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La española que coló la bandera LGTBI en Rusia: "La sociedad sólo cambiará cuando la gente se levante"

Logotipo de El HuffPost El HuffPost 12/07/2018 Marina Velasco

© JAVIER TLES

En sus diez años de lucha por los derechos de la comunidad LGTBI, Marta Márquez nunca ha vivido nada similar a lo que sintió hace unos días en Moscú durante el Mundial de Fútbol. Y no, no es que sea una gran aficionada a este deporte. Marta formó parte del grupo de seis personas que crearon la bandera arcoíris con la camiseta de su selección y se fotografiaron orgullosos por las calles de un país —Rusia— donde eso es delito.

Porque de Moscú no sólo nos separan 4.000 kilómetros, sino una mentalidad y unas leyes opresoras hacia el colectivo LGTBI que en España quedan muy lejos. Tanto es así que Marta no fue consciente del peligro que podía correr con esta acción hasta que su mujer le prohibió que echara en la maleta un pijama arcoíris, según relata a El HuffPost esta escritora, presidenta de GALEHI Asociación de Familias LGTBI y redactora de la revista Mirales.

Cuando recibió una llamada de la organización FELGTB para proponerle participar en el proyecto The Hidden Flag (La bandera oculta) que la llevó a Moscú, a Marta le pudieron la emoción y el activismo: "Dije que sí como una loca, ni me lo pensé, me puse a llorar de emoción. Luego pensé: 'Madre mía, que no sé dónde me voy'. Es lo que tiene el activismo".

La acción, organizada por la FELGBT, la agencia de publicidad Lola Mullenlowe y eldiario.es con motivo del mes del Orgullo, pretendía "remover conciencias", reivindicando unos derechos que en el país del Mundial "son ilegales". "Cosas que en España damos por sentado allí son impensables. Por llevar una bandera o darse un beso, puedes ir a la cárcel", señala Márquez.

Marta, de rojo, posó junto a Eric —de naranja, por Holanda—, Eloi —de amarillo, por Brasil—, Guillermo —de verde, por México—, Vanesa —de azul, por Argentina— y Mateo —de morado, por Colombia—. Ninguno de ellos se conocía —"no nos habíamos visto jamás", asegura la española— y, quizá por eso, la acción se convirtió en algo "muy especial, aún más emocionante y emotivo".

Márquez habla de "horas juntos", "tres días intensos" y unos "lazos irrompibles" que poco a poco se forjaron entre ellos. Pero también del "respeto" que sintieron mientras paseaban por Moscú. La acción tenía una parte de provocación a las autoridades. "Había policías, militares con ametralladoras... Y nosotros íbamos buscándolos. Al acercarnos tanto y tantas veces al mismo agente sí sentimos cierto respeto, porque si pasaba algo se nos caía el pelo", recuerda. Por suerte, el policía no entendió (o no quiso entender) la misión de ese colorido grupo de aficionados. "Ellos tienen la orden de mantener una buena imagen, de acoger el turismo", argumenta Márquez.

Los seis activistas, junto a un policía. © JAVIER TLES Los seis activistas, junto a un policía.

Los activistas tampoco llamaron mucho la atención entre el resto de aficionados extranjeros. "La gente pensaba que estábamos haciendo una campaña o grabando un documental, o que éramos simplemente un grupo de amigos. Pero nadie nos dijo nada. Sí hubo algún peruano que al vernos gritaba: '¡Ahí falta Perú!'. Y los coreanos también nos pedían fotos, pero porque éramos muy coloridos", explica la escritora.

Aunque en ese momento su bandera pasó más o menos desapercibida, en pocos días la acción ha dado la vuelta al mundo. Pese a la homofobia en Rusia y a las advertencias de las embajadas de "evitar muestras de cariño" entre dos hombres o dos mujeres durante el Mundial, ellos presumieron de bandera gay y salieron impunes de un lugar donde "ir de la mano es un acto de valentía".

Otro acto de valentía necesario es acabar con el tabú de la homosexualidad en el mundo del deporte, especialmente en el fútbol. Márquez habla de un "pacto de silencio" que rodea a los jugadores gais, ya que, aunque seguramente los directivos, entrenadores y compañeros de equipo sepan de su vida privada, en su opinión, no se deciden a hacerlo público por miedo o por falta de apoyo. Y eso, para Marta, es contraproducente para la sociedad, para quienes no se atreven a dar el paso o quienes, al atreverse, son rechazados por su entorno. "Me parece un error que las estrellas de fútbol no salgan del armario, cuando deberían convertirse en bandera y referente", lamenta.

© JAVIER TLES

Lo mismo piensa del activismo LGTBI en Rusia. Desde 2013, hay una ley que sanciona los comentarios positivos sobre la homosexualidad en presencia de menores, en Moscú es fácil ver pegatinas con el lema "no se admiten maricones", los cantos homófobos han aumentado en los estadios con la llegada del Mundial y pasar información sobre la homosexualidad o protestar y apoyar la homosexualidad en público puede dar lugar a multas de hasta 1360 euros, hasta 15 días en prisión y la deportación de la Federación Rusa.

Por eso Márquez entiende perfectamente el "cuidado extremo" de los homosexuales en Rusia —"yo no me puedo imaginar viviendo allí", admite—, pero al mismo tiempo, "como activista, no puedo decir a nadie que deje de protestar". "La sociedad sólo cambiará cuando la gente se levante, se revuelva y saque banderas a la calle. Algunos se llevarán multas y otros no. Pero si no se hace nada, la cosa nunca cambiará", zanja.

De momento, ella no descarta participar en alguna acción similar a la que llevaron a cabo en Rusia. No sólo el país de Putin vulnera los derechos LGTBI, aunque el resto del mundo haga oídos sordos. Y quizá la pista nos lleve al próximo Mundial de Fútbol... "Todavía queda mucho, pero en 2022 se celebra en Qatar", deja entrever Marta.


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