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“Apenas hablo con mis amigos de racismo, no hay manera de que me entiendan”

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 27/09/2017

Contemple al tipo que firma esta columna. ¿A quién ve? ¿A un catalán o a un español?

Cuando alguien que no me conoce de nada me pregunta de dónde soy, yo siempre le contesto:

–¿De dónde dirías?

Encajo respuestas de todos los co­lores. Brasileño. Indio. Marroquí. Caribeño. Estadounidense, también estadounidense. No sé cómo Trump se tomaría esto último...

Nací en Barcelona. Pero nunca me dicen que parezco español. O catalán. De ahí mi equidistancia en todo este entuerto.

De lo que apenas hablo con mis amigos es de racismo. No hay manera de que me entiendan. En los años ochenta, los agentes me paraban por la calle. Ocurría con frecuencia:

–Papeles.

–¿Y eso?

–Control rutinario. Y no preguntes, chaval.

–Vale, pues luego me paro en esa ­esquina, y así podré ver a quién le pedís los papeles.

–Te la vas a ganar.

Y así, tras las comprobaciones del agente, me iba enfurruñado. Ya me habían alegrado el día...

Cuando alguien no me conoce de nada me pregunta de dónde soy y yo siempre contesto: ‘¿De dónde dirías?’”

Si cuento estas escenas a algunos amigos –cosa que ya no hago–, algunos relativizan. “No sería para tanto”. “Algo grave habría pasado en esos días”. “¿No te lo estarás inventando?”. “Esto no ocurre en Barcelona”. Ignoran que la figura del racismo es un delito tipificado en el Código Penal.

En más de un local, me vetaron en la puerta. En los aeropuertos me han ­parado y me han sacado de la cola. Una vez, un colega de otro medio me soltó: “¡Qué demócratas son en La Vanguardia, que te tienen en plantilla...!”. De­cidí interpretar su comentario en po­sitivo. Ese tipo quizá querría estar donde yo estoy.

Con la edad –y ya sumo unos años–, me he ido acostumbrando a esta situación. Es la vida. Incluso suelto chistes, caricaturizándome. Si nos reímos un poquito, igual baja el suflé.

Últimamente apenas me pedían los papeles. Y eso me había hecho bajar la guardia. Estuve razonablemente re­lajado hasta hace unas semanas. Resulta que tengo una hija de seis años, marroncita como yo. Y un día, una niña de su misma edad se atrevió a soltarle un insulto de nota:

–No me gusta tu mundo. Está lleno de negritos. El mío está lleno de blancos, y es mejor que el tuyo.

(...)

Yo ya no disputo carreras. Dejé de hacerlo al comprender que mis op­ciones de victoria eran nulas. Pero un día de estos, antes de salir a trotar, en ­silencio y sin que nadie me vea, me ­pondré de rodillas, puño en alto, y dedicaré unos segundos a la memoria de los deportistas negros de la NFL y la NBA.

Esa es mi bandera.

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