Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

¿Y si Aira ganara el Premio Nobel de Literatura?

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 05/10/2017 Javier Rodríguez Marcos
César Aira (izquierda) y Fogwill, en Barcelona en 1998. © Joan Guerrero César Aira (izquierda) y Fogwill, en Barcelona en 1998.

Cuando le preguntan a César Aira si ganar el Nobel terminaría con su reputación de escritor de culto contesta que los 900.000 euros serían un buen consuelo. Reconoce, eso sí, un reparo: en cuanto se sabe finalista de algo, empieza a gastar imaginariamente; al final, si no gana, se siente el hombre más pobre del universo. Le pasó, dice, cuando su nombre apareció hace dos años en la lista del Booker Internacional que terminó ganado László Krasznahorkai. Ahora aparece en la de la casa de apuestas Ladbrokes, el juguete favorito de los letraheridos hasta que mañana se anuncie en Estocolmo el escritor –o cantante- que seguirá a Bob Dylan en el palmarés.

Aira aparece al lado de, entre setenta más, Ngugi Wa Thiong'o, Haruki Murakami, Margaret Atwood, Ko Un y Amos Oz, pero lleva ventaja: el escritor que se gasta imaginariamente la plata de los premios ya ganó imaginariamente el más codiciado de las letras mundiales. En la novela La silla del águila Carlos Fuentes endosó a su colega la famosa medalla para seguir un juego: el argentino había hecho que clonaran al mexicano en El congreso de literatura. El clonado, no obstante, parece él. “En la Argentina hay más airianos que escritores”, decía este lunes Ariana Harwicz en la librería madrileña Tipos Infames durante un coloquio organizado con motivo de Liber, la feria internacional de libro que cada año se celebra alternativamente en Madrid y Barcelona –que cunda el ejemplo- y que hoy arranca con la patria de Borges como país invitado.

El del autor de Ficciones, que se murió sin Nobel, fue precisamente el nombre más repetido en el debate del lunes. Tanto Harwicz como el resto de los participantes –Marcelo Carnero, Diego Sasturain y Damián Tabarovsky- lo invocaron como el autor más importante del siglo XX en lengua española, lo que pondría en solfa el carácter periférico de la literatura rioplatense. ¿Periféricos o centrales? era la pregunta que lanzó la discusión y todos estuvieron de acuerdo en que se puede ser central y a la vez excéntrico, es decir, sin haber escrito esa obra maestra que todo el mundo asocia a un nombre y que, faltaría más, suele ser una novela como Dios manda. No es el caso de paganos como Aira o Borges. Como saben en Escandinavia, el segundo ni siquiera cultivó el género. Como saben sus múltiples editores, a razón de libro por temporada, el primero no para de cultivarlo. O de manipularlo genéticamente. Si no lo hubieran ganado ya los descubridores del “reloj interno” del cuerpo –todo un campo para novelistas-, le podrían haber dado al doctor Aira el Nobel de Medicina.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon