir las soluciones que los propios niños y niñas quieran indicarnos. Construir propuestas para que puedan expresarse sin miedo, con libertad, con autoestima y estima por los demás, cuidar y proteger a una infancia que en el futuro, no puedan ni imaginar que hubo un tiempo en el que se pagaba menos por alumbrar a una niña.

Raquel Martín es directora de Comunicación y Relaciones Institucionales de Entreculturas y coordinadora de la campaña Luz de las Niñas.

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