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Ser segundo en Galicia puede valer la Xunta

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 10/07/2020 Cristina Huete

Además del famoso caladero del centro reformista tan concurrido en campaña hay en estas elecciones gallegas otro en abierta competencia. PSdeG y BNG pelean por la captura de los miles de votos que ha dejado escapar En Marea, aquel partido instrumental formado por Podemos, Esquerda Unida, la nacionalista Anova y las mareas ciudadanas que irrumpió arrasando en las autonómicas pasadas con sorpasso incluido a los socialistas.

Como ocurre con el dinero fácil, la prometedora formación dilapidó su fortuna en un suspiro. Volaron los puñales en la batalla interna y el partido se quedó con lo puesto. Recogido parcialmente en Galicia en Común-Anova, intenta salvar los restos de aquel naufragio, sabedor de que su aportación fundamental es arañar votos entre la izquierda indecisa para mantenerse a flote y frenar, además, el avance del PP. El grueso de su antigua fortuna es ahora un botín surcando las aguas de un caladero en el que PSdeG y BNG echan sus redes. El problema es que ahí pesca también la abstención.

Aunque nadie duda de que el objetivo de ambas formaciones es expulsar al PP y gobernar en un tripartito con los de Galicia en Común, lo cierto es que socialistas y nacionalistas se disputan la primera posición en este bloque de la izquierda: si consiguen desalojar a Feijóo, el mejor situado tendrá la presidencia de la Xunta. Si no lo consiguen, lo que se dirime es el liderazgo en la oposición.

El BNG llega a estos comicios tras una dura diáspora. Ocho años curando la herida de la ruptura en varios flancos que supuso, entre otras, la fuga de su histórico líder Xosé Manuel Beiras: se fue llevándose un pedazo del alma de la organización y bastantes votos a Anova, la formación nacionalista que fundó y triunfó en su coalición con la izquierda instrumental rota también por las luchas internas.

Los nacionalistas del BNG quieren demostrar ahora su fortaleza; la resiliencia del que está convencido de la validez de su proyecto e insiste en él. Y lo han fiado todo a la figura de la candidata y líder de la organización a partir de la traumática ruptura, Ana Pontón, de 42 años.

En estas elecciones en tiempos de pandemia, con los mítines restringidos y con la televisión pública gallega (TVG) incumpliendo con la obligada neutralidad informativa (le ha llamado la atención por ello la Junta Electoral), el BNG ha hecho una potente y visual campaña en redes sociales, muy próxima a la juventud. Una campaña presidencialista —por más que lo que pueda presidir la candidata sea el tripartito si hay sorpasso al PSdeG— y en la que se hace hincapié, además de en el evidente nacionalismo, en su condición femenina y feminista.

Pontón aporta la sobriedad, el control emocional y una larga carrera política a pesar de su edad (lleva 16 años en el Parlamento gallego). Atributos que la hicieron sobresalir en el único debate en el que Feijóo accedió a participar.

Si en las elecciones de 2016, en las que encabezó por primera vez la candidatura, consiguió seis diputados ganando a las encuestas que le daban entre cero y tres, esta vez, que le auguran entre 13 y 15 y subiendo hasta superar a lo socialistas, el BNG se propone hacer lo mismo.

Los nacionalistas creen que podrán hacer historia y superar su mejor marca: los 18 escaños conseguidos en 1997 cuando fueron segunda fuerza política en el Parlamento gallego. “Tenemos esa percepción; lo sentimos en la reacción de la gente en la calle de la misma forma que lo sentimos en 2016”, comenta un estrecho colaborador de Pontón, convencido del sorpasso al PSdeG. Ambas formaciones dan por hecho que el BNG recogerá parte de los votos nacionalistas del botín abandonado por En Marea y los socialistas, los de la izquierda.

El PSdeG presenta nuevo candidato, Gonzalo Caballero, un hombre avezado en sobreponerse en las situaciones límites y que se presenta con el aval de haber llevado al partido —en las generales y len as municipales del año pasado— a la victoria sobre el PP en Galicia. La organización está convencida de que el sorpasso del BNG es una quimera. “Tenemos un suelo firme”, comenta Xoaquín Fernández Leiceaga, el que fuera candidato accidental del PSdeG —a donde llegó procedente del BNG— en 2016.

En aquellas autonómicas, con el entonces secretario general, José Ramón López Besteiro aplastado por la losa de hasta 10 imputaciones judiciales y con el poderoso alcalde de Vigo, Abel Caballero, remando en contra, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia: 14 escaños. Un empate técnico con la emergente En Marea que arrasó con el mismo número de diputados pero más papeletas, colocándose como primera fuerza de la oposición.

En el círculo de Caballero aseguran que no será difícil superar ese resultado con el partido unido en torno a él y con su tío, el alcalde vigués con quien ha arreglado las discrepancias, pidiendo ahora el voto. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha volcado además con el candidato: ha acudido al primer mitin de campaña, en Ourense, y al último, en el fortín socialista de Vigo. Leiceaga está convencido de que no hay base social para un sorpasso del BNG. “Su techo ronda el 15 o 16% de los votos mientras que nuestro suelo está en el 18%”, afirma. Lo que preocupa a socialistas y nacionalistas es la abstención; que quede sin repartir el trofeo de la extinta En Marea.

Claro que también reconocen que Feijóo está nervioso: Se ha volcado en la provincia de Ourense, el feudo que le da las mayorías y en dónde, apunta Leiceaga, “en los bares de algunos pueblos los mayores aún no se atreven a ir a jugar la partida”. La abstención también puede pescar ahí algo.

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