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¿Quién mandará en Europa?

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 25/05/2014 Jaume Duch Guillot

Hace unos días las notas de Eurovisión sonaron en el hemiciclo del Parlamento Europeo en Bruselas, transformado en estudio de televisión. No para anunciar el famoso concurso musical, sino el inicio del primer debate televisado entre los cinco candidatos a presidir la Comisión Europea, el órgano que rige el día de a día de la Unión. Un acontecimiento de hondo calado político que apenas hace un año hubiese resultado muy difícil de imaginar.

Las elecciones europeas del domingo van a ser muy diferentes a todas las anteriores. Ya fue distinta la legislatura que ahora concluye, con un Parlamento Europeo más influyente y muy independiente de los gobiernos, capaz de aprobar un millar de leyes comunitarias en cinco años, sacar los colores a Estados Unidos por los casos de espionaje, enviar a la papelera acuerdos internacionales poco claros o modificar el procedimiento de rescate bancario pactado y anunciado por los jefes de gobierno de la UE sin apenas despeinarse.

También la campaña electoral ha sido diferente. Es cierto que en casi todos los países han seguido predominando las cuestiones nacionales, pero por primera vez hemos oído hablar también de temas europeos. En parte porque la crisis ha puesto sobre la mesa temas que ya no se deciden en cada país y en parte por la irrupción novedosa de unos candidatos a presidir la Comisión europea, que se dirigen a los ciudadanos de toda la Unión, no de un solo país.

Que el voto de las elecciones europeas vaya a trascender del hemiciclo del Parlamento Europeo y pueda servir para decidir quién presidirá el ejecutivo comunitario es el resultado de una lectura coherente de lo que dispone el tratado de la Unión, pero también una apuesta fuerte y atrevida por modificar la correlación de fuerzas entre las instituciones de la Unión en un momento en que el desapego ciudadano amenaza con frenar por mucho tiempo la integración europea.

La crisis económica y la necesidad de improvisar medidas excepcionales para luchar contra la misma han acabado por hipertrofiar el lado intergubernamental de la Unión Europea. La Europa con más competencias se ha convertido en la Europa con menos poder. Los ciudadanos tienen la impresión de que todo lo deciden un par de gobiernos. Las ruedas de prensa de sus líderes reunidos en Bruselas llevan años tapando el trabajo diario de la rama más genuinamente comunitaria (Parlamento y Comisión), también en aquellas ocasiones en que las cumbres europeas no son mucho más que un ejercicio de marketing político.

Dos pájaros de un tiro: permitir que los ciudadanos participen en la elección del presidente del Ejecutivo hace de las elecciones europeas un ejercicio más parecido a cualquier elección a nivel nacional, lo que puede frenar un aumento de la abstención y dar un plus de legitimidad a la persona encargada de gestionar la UE durante los próximos cinco años. Que esta acabe siendo elegida como resultado de un proceso electoral y no de una decisión táctica de los gobiernos nacionales puede suponer un antes y un después en el camino hacia una Unión que sus ciudadanos perciban como más democrática, cercana y sujeta a su control.

Lo que suceda dependerá sobre todo de que lo quiera la gente. El Parlamento y los partidos europeos ya han hecho lo que estaba en su mano, lanzando un proceso que hace apenas dos años difícilmente habríamos podido imaginar. Los medios de comunicación también han hecho su trabajo, informando por activa y por pasiva de por qué estas elecciones son diferentes y dando la palabra a los candidatos a presidir la Comisión, lo que ha servido tanto para darlos a conocer como para reforzar la credibilidad del proceso.

Los pasillos de Bruselas van llenos estos días de rumores sobre lo que pasará el día después de las elecciones. Cuanto más se percibe la dificultad de hacer marcha atrás más voces se oyen poniendo en duda que los jefes de gobierno acepten ceder sus prerrogativas, por mucho que el tratado diga negro sobre blanco que ellos proponen y que el Parlamento dispone. Cuanto más cala la lógica aplastante de la correlación entre voto popular, formación de una mayoría parlamentaria y elección del Presidente de la Comisión más se oyen las voces de quienes intentan evitarlo.

Es por ello que en estas elecciones no sólo se dirime cómo será la próxima legislatura parlamentaria, sino también qué posibilidades tiene la Unión Europea de reconquistar una confianza ciudadana de la que dispuso cuando todavía no le hacía falta pero que parece estar perdiendo justo en el momento en que ha empezado a influir sobre asuntos esenciales en los que todos queremos decidir. De cuál sea la respuesta dependerá en parte quién mande en Europa.

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