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¡Lástima de sala!

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Rosa Solà

El 150 aniversario del nacimiento de Richard Strauss se celebró en el Palau de les Arts, ya que no con una ópera suya, con un concierto monográfico. Pero se incluyó, al menos, un recuerdo del género: la suite de El caballero de la rosa, acompañada de obras bien significativas en otros dos campos asiduamente cultivados por el compositor muniqués: el del poema sinfónico, representado el miércoles por Así habló Zaratustra, y el del lied, para el que se escogieron los cuatro últimos (Vier letzte Lieder, quizás una de sus partituras más inefables).

A la batuta, Zubin Mehta, que se encuentra de nuevo en Valencia. Allí estaba también, por supuesto, la orquesta de la casa, que tan evidente sintonía tiene con él. El concierto se celebró en el Auditorio superior, cuya acústica es, sencillamente, mala, en contraposición a la excelencia de la sala principal, destinada a la ópera. Arriba la música se emborrona (especialmente con una orquesta tan nutrida como la de Also sprach Zaratustra), o no se empasta, y aparecen los timbres excesivamente aislados.

Zubin Mehta

Dirigiendo a la Orquesta de la Comunidad Valenciana. Soprano: Dorothea Röschmann. Obras de Richard Strauss. Valencia, Palau de les Arts, 4 de junio de 2014

Con todo, y a pesar de una infraestructura arquitectónica tan hostil para Strauss, las prestaciones de la orquesta parecieron impecables, tanto en su labor de grupo como en los solos individuales o de sección: entre otros los de oboe, flauta, trompa y, especialmente, el primer violín, que tuvo un relevante papel en la velada.

Zubin Mehta, como de costumbre, además de dirigir, “moldeó” la música, atendiendo las diferentes atmósferas que se describen en una obra tan programática como la de Also sprach Zaratustra, en ese compendio de sonoridades plateadas –o, también a veces, desenfadadas- que es la suite de Der Rosenkavalier, o en el indescriptible camino hacia el ocaso que traducen las últimas canciones de Strauss. El fraseo, nunca rígido, y los etéreos pianissimi entusiasmaron al público que abarrotaba la sala. Sólo cabría reprocharle al maestro de Bombay, sobre todo estando tan ligado al Palau de les Arts desde el comienzo, que no tuviera en cuenta las mencionadas condiciones del auditorio superior, y que marcara el forte con la misma intensidad que cuando dirige desde el foso (ahora mismo está al frente de las representaciones de La forza del destino), en el marco de una acústica totalmente distinta.

Cantó los lieder de Strauss Dorothea Röschmann, que debió tener un mal día: tiranteces, bastante vibrato y escaso volumen en los graves. En la parte positiva, sin embargo, no puede negarse su atención al legato y la intencionalidad expresiva, plasmada con fuerza en el sentimiento de despedida que impregna de arriba a abajo la partitura, incluso en el primer lied que, sólo aparentemente, es un canto a la primavera.

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