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¿De una crisis a otra?

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 LORENZO B. DE QUIRÓS

Diez años después del inicio de la Gran Recesión, la economía global parece, a simple vista, haber recuperado impulso. El crecimiento se aproxima a los niveles registrados en la precrisis, el desempleo ha caído de manera significativa y las tasas de inflación se acercan a los objetivos establecidos por los bancos centrales. Las hipótesis sobre la entrada en una fase de estancamiento secular no parecen verse avaladas por la realidad y, por tanto, las negras profecías sobre el retorno a un escenario de crisis, a una repetición del Armagedón que se desató en el bienio 2007-2008 han dejado de formar parte del análisis central de la mayoría de los gobiernos, organismos internacionales y expertos. Por su parte, el sentimiento de los mercados es consistente con ese rosáceo escenario.

Sin embargo, esas brillantes o, cuanto menos, optimistas proyecciones no pueden darse por garantizadas. Las expectativas de los agentes económicos, de los inversores y del sector público se han visto desmentidas con demasiada frecuencia por los hechos desde la Gran Recesión como para no mostrar un sano escepticismo. La conjetura según la cual la economía tiende per se a retornar a su tendencia de largo plazo carece de valor -permítase la rotundidad de la afirmación-, y también están desprovistas de él las proyecciones macroeconómicas que se plantean más allá de un corto espacio temporal. Desde esta óptica es básico señalar cuáles son los riesgos a los que se enfrenta la presente coyuntura expansiva.

Para empezar, hay sólidas razones para esperar un incremento sustancial de la inflación. Las principales estimaciones sobre la materia, por ejemplo las formuladas por el BIS, muestran un claro estrechamiento del output gap, la relación entre el crecimiento del PIB y su potencial, en casi todas las economías. El cierre de esa brecha es aún mayor si se tienen en cuenta los indicadores del mercado laboral. Ello sugiere la emergencia de fuertes tensiones inflacionistas que forzarán a la banca central a endurecer su política monetaria que, salvo en el caso del último período recesivo, ha sido el factor determinante de las fases de contracción desde la segunda posguerra.

Si se acepta esa premisa, el riesgo potencial para el ciclo financiero se eleva. De hecho, un buen número de economías avanzadas comienzan a presentar rasgos similares a los que antecedieron a la Gran Recesión: fuertes crecimientos del crédito y del valor de los activos financieros y reales. Ello refleja la presencia de unas condiciones monetarias demasiado laxas que han reconstruido, a menor escala, los desequilibrios de balances que condujeron al borde del colapso al mundo desarrollado en el bienio 2007-2008. En este contexto, el alza de los tipos de interés tiene muchas probabilidades de generar serios problemas en los países que no han logrado ajustar con la suficiente intensidad su deuda pública y privada; en especial, en aquellos en los que la situación de las finanzas públicas es más frágil.

En ese marco analítico, la expansión en curso se vería severamente debilitada por la desaceleración de la demanda interna. En muchos países, la expansión ha sido impulsada por el consumo, que ha crecido en promedio por encima del PIB. Por contraste, la inversión ha permanecido, hasta hace muy pocos trimestres, con un perfil muy plano. La pérdida de vigor de ambas variables lastraría la creación de empleo lo que, unido a la persistencia de un alto volumen de endeudamiento de los hogares y al descenso del valor de los activos causado por el alza de las tasas de interés, deteriorarían con una intensidad impredecible la posición financiera de las familias.

La resurrección del proteccionismo es también una grave amenaza para la continuidad del actual ciclo expansivo. Una reducción de los intercambios de bienes, servicios y de los flujos de capital a escala global, el riesgo de que se produzcan guerras comerciales entre estados o entre bloques sería muy negativa para el crecimiento económico mundial y sacaría de su tumba el espectro de una súbita contracción de los flujos inversores internacionales. En el medio plazo, ello supondría liquidar las ganancias de productividad derivadas de la apertura exterior, alimentaría la inflación y, en los estados con stress financiero, conduciría a inflar la deuda y a generar espirales precios-salarios con el riesgo de caer en la estanflación.

La experiencia de la poscrisis ilustra de manera extraordinaria el yerro de sobreestimar la capacidad de los políticos para estimular la economía a voluntad. Se ha demostrado su impotencia para impulsar el crecimiento y la inflación a pesar de haber adoptado medidas sin precedentes en su magnitud y en su heterodoxia. Por añadidura, han ayudado a sostener y acumular un stock de deuda que les ha restado cualquier margen de maniobra para afrontar la aparición de shocks adversos. Han convertido la excepción en regla. A menos que se tengan en cuenta estos evidentes errores y se corrijan con prontitud, existe el peligro de que se desencadene una nueva crisis.

La indisciplina monetaria y la presupuestaria han durado tanto que la vuelta a la normalidad produce pánico por el temor a recaer en una recesión. Sin duda, esta posibilidad no cabe ser descartada, pero seguir por el camino actual hace ese riesgo seguro. La economía tiene sus leyes, con toda la flexibilidad que se quiera, y su incumplimiento termina antes o después por pasar factura. De ahí, la fragilidad de la recuperación económica en curso. Es imposible sostenerla sin un retorno a la estabilidad monetaria y fiscal en el lado de la demanda y sin la introducción de reformas estructurales en el de la oferta. Salvo contadas excepciones, la mayor parte de las economías avanzadas, sobre todos las europeas, han huido hacia adelante y han eludido emprender esa tarea.

© Proporcionado por elmundo.es

En términos generales, la economía global se asienta sobre arenas movedizas y las tendencias subyacentes a ella no apuntan en la buena dirección. En este sentido decir «estamos mejor que ayer», es un pobre consuelo.

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