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‘El autor’, un brillante retrato de la manipulación

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 Carlos Boyero
Fotograma de 'El autor', de Manuel Martín Cuenca. © Proporcionado por ElPais Fotograma de 'El autor', de Manuel Martín Cuenca.

Si le pido un agotador esfuerzo a mi memoria para que recuerde películas en los últimos tiempos que le hayan dejado un poco de huella, asombrado, o simplemente entretenido, esta me confirma que solo he poseído esa sensación con Dunkerque, de Christopher Nolan, y Su mejor historia, de Lone Scherfig. Incluyo el tedioso maratón de naderías presuntamente de autor que supuso el último e insoportable festival de Cannes. Y aunque dispongas de todo el tiempo del mundo para perderlo, es terrible que eso ocurra en las salas de cine, cuando a lo largo de tu existencia han supuesto uno de los mejores refugios.

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Ese desaliento acaba de largarse gracias a El autor, una película española que renueva el milagro de mantenerme durante un par de horas atento a lo que ocurre en la pantalla, meterme en la turbia historia que me están narrando, sorprenderme con giros tan perversos como imaginativos, hacerme reír. La dirige Manuel Martín Cuenca con tanta inteligencia como saludable mala hostia, logrando que nada en ese turbulento universo te resulte previsible, intentando crear arte a base de manipular la realidad, haciendo creíble lo que parece esperpéntico.

El protagonista cree que su patética vida solo encontrará sentido si logra escribir una novela. Su profesor en un taller de escritura que comparte con otros frikis le asegura que ese libro solo merecerá la pena si se nutre de la realidad, si describe con autenticidad lo que le ocurre a la gente. Y este eterno e inquietante perdedor aprovecha el adulterio de su triunfadora esposa (el único personaje que me sobra) y las presuntas vacaciones que le ofrece su jefe al constatar su desquiciamiento mental (formidable el hiperbanal compañero de oficio y su catálogo de frases hechas y lugares comunes) para alquilar una casa, ejercer en plan profesional, pero también enfermizo, de voyeur con sus vecinos, engañarlos, manipularlos, alterar sus comportamientos gracias a la información que posee de ellos, crear situaciones que alimenten el argumento de una novela potente. Pero imitar al James Stewart de La ventana indiscreta conlleva peligros y sorpresas. Siempre existe alguien más listo y retorcido que el convencido de que es él quien controla y mueve los hilos de las marionetas, que tu guion puede ser alterado y buscarte la ruina.

Martín Cuenca me mantiene atrapado en su malévolo retrato de una comunidad de vecinos. Son perturbadores esos inmigrantes que parecen acorralados; una portera surrealista y amenazante, un anciano solitario fascista que aborrece de igual manera los principios de la democracia y a los banqueros. La relación de estos con el aspirante a encontrar la veracidad y el nervio de un Hemingway (incluyendo algo tan jocoso como plantar sus desnudos genitales en la mesa donde está fluyendo su escritura) está descrita con notable gracia y perversión de primera clase. Existen un atrevimiento y una audacia con causa. Que el cancionero de José Luis Perales acompañe a los títulos de crédito y una delirante secuencia en un karaoke no es el guiño de un moderno a los colegas para que se partan de risa, sino que tiene sentido. Y da gusto observar la excelente interpretación de Javier Gutiérrez en un personaje complicado. O la del aquí explosivo y brillante Antonio de la Torre, celebrando el milagro de que le ofrezcan papeles en los que no tenga que interpretar a tarados y a psicópatas. O la de Adelfa Calvo componiendo a esa memorable portera.

No he leído la novela autobiográfica de Marguerite Duras que adapta la plomiza película francesa La doleur, e imagino conociendo la escritura de su autora que será intensa, poética y desgarrada, pero su traslado a las imágenes me quita las ganas, me deja agotado. Cuenta la angustiosa espera de una señora, que milita en la Resistencia francesa durante la ocupación alemana, sobre el destino de su desaparecido marido. Contada esa incertidumbre y ese sufrimiento abusando hasta la nausea de los primeros planos, con afanes experimentales y situaciones repetitivas, sin lograr en ningún momento hacer contagiosa para el espectador la desolación de esa mujer rota. He escuchado aplausos al final. Ocurre casi siempre. Es admirable la permanente y ancestral generosidad y solidaridad del público con las ofertas de su festival.

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