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¡Viva el Rey!

El Mundo El Mundo 14/06/2014 MIGUEL A. BELLOSO

La huella de Zapatero sobre la cultura política tiene pinta de ser indeleble. Su criatura genuina fue el adanismo, la falta de respeto por la tradición, ese vicio de empezar algo como si nadie lo hubiera hecho antes. Hoy, con motivo de la abdicación, quienes no tienen algo mejor que hacer -muchos de ellos sin oficio ni beneficio-, otros pasto del infantilismo, del resentimiento o de cualquier otra clase de enfermedad se manifiestan en pos del referéndum por la República, que no desea ni el propio Zapatero. Nada que objetar, salvo la bulimia mediática, son pocos y parecen muchos.

> Me enerva, en cambio, la clave de bóveda de la disputa, que apunta mi amigo Manolo, de Jaén, de izquierdas de toda la vida, inexorablemente seducido por una propaganda eficaz: los jóvenes no han votado esta Constitución, ya es hora de que se les dé la oportunidad de opinar. «Yo tampoco la voté», le digo -como ninguno de los americanos vivos ha votado la de Estados Unidos-. «El que no esté contento con este país y sus leyes que se largue, hará muy bien y eso que nos ahorraremos». En las naciones serias, ésta sería una discusión trivial, pero aquí, tras el paso de los Hunos, después de tantos años de monopolio cultural de la izquierda, la juventud está mitificada, siendo, como decía Josep Pla, la etapa vital menos fructífera, en la que se cometen los despropósitos más grandes.

> Yo soy monárquico porque, usando la cita de Manuel Conthe, «en el mundo imperfecto en que vivimos, resulta sensato que la persona encargada de arbitrar y moderar las instituciones -artículo 56 de la Constitución- sea independiente de los partidos; y la forma más práctica de conseguir ese objetivo y que el candidato esté bien preparado para la función es que el cargo sea hereditario y ajeno por tanto a la contienda política». Para los más pragmáticos, no hay duda también de que es la opción más barata.

Contra los tiempos pasados que añora la izquierda, el mayor avance de la democracia ha sido quitar poder a los políticos en las cuestiones trascendentales: para eso se crearon por ejemplo los bancos centrales independientes, para que los partidos no engañaran a la gente con las cosas de comer, como el precio del dinero. Y esta es la virtud de la Monarquía en los tiempos que corren. Ahorrarnos otro político más cada cuatro años.

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