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¿Deforestación? España (y toda Europa) es ahora más verde que hace un siglo

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 08/11/2016 Rocío P. Benavente

Un dicho popular asegura que hubo una época en la que una ardilla podía cruzar la Península Ibérica de árbol en árbol sin pisar el suelo. Para enunciar ese dicho correctamente hay que hacerlo con sentida nostalgia, rememorando, aún sin haberla conocido, esa España verde que la industrialización, las ciudades, el cambio climático (contra el que esta semana se celebra la COP22 en Marrakesch) y la vida moderna en general habrían destruido, deforestado y resecado. 

No tan deprisa. En contra de la creencia general, España es ahora más verde de lo que era hace cien años, y lo mismo ocurre con el resto del continente europeo: según los datos, la superficie cubierta por bosques ha aumentado más de un tercio desde 1900 hasta 2010. Es la conclusión extraída por un análisis realizado por Richard Fuchs, investigador de la Universidad de Waningen, en Holanda.

Utilizando los datos del impacto que los acontecimientos del siglo XX y principios del XIX han tenido sobre los bosques, los campos de cultivo y los asentamientos urbanos, Fuchs y su equipo han dibujado el mapa de la Europa verde (que puedes consultar aquí al completo), y la conclusión general es que la superficie urbana se mantiene estable, las huertas disminuyen y los bosques se van extendiendo a lo largo y ancho del continente.

La madera, el Muro de Berlín y la PAC

Las razones de esa reconquista, explica Fuchs, son varias. "La madera por entoces, hacia 1900 y mucho antes, se necesitaba para casi todo: para los muebles, para apuntalar minas, para los raíles de los trenes, para la construcción, en las trincheras de las guerras, como combustible, para los barcos... Esto provocó que a principios de siglo apenas quedasen bosques en Europa". Pero tras la Segunda Guerra Mundial, la producción de madera dejó de considerarse necesaria para el crecimiento económico.

Por ese motivo, los bosques aumentaron su superficie, y a la vez se redujeron los campos de cultivo: las innovaciones agrotecnológicas hicieron que con menos superficie se pudiese producir la misma cantidad de alimentos, y a la vez mucha gente se desplazó de las zonas rurales a las grandes ciudades. Así, se han producido durante este siglo tres procesos principales que cambiaron el paisaje: la urbanización (crecieron los asentamientos urbanos, algo que ocurrió básicamente en los alrededores de las grandes ciudades), la reforestación (los bosques recuperaron terreno de cultivo o de pradera) y las dinámicas entre cultivos y praderas (unos se convirtieron en otras y viceversa).

(Fuente: Richard Fuchs) © Proporcionado por El Confidencial (Fuente: Richard Fuchs)

Los cambios entre cultivos y praderas ocurrieron a lo largo y ancho de Europa, y de forma muy pronunciada en los antiguos países comunistas, explica Fuchs. Tras la caída del Muro de Berlín y su entrada en el ecosistema capitalista, muchas de sus granjas dejaron de ser competitivas, de forma que los granjeros abandonaron sus tierras, que quedaron a merced de la naturaleza, convirtiéndose primero en praderas y zonas de arbustos, y después en bosques. 

Otro de los grandes factores que señalan Fuchs y su equipo para esta evolución es la Política Agraria Común que la UE puso en marcha en los años 90. Para evitar una agricultura ineficiente, se impulsó que solo las zonas más productivas debían utilizarse para la actividad agrícola. Esto causó que las zonas de cultivo más grandes continuasen creciendo, automatizando su manejo con maquinaria cada vez más avanzada, mientras que los terrenos menores se fueron abandonando poco a poco. 

El caso de España

Según el mapa, España es ahora más verde que hace cien años, aunque, como ocurre en el resto de Europa, más por la intensidad de ese verde que por su superficie. Según los datos recogidos por Fuchs y sus colegas, la cantidad de terreno dedicado ahora a asentamientos humanos es similar al que había a principios de este siglo, también se mantiene similar el dedicado a tierras de cultivo, que si bien aumentó a mediados de los 50 y 60, se redujo de nuevo desde los 70 hasta situarse en 2010 a la misma altura que en 1900.

© Proporcionado por El Confidencial

En cambio, el porcentaje de terreno reconquistado por los bosques ha crecido considerablemente, pasando de aproximadamente un 10% a más del 20% en estos 110 años. "A menudo terrenos agrícolas marginales, en zonas menos accesibles y productivas, se fueron abandonando, porque con la maquinaria y las técnicas de regadío se mejoró la producción", subraya el investigador. "España, pero en general también el resto de Europa, podía generar más alimentos en menos terreno gracias a estas innovaciones".

Además, Europa comenzó a importar gran parte de sus alimentos, de forma que la alimentación de su población ya no suponía una presión sobre su propio suelo. Con el tiempo, esos cultivos que ya no eran necesarios se convirtieron en prados y después en bosques.

Pero esto, concluye, no es en sí mismo algo positivo. "Se trata de un mero cambio en el uso del sueo, que no dice nada sobre lo natural o sano que es ese nuevo uso. Aunque un campo de cultivo haya cambiado, puede haberlo hecho por un bosque plantado para la producción de madera y con poco valor en cuanto a diversidad o uso recreativo"

El uso del suelo y el cambio climático

Entender cómo los humanos hemos cambiado el uso que le damos al suelo es importante porque es un síntoma de cómo han cambiado las vidas de los europeos en ese tiempo, y también porque es un factor directamente relacionado con el clima: las condiciones climáticas son uno de los factores que determinan si un lugar puede producir alimentos y agua, así como si es un buen lugar para establecer un asentamiento humano; a su vez, el cambio del uso del terreno por parte del ser humano es, tras el uso de combustibles fósiles, el segundo factor principal de emisión de gases de efecto invernadero, grandes responsables del cambio climático.

Cuando los bosques son sustituidos por campos de cultivo o pastos, grandes cantidades de CO2 son emitidas a la atmósfera, ya sea directamente (si el cambio se produce por un incendio) o en los años siguientes (si los árboles son talados y a la madera se le dan otros usos, y a medida que se descomponen sus raíces). Se calcula que aproximadamente un tercio del dióxido de carbono de origen antropocéntrico emitido a la atmósfera proviene de la deforestación. 

Pero hay otros modos por los que al cambiar el uso del suelo estamos afectando al clima. Uno de ellos está relacionado con el reflejo de la radiación solar. Cuando la luz del sol impacta sobre el suelo, parte de ella se refleja hacia la atmósfera y otra es absorbida. Esto no ocurre siempre en la misma proporción: la superficie terestre oscura (los bosques) absorben más radiación que la superficie clara (las huertas y prados). Es decir, que la temperatura sobre una superficie de cultivo es mayor que sobre una superficie boscosa.

Sin embargo, no toda la radiación que absorbe el suelo se convierte en calor, ya que parte de ella actúa sobre el agua que hay en él, evaporándola hacia la atmósfera, y sobre la que tienen las plantas, causando su transpiración. El resultado es una combinación, denominada evapotranspiración, que reduce la temperatura. 

Entender cuál es el impacto concreto de cada uno de estos fenómenos sobre el clima no es fácil porque sus efectos son muy distintos en el tiempo (la evapotranspiración se nota en horas, las emisiones de CO2 en décadas) y en el espacio (la primera es local, las segundas son globales), y porque el efecto es recíproco (si suben las temperaturas, aumenta la evapotranspiración, por ejemplo). Ahí es donde el trabajo de Fuchs y sus compañeros entra en juego: un mapa continental y de todo un siglo para entender qué hemos hecho con nuestro suelo. 

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