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Una herencia descubre un piso en París parado en la belle époque

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 09/10/2015 Rafael Poch | París
Una herencia descubre un piso en París parado en el tiempo de la belle époque © Image LaVanguardia.com Una herencia descubre un piso en París parado en el tiempo de la belle époque

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Hace cinco años, Olivier Choppin de Janvry, subastador de la firma Villanfray et Associés, y Marc Ottavi, perito de arte, acudieron al número 2 de la Square la Bruyere, en el distrito IX de París, para efectuar el inventario encargado por un juez, que gestionaba la herencia dejada por una anciana de 91 años que acababa de morir en un asilo del sur de Francia. Ninguno de los dos ha olvidado aquella mañana.

La llave no se correspondía con la cerradura del portal y hubo que esperar a que un vecino entrara en el inmueble para subir al tercer piso, donde se encontraba el piso de la difunta. Ahí la llave sí que correspondía. "La puerta se abrió chirriando, las persianas estaban corridas, había poca luz, pero todo era gris; las paredes, las alfombras, los muebles, las lámparas y la vajilla: el polvo del tiempo había borrado los colores de origen", explica Ottavi. "Sobre la mesa había algunos ornamentos, una copa, un frasco de compota, una bandeja¿ y al tomar uno de aquellos objetos me di cuenta de que el mantel era amarillo", recuerda el experto. Todo el mobiliario era del XIX: el comedor con su aparador, las butacas, los adornos, los cuadros, algunos muebles de apoyo repletos de revistas.

"El tiempo parecía detenido en aquel decorado del siglo XIX, como si el propietario hubiera cerrado la puerta del apartamento por la mañana para regresar por la tarde, pero se hubiera ausentado para siempre". Eso era precisamente lo que había ocurrido.

El subastador logró abrirse paso en medio de aquel misterioso y recargado microcosmo, para abrir un balcón y plegar media persiana. Fue entonces cuando apareció ante Ottavi el cuadro de una mujer joven y bella, con el pelo recogido, un collar de perlas al cuello y ataviada con un atrevido vestido rosa. Una obra maestra no firmada de Giovanni Boldini, el retratista de finales del XIX que había pintado al tout-Paris de la belle époque. ¿Quién era aquella mujer?

Cinco años después, una joven escritora novel de San Diego (California), Michelle Gable, ha abordado literariamente este novelesco asunto que la prensa francesa destapó someramente en febrero del 2014: "El apartamento olvidado", se titula su novela, que acaba de aparecer en Francia en las Editions des Falaises de Rouen. El año pasado, cuando este caso se conoció, el cuadro de Boldini, valorado en unos 800.000 euros, ya se había vendido en Sotheby's por 2,1 millones, un precio récord. La mujer tan delicadamente expuesta era Marthe de Florian (1864-1939), una demi-mondaine parisina retratada a los 24 años.

"En París hasta las putas son sofisticadas", dice Gable, de 35 años. La ciudad que respeta hasta a sus mendigos dignificó a sus prostitutas. En medio de la sórdida lucha por la supervivencia de los pobres, la lengua francesa creó denominaciones que reflejan un espíritu más abierto y generoso que el habitual desdén burgués. A quienes hacían las aceras se les llamaba filles soumises, por encima de ellas estaban las grisettes, frecuentemente jóvenes modistillas que se sacaban un sobresueldo, más arriba estaban las lorettes, y en la cumbre de las cocottes, las demi-mondaines.

"Eran conocidas por su extravagante estilo de vida sostenido por amantes tan conocidos como adinerados, su vestuario era envidiado hasta por las mujeres más ricas, que al fin y al cabo sólo tenían un marido para financiarles los atuendos, mientras que ellas tenían varios", explica la autora. Reputadas por su amor a la bebida, el juego, la droga y los vestidos más caros, su estatus social las mantenía en una cierta marginalidad, explica Gable.

Por la alcoba de Marthe de Florian, cuyo verdadero nombre era Mathilde Beaugiron, pasaron muchas celebridades. Probablemente el propio pintor Boldini, cuya galante tarjeta de visita se encontró en el piso, así como la plana mayor de la III República: el presidente de la Asamblea, Paul Deschanel; el de la República, Raymond Poincaré; e incluso el Tigre, Georges Clemenceau, jefe de Gobierno y padre de la patria de primera división. Se desconoce si Clemenceau hizo honor a su apodo en la alcoba de la mujer fatal, pero en los cajones de las cómodas aparecieron sus cartas atadas con un lazo de color rosa (las de Poincaré, en azul).

En aquella época París presentaba una concentración de talentos por metro cuadrado jamás igualado por otra ciudad. Alrededor del piso olvidado, en pleno barrio de La Nouvelle Athenes, vivían Delacroix, Dumas, Victor Hugo, Pissarro, Gauguin, Vernet... Enfrente del piso, en la rue Pigalle, residieron Georges Sand y Chopin¿

Lo que quedaba de todo aquel espíritu no se sintió bien con la llegada de los soldados alemanes en 1940. Marthe, que se acabó casando con un comerciante, había muerto un año antes. Su nieta, Solange Beaugiron, tenía 21 años cuando cerró la puerta del piso para irse al sur de Francia. Setenta años después, ella era la anciana que fallecía en un asilo. Durante décadas pagó las tasas de mantenimiento de aquel piso olvidado, anclado en la belle époque, hasta que los peritos rompieron su sello con una llave que chirriaba.

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