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La pesadilla burocrática de una pareja casada en República Dominicana

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 10/05/2017 D. Marchena

Melvin Barett y su esposa, Judit Feliu, en una foto tomada en una playa dominicana poco después de su boda en un juzgado © Proporcionado por La Vanguardia Ediciones, S.L. Melvin Barett y su esposa, Judit Feliu, en una foto tomada en una playa dominicana poco después de su boda en un juzgado
Las duras condiciones de vida de la República Dominicana hacen del humor un arma de construcción masiva. La familia Barett, que vive de unas pequeñas tierras de cultivo en Samaná, tiene un Mercedes Ven. Ven, no Benz. “Ven”, le dicen al burro Mercedes y el burro se acerca, cargado de cocos, bananas, papayas y maracuyás.

Junto a los Barett, Judit Feliu Giménez descubrió la otra cara del paraíso, lejos de Playa Bávaro o Punta Cana. Eso y el amor. Esta educadora social de Sant Cugat del Vallès acudió por primera vez al país caribeño en el 2014 para colaborar con una oenegé en tareas de alfabetización y refuerzo escolar. Su guía fue Melvin Barett, de 35 años. Ella es unos años mayor, aunque nadie lo diría. Cuando regresó, mantuvieron el contacto por internet. Se acabaron enamorando y hubo más vuelos a la isla.

En el tercero, Judit le pidió que viajara a Catalunya para conocer Sant Cugat y, si se afianzaba su relación, casarse. Como era un cambio de vida radical, le propuso que solicitara un visado de tres meses. Él lo tenía todo en regla (el billete de avión de ida y vuelta, la carta de invitación de quien iba a ser su anfitriona, un seguro médico internacional e ingresos fijos como conserje nocturno en un hotel dominicano), pero el consulado español denegó el visado. Ella, vencidas ya todas las dudas, creyó que agilizaría los trámites si se casaba en la República Dominicana para pedir allí el libro de familia y la reagrupación familiar.

¿Quién podría dudar de que se casaba por amor? Tiene una casa y un sueldo (de hecho, tiene dos: está pluriempleada y por las tardes y noches trabaja como taquillera en el Teatre Auditori de Sant Cugat). En cambio, Melvin gana unos 160 euros al mes y vive con sus padres, en Santa Bárbara de Samaná, en una casita de madera donde otra oenegé hizo una pintada con una pregunta retórica: “¿Por qué somos tan pobres?”. Si Judit pasara agobios económicos y Melvin no, la Administración quizá podría sospechar que a ella le mueve el interés y no el amor, como en la película Matrimonio de conveniencia , de Gérard Depardieu y Andie MacDowell. Pero sucede todo lo contrario. Cuarto viaje y nueva decepción.

Se casaron en un juzgado el 18 de enero del 2016. Al día siguiente fueron al consulado para inscribir su matrimonio e iniciar los trámites. Por surrealista que parezca, les dieron cita para el 19 de enero del 2017, justo un año después. Desde la boda han transcurrido 16 meses y Melvin sigue sin visado. Su esposa acaba de regresar de su quinto –y por ahora último– viaje transoceánico. Cada día telefonea al Ministerio de Justicia. “El expediente 0017864/2016 se está tramitando”, le dicen siempre.

Está tan desesperada que ha enviado cartas a los periódicos explicando su caso y preguntándose si la razón de tantas “negativas y humillaciones” no estará en aquella pintada: “¿Por qué somos tan pobres?”. La República Dominicana, afirma, es un país maravilloso, pero... Una vez, fuera de las reservas turísticas , oyó unas detonaciones y pensó que eran petardos. “No, es una balacera”, le explicaron. Muchos enamoramientos son una carrera de obstáculos. Pero un simple escalón se transforma en un Everest cuando el amor tiene que salvar además grandes distancias y un océano burocrático.

Para demostrar que sus sentimientos son de verdad, Melvin y Judit han tenido que responder a muchas cuestiones íntimas en España y en la República Dominicana. Siempre ante extraños y a veces en oficinas donde muchas personas ajenas a sus problemas podían oírles. Dónde se conocieron, qué se han regalado, qué les gusta...

En uno de estos interrogatorios, que tan bien se reflejan en Matrimonio de conveniencia, Judit se quedó de repente en blanco y un sudor frío le recorrió la espalda: no recordaba el nombre oficial de su suegra, que figura en la cédula de identidad como Colasa, aunque todo el mundo la llama Justina. “Ahora pensarán que todo es una impostura”, pensó, aunque por fortuna logró desbloquearse a tiempo.

Lo que nunca le ha preguntado ningún funcionario es en qué momento exacto supo que Melvin Barett era el hombre de su vida y el futuro padre de sus hijos. “Fue en el tercer viaje, cuando nos despedimos en el aeropuerto. Al dejarlo atrás, sentí un desgarro, como si me golpearan aquí”, dice y se señala el corazón.

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