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“Si la policía carga te llevas a papá a casa”

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 Jacinto Antón
Varias personas lloran en el exterior del Instituto Can Vilumara de L'Hospitalet de Llobregat. © Quique García Varias personas lloran en el exterior del Instituto Can Vilumara de L'Hospitalet de Llobregat.

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Helicópteros, sirenas, convoyes de antidisturbios arriba y abajo, barricadas, estupefacción, hostias; la ciudad cada vez más empapada —solo faltaba ayer la lluvia— y cabreada, muy cabreada. Frente a la barcelonesa escuela del Turó del Cargol, junto al parque Güell, cuando empezaron a circular las noticias de las cargas policiales aún seguía el buen rollo que había imperado desde la madrugada. En cualquier momento las escenas de las pantallas de los móviles se podían repetir aquí, Déu no ho vulgi (Dios no lo quiera), se santiguaba una señora. “Si la policía carga te llevas a papá a casa”, advertía un hombre a su pareja. Dos personas que llevaban una identificación de “observadores de vulneración de derechos en contexto de protesta” repartían octavillas en las que se informaba de qué hacer en caso de detención. Una señora cogió una y, mientras la iba leyendo, palidecía.

A las cinco ya había unas 200 personas cerrando filas ante la puerta, que tenía la reja echada y estaba ocupada por otras 40 que habían pernoctado y cantaban L’Estaca. Luego interpretaron Bon dia, coreado por todos, Al mar y Bella Ciao, que resultó más acorde con el desarrollo de la jornada. En la calle funcionaba un puesto improvisado de suministro de chocolate a la taza y magdalenas. Había personas con sillas plegables. Un hombre mayor, que fue el que llevó la voz cantante, nos dijo que cuando vinieran los mossos debíamos sentarnos en el suelo y hacer de “masa crítica” para proteger la entrada. Gritos de Votarem, votarem, un mantra hit como el Tonight, Tonight.

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Permanecimos horas bajo una llovizna esporádica a la luz primero de las farolas y el enfático letrero de Lliure del aparcamiento vecino. Pasó un taxi en cuyo asiento de atrás se veían dos grandes fardos. Según unos eran las urnas, otros creyeron ver espías. “Hay infiltrados aquí”, señaló un señor mayor con boina tipo maquis. Los de alrededor miramos hacia otro lado: a ver si se pensaban que éramos de la Quinta Columna y no nos merecíamos el chocolate.

Se pidieron tres personas para la mesa 18. “Yo estoy con fiebre”, se escaqueó uno. Fue llegando más gente. Amplia variedad, de la chica antisistema a las señoras Uniqlo. Se oían sirenas. “No vienen aquí”, “pero en algún momento llegarán”. “¡Qué emocionante es esto!”, exclamó una viejecita. Aparecieron dos mossos. Se retiraron sonrientes, despedidos con un “¡viva la policía de la república!”. Se abrió el colegio. A votar. La alegría duró poco, se cayó el sistema informático. Un escalofrío de humedad y decepción recorrió la cola. Pero se volvió a remontar. Votarem, votarem!: lo hicieron todos. Solo quedaba “salvar el recuento” y que no vinieran, ¡ai, Dolors!, los de las porras.

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