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«El arropiero», el necrófilo trastornado que asqueó a España con sus crímenes sexuales

ABC ABC 05/08/2016 Manuel P. Villatoro

«El arropiero», con su característico bigote a lo Cantinflas © Criminalia «El arropiero», con su característico bigote a lo Cantinflas

Un loco con una fuerza más que humana y sin ningún sentido del bien y del mal. Un hombre que, después de pasar minutos y minutos frente al espejo acicalándose su «bigotito» a lo Cantinflas, violó durante varias jornadas el podrido cadáver de una anciana de apenas 40 kilos y 1,40 de estatura. Manuel Delgado Villegas, más conocido como «El arropiero», fue uno de los criminales más atroces de la Historia de España. De hecho, a día de hoy cuenta con el tétrico récord de ser el asesino en serie más prolífico de nuestro país. Sin embargo, y a pesar de haberse declarado culpable de hasta 48 homicidios (las cifras varían dependiendo a las fuentes) nunca fue juzgado oficialmente y fue liberado de su responsabilidad penal atendiendo a una enfermedad psicológica. De hecho, pasó sus últimos días en sanatorios mentales hasta que falleció en 1998.

La historia de «El arropiero», un asesino rodeado de misterio y crueldad, fue una de las que que hizo convulsionarse a la sociedad española de los años 60 y 70 (la época en la que perpetró sus atroces crímenes). Ahora, hemos querido traerla de nuevo a colación aprovechando que -el pasado 20 de julio- se cumplió un triste aniversario relacionado con sus crímenes: el del homicidio de una de sus víctimas, Venancio Hernández Carrasco. Para ello, contamos además con el testimonio del periodista Juan Ignacio Blanco (antiguo director del semanario «El Caso»; coautor de la enciclopedia en línea «Criminalia» junto a Christian B. Campos y Francisco Murcia; reportero especializado en sucesos y, a su vez, uno de los informadores que tuvo la suerte de entrevistar en varias ocasiones a Villegas en los sanatorios que le servían de prisión).

«”El arropiero” fue un asesino que reunió una cantidad de peculiaridades increíble. Fue una persona que mataba por impulsos sexuales, por robar, porque alguien le había mirado mal... Tenía unas pulsiones violentas dominadas por diferentes aspectos. Todas estas características le convertían en un criminal muy especial porque la mayoría de asesinos siempre suelen matar en base a un mismo patrón o motivo. Además, tenía la capacidad de asesinar con unos grados de violencia impresionantes, o hacerlo de forma sumamente sutil», explica, en declaraciones a ABC, Blanco. Lo cierto es que la vida que este criminal pasó atentando contra la sociedad fue casi tan siniestra como sus últimos años de existencia, una época en la que perdió la cabeza y -en palabras del coautor de «Criminalia»- se pasaba el día con «una mano en el tabaco y otra en el pene, masturbándose».

Por suerte, su detención en 1971 (tras cometer su último crimen, en el que acabó con la vida de su novia mientras mantenían relaciones sexuales) hizo que la policía pudiese descubrir -interrogatorio va, interrogatorio viene- la ingente cantidad de víctimas que habían caído bajo su experto golpe legionario (el tragantón). Muchas de ellas, olvidadas por las autoridades debido a que había resultado imposible encontrar al asesino. Con todo, y a pesar de que «El arropiero» dijo haber matado hasta medio centenar de personas, la BIC (Brigada de Investigación Criminal) solo pudo establecer la relación de Villegas con siete de ellas.

Una dura infancia

La infancia de Manuel Delgado de Villegas está llena de claros y oscuros. De datos que se difuminan en el tiempo sin mayor corroboración que sus desquiciadas palabras (y a pesar de ello publicados), y de hechos irrefutables que quedaron fuera de los diarios de la época. Ejemplo de ello son los primeros días de su vida, los cuales están -en cierta forma- cubiertos por el desconcierto. «No existen datos fiables sobre su alumbramiento. Personalmente dispongo de documentos en los que se afirma que nació el 25 de enero de 1943, y otros (incluidos su DNI) que afirman que fue el 3 de diciembre, casi 11 meses después», explica Blanco. Independientemente de la importancia de esta cifra, lo que sí es fehaciente es que «El arropiero» vino a este mundo unido irremediablemente a la muerte, pues su madre Josefa falleció a los 24 años al darle a luz en el Puerto de Santa María (Cádiz).

A Villegas el mote le vino heredado de su padre, José, quien vendía de forma ambulante un dulce elaborado a base de higos cocidos (y llamado arrope) durante los meses de verano. «Ahora está prácticamente desaparecido, pero antes se compraba mucho en las ferias. Pero solo lo elaboraba durante las épocas más calurosas, el resto del tiempo se dedicaba a la chatarra», destaca Blanco. Si al trabajo de su progenitor le sumamos que, con el paso de los años, él también se dedicó a este noble empleo, es lógico que fuese bautizado como «El arropiero». Nuestro protagonista pasó sus primeras primaveras en Sevilla, en una casa hoy inexistente y que se encontraba en una zona con unas condiciones similares a las de un barrio chabolista. Su progenitor acompañó su educación de constantes golpes, algo que -sin lugar a dudas- marcó para siempre el carácter y la forma de pensar de Manolo.

«El arropiero» utilizaba el famoso tragantón para acabar con sus víctimas © Criminalia «El arropiero» utilizaba el famoso tragantón para acabar con sus víctimas

Con todo, nunca fue un niño demasiado inteligente. «Desde pequeño, “El Arropiero” demostró que rayaba la subnormalidad. Un ejemplo de ello es que, aunque fue a la escuela, no logró aprender a leer ni a escribir. Solo sabía dibujar su nombre, y francamente mal. Pero lo que si logró desde su infancia es hacerse respetar por niños y adultos usando su fuerza», añade el reportero. Y es que, si por algo llamaba la atención Villegas, era por su gran capacidad muscular. «Tenía un cerebro pobre, pero lo compensaba con una fuerza sobrehumana. Años después tuve la oportunidad de verle en el psiquiátrico penitenciario de Carabanchel destrozar con sus propias manos unos botos camperos partiéndolos con las manos. Casi para hacer un número en el circo. Desde niño ya demostró esta fuerza física», destaca Blanco.

Todo ello, por cierto, acompañado por rasgos que le convertían en todo un personaje. «Tenía un gran problema, y es que padecía de un cierto tartamudeo que, aunque no se le notaba en principio, era evidente cuando se ponía nervioso o se excitaba. Además, los que lo conocían desde su infancia dijeron que era un niño del que no podías fiar», completa el periodista. Lo cierto es que tampoco le ayudó en su estabilidad emocional el que su padre, José, le mandara a Mataró (al otro lado de España) a vivir con su abuela debido a que no contaba con el dinero necesario para mantenerle. Como en una coctelera, estos factores se acabaron uniendo para dar como resultado un carácter inestable y una actitud violenta que se exacerbaría con el paso de los años.

Sexo por dinero

«El arropiero» vivió en Mataró hasta los 18 años cuando -mayoría de edad mediante- ingresó en la Legión con el objetivo de huir de la miseria que le perseguía desde su infancia. Y no fue lo único que se llevó consigo pues, como bien dejó por escrito la también periodista de sucesos Margarita Landi en sus múltiples textos de la época, en el ejército también aprendió un movimiento de kárate con el que segó varias vidas posteriormente: el tragantón. «Era un golpe dado con el canto de la mano en el cuello que oprimía la glotis y producía la muerte por asfixia», añade el antiguo director de «El Caso». Para terminar, durante sus meses como militar también empezó a fumar grifa, una costumbre que mantuvo durante muchos años.

Parece que esta última costumbre le acabó costando literalmente cara, pues se vio obligado a empezar a ganar un dinero extra de dos formas. La primera, curiosamente, le vino favorecida por una sexualidad sumamente precoz y por una dolencia médica. «Desde pequeño tuvo un problema que le hizo tener éxito tanto con hombres como con mujeres: padecía de anaspermatismo. Es decir, que no eyaculaba nunca y que podía mantener una erección durante horas. Eso le permitió ganarse la vida como chapero (tanto con hombres como con mujeres) o actuando como chulo proxeneta con alguna prostituta que estaba encantada con los servicios que luego le realizaba. Además, estaba muy bien dotado», destaca Blanco.

La segunda forma fue vender su sangre en clínicas privadas. «Había centros que pagaban por una donación hasta 600 pesetas cada vez. En “El Caso” averiguamos en exclusiva que vendió su sangre en más de 1.000 ocasiones. Casi todas las semanas durante tres años colocó 400 centímetros cúbicos. Eso le permitió sobrevivir», destaca el reportero. A partir de este momento el destino de Villegas quedó oculto en la España de los 60. De hecho, lo que se ha conseguido saber sobre su persona ha sido elaborado mediante un curioso puzle formado por los crímenes que él mismo dijo haber perpetrado y que han podido ser corroborados de una forma u otra.

Los primeros asesinatos

El primer asesinato que, según las autoridades españolas, cometió «El arropiero» se sucedió en la playa de Llorach -ubicada en Garraf, Barcelona-. Se desconoce qué sucedió en la cabeza de Villegas para llevarlo a cabo, pues fue totalmente gratuito y no le reportó más que unas míseras monedas. Tal y como explicó Landi en su artículo «El siniestro “Arropiero”», nuestro protagonista andaba caminando el 21 de enero de 1964 sin rumbo cerca de la costa cuando se percató de que había un hombre durmiendo sobre un muro bajo con una chaqueta cubriendo su cara. El susodicho era Adolfo Folch Mintaner, un cocinero que había acudido a la zona en busca de dos baldes de arena con los que poder limpiar la grasa de las cacerolas que había utilizado.

Noticia de ABC sobre el arropiero. © Diario ABC Noticia de ABC sobre el arropiero.

«[“El arropiero”] explicó que se aproximó a él procurando no hacer ruido y, desde encima del muro de ladrillo, alargó el brazo y le golpeó fuertemente con una piedra», determina Landi. La muerte del cocinero fue instantánea y, por desgracia, ni la vio venir. El resultado del asesinato lo desveló Villegas posteriormente en declaraciones a las autoridades: «Todo por un poco de dinero. Muy poco, y un reloj de níquel por el que apenas saqué unas pesetas». Tal y como declaró posteriormente, también le robó su documento de identidad y «la fotografía de una señora con gafas con una niña». Según se descubriría a la postre, la esposa y la hija del fallecido. Fue su primer asesinato reconocido. «Le mató sin siquiera verle la cara y de forma rápida, mientras que -a otros casos- lo hizo violentamente. Esta forma tan diferente de matar por un motivo o por otro le convierten en único», completa Blanco.

Tras atrapar a «El arropiero», las autoridades no tardaron en probar que sus manos habían acabado también con la vida de Venancio Hernández Carrasco, un vecino de Chinchón cuyo cadáver apareció flotando en el río Tajuña el 20 de julio de 1968. Según determina el criminólogo Francisco Pérez Abellán en varios de sus artículos sobre este personaje, aquel día la víctima cometió el error de salir de casa para pasear por un viñedo de su propiedad. Durante el trayecto se encontró a nuestro protagonista quien, según parece, le detuvo y le pidió algo para comer. ¿La respuesta de Carrasco? Le dijo que se fuera al infierno y que trabajase para poder llevarse alimentos a la boca. Fue su segundo gran error del día, pues Villegas se sintió ofendido y acabó con él mediante su famoso tragantón. Posteriormente, arrojó su cadáver a las aguas.

Con todo, esta fue la versión oficial de lo ocurrido. Curiosamente, «El arropiero» explicó en principio otra muy distinta a las autoridades. «Afirmó que Carrasco estaba intentando abusar de una niña y que él tuvo que liberarla golpeándole con una rama multitud de veces para, finalmente, arrojarle al Tajuña, donde murió ahogado», añade Blanco. Así explicó Landi la versión del criminal de su asesinato: «[El arropiero] dijo que en Madrid mató a un hombre de unos sesenta años porque le vio en un pueblo cercano “por donde pasa un río” cuando iba en compañía de una niña a la que trató de violar, y sintió tal indignación que cogió la rama de un árbol, corrió hacia él y le golpeó en la cabeza».

Un crimen sexual

En 1969, y tal y como se demostró posteriormente, Villegas cometió uno de sus crímenes sexuales más recordados. Todo ocurrió en la madrugada del 4 de abril en Barcelona. La víctima fue Manuel Ramón Estrada Saldrich, un acaudalado empresario propietario entonces de Muebles La Fábrica. «Estrada solía reclamar los servicios sexuales de “El arropiero”, que no tenía problemas en prestarlos por igual a hombres y mujeres. El problema es que, aquella noche, Villegas le dijo a su cliente que tenía que subirle los emolumentos de 200 a 300 pesetas. Estrada se negó y fue entonces cuando “El arropiero” cargó contra él», explica el cofundador de «Criminalia» en declaraciones a ABC.

La forma de acabar con su vida fue totalmente bárbara. «”El arropiero” arrancó la pata a una silla y la emprendió a golpes contra su víctima. Del número de golpes que le dio, el cadáver quedó absolutamente inidentificable. Al final le metió la pata por el ano, le robó la cartera y el dinero, y se fue», determina Blanco. En palabras de Landi, dos mujeres de la limpieza encontraron a la víctima posteriormente y llamaron a las autoridades. Estas llevaron a Saldrich hasta el hospital, donde dejó este mundo sin que se pudiese hacer nada con él. El crimen, en su momento, conmocionó a la sociedad.

La repetida violación de un cadáver

A pesar de la cantidad de barbaridades que Villegas cometió a lo largo de su vida, la más brutal fue la que perpetró en noviembre de 1969. La tragedia se sucedió en Mataró durante uno de los vagabundeos de «El arropiero», y la víctima fue Anastasia Borella Moreno, una anciana de 68 años que medía 1,40 metros de altura y pesaba escasamente 40 kilos. Aquel día, como en su mayoría, esta señora estaba ataviada con un vestido negro y un pañuelo del mismo color. Ambas prendas cubrían su cuerpo de las inclemencias del frío de la noche, pues la mujer regresaba a su casa habitualmente entre las 12 y la una de la mañana tras haber trabajado horas y horas lavando platos en un bar.

El crimen ocurrió el 23 de noviembre. «”El arropiero”, que entonces estaba en Mataró, decidió que quería yacer con una mujer. La suerte quiso que, a las doce y cuarto de la noche, se tropezara con Anastasia. Se acercó a ella y, tras recoger un ladrillo, le pegó un golpe en la cabeza por detrás. Tras matarla la cogió en brazos, la llevó hasta una riera cercana que tenía doce metros de altura y lanzó el cadáver al fondo. Cuando bajó la anciana estaba muerte. Se le habían salido el húmero y los huesos de la pantorilla», señala Blanco.

Escenario de uno de los crímenes © Criminalia Escenario de uno de los crímenes

«El arropiero» empujó entonces el cadáver de Anastasia, totalmente desfigurado, hasta la parte inferior del pequeño puente e hizo algo totalmente repugnante. «Violó el cadáver. Un cadáver que estaba en un riachuelo, lleno de barro, heridas... Con ese panorama él, que era un necrófilo, culminó el acto sexual», destaca a ABC el antiguo director de «El Caso». Posteriormente buscó algo con lo que tapar los restos de la mujer y encontró un trozo de plástico azul con el que cubrió lo que quedaba de la pobre anciana. Después puso unas piedras encima para evitar que se volara y dejase a la vista el cuerpo, y se fue. No obstante, todavía no había terminado su macabra obra. «Durante las siguientes cuatro jornadas quitó el plástico azul y volvió a tener acceso carnal con el cadáver de esa mujer a diario», añade el experto.

Al final, se vio obligado a abandonar aquel cuerpo en descomposición cuando el plástico llamó la atención de unos niños que jugaban en la zona y que, tras investigar, acabaron descubriendo el cadáver. Fue el final de la tétrica relación entre Villegas y lo poco que quedaba de Anastasia. «La necrofilia es una de las perversiones con menor número de adeptos, aunque no se les pueda llamar así. Quienes tienen este tipo de perversión son personas con un grave deterioro mental. En su caso era una de sus perversiones favoritas. La mayor parte de las veces no le interesaba violar a las mujeres con anterioridad, sino después de muertas», completa el experto en declaraciones a este diario. Este asesinato atormentó a la policía durante meses hasta que, tras atrapar a Villegas, confesó.

«Quería una felación»

Después de violar repetidas veces el cadáver de la anciana, Villegas se marchó hasta el Puerto de Santa María (en Cádiz), donde cometió su siguiente asesinato reconocido. Nuevamente, la autoría de este crimen solo pudo averiguarse cuando el mismo «Arropiero» lo reconoció, pues anteriormente el suceso tenía desconcertada a la policía. En este caso, la víctima fue Francisco Marín Ramírez, un joven sumamente cultivado y listo que, a pesar de morir a manos del tragantón, fue uno de los pocos amigos de Villegas a lo largo de su vida. Como señala Landi, ambos se habían conocido en plena calle, mientras nuestro protagonista trataba de conseguir un dinerillo vendiendo arropias. Después de este primer acercamiento, esta extraña pareja quedó en verse posteriormente para conocerse mejor.

«Llegaron a intimar bastante, cosa extraña en el joven, que era introvertido, muy tímido y poco dado a hacer amistades. Francisco padecía aguda miopía y quizá ese defecto fuera la causa de su acusada timidez, de su aislamiento y de su “temor” a las mujeres», añade Landi. El por qué Francisco y Manolo llegaron a ser tan amigos es una cuestión que, a día de hoy, sigue siendo desconcertante. Sin embargo, Blanco es partidario de que ambos tenían más que una amistad: «Francisco era homosexual y ambos mantenían relaciones sexuales. Los dos salían habitualmente a dar paseos y buscaban un lugar apartado en el que estar juntos de forma íntima». Lo cierto es que hacían una curiosa pareja, pues el primero era dominante y sádico y el segundo, por el contrario, dócil y deseoso de recibir atención de quien fuese.

Su relación duró hasta el 3 de diciembre de 1970, cuando salieron a dar un paseo en moto. Al parecer (aunque las teorías son varias) fue entonces cuando Francisco le pidió al «Arropiero» algo que molestó muchísimo a este: que le hiciese una felación. «Si había algo que pusiera frenético a Villegas era que le pidiesen hacer una felación o un cunnilingus. Ese tipo de proposiciones las consideraba actos contra natura. Acostarse con un cadáver lo veía bien, pero lo otro eran guarrearías. Cuando se las pedían se enfadaba mucho», determina el coautor de «Criminalia». «El arropiero» se enfadó tanto que paró el vehículo y le dio un tragantón al chico, que perdió la respiración por momentos.

Recorte de la noticia. © Diario ABC Recorte de la noticia.

Desesperado, Francisco pidió a Villegas que le llevase hasta un rio cercano para refrescarse. Nuestro protagonista aceptó, pero al llegar allí (y según explicó posteriormente el mismo «Arropiero» a las autoridades) el joven se sintió mejor y le volvió a hacer proposiciones indecentes. La respuesta del asesino fue arrojarle por un puente. «Cayó boca abajo y quedó inmóvil. Yo bajé en su busca, pero como mis pies se hundían en el fango no quise acercarme más y me fui. Al día siguiente volví y me extrañó mucho no encontrarle», declaró después Manolo. Al final, por una causa o por otra, el joven murió. Posteriormente, su cuerpo fue hallado y, tras hacerle la autopsia, se desveló que había muerto por culpa de un golpe de artes marciales.

El asesinato final

Fue en enero de 1971 cuando, también en el Puerto de Santa María, se sucedió un crimen que puso sobre la pista de Villegas a las autoridades. Y es que, fue el día 18 cuando se denunció la desaparición en comisaría de una tal Antonia Rodríguez Relinque. Una mujer de 38 años con cierto retraso mental que era conocida en la región por ofrecer su cuerpo a todo aquel que lo desease. Como era habitual, la policía empezó a investigar y no tardó en enterarse de que la extraviada se había marchado el día anterior con su nuevo novio. Un hombre que no gustaba demasiado en el pueblo por parecer peligroso y que, según decían, pegaba a la chica habitualmente. El nombre del joven no dijo nada a los agentes, pues anteriormente no habían oído hablar de él: Manuel Delgado Villegas.

En este caso, «El arropiero» no pudo esconderse de la justicia. La policía cayó sobre él y le llevaron a comisaría donde -tras horas y horas de interrogatorios- terminó confesando todo. Manolo contó que llevaba algún tiempo viendo a Toñi (como solían llamarla) y que ambos habían acudido el día 17 a un bosque para mantener relaciones íntimas. Unas relaciones casi enfermizas, por cierto. «La pareja era perfecta en lo que se refiere a las perversiones sexuales. A él le gustaba ejercer la violencia mientras se acostaban, y a ella que le pegaran. Así que se compenetraban perfectamente», determina Blanco.

Manuel Delgado Villegas junto al policía Salvador Ortega © Criminalia Manuel Delgado Villegas junto al policía Salvador Ortega

Los agentes le instaron a visitar esa zona y, al llegar, el grupo se topó con el cadáver de la mujer. El cuerpo tenía marcas alrededor del cuello, por lo que quedó claro que había sido estrangulado con sus propios leotardos. «Recurrían al estrangulamiento habitualmente para excitarse mientras hacían el amor. Pero, en este caso, Villegas no se detuvo y la mató. No paró, como solía. También descubrieron que en los días siguientes volvió para mantener relaciones sexuales con el cadáver. Contó todo esto sin inmutarse y como si fuese la cosa más normal del mundo», completa Blanco.

Después de descubrir que Villegas había cometido este crimen, la policía le interrogó para saber si había asesinado a más personas. La actitud del «Arropiero» cambió entonces repentinamente. Y es que, afirmó que había cometido un total de 48 crímenes a lo largo y ancho de Europa. Desde París hasta Italia, dijo haber matado a todo tipo de mujeres que le pedían sus favores sexuales, pero que no le gustaban. La policía, con todo, únicamente pudo corroborar los que hemos explicado en este texto. Y después de hacer todo tipo de viajes con él a los diferentes lugares del crimen (los cuales fueron interpretador por Manolo como vacaciones pagadas). El resto quedaron ocultos por la incertidumbre. «El Arropiero» pasó sus últimos días de psiquiátrico en psiquiátrico después de que se determinase que padecía una severa enfermedad mental.

El asesinato que pudo no ser

En uno de los interrogatorios que se llevaron a cabo a partir del año 71, la policía logró que «El arropiero» desvelara que había cometido un crimen acaecido en junio de 1967 en una casa de Ibiza: el asesinato de una joven extranjera llamada Margaret Helene Boudrie. La chica había aparecido muerta completamente desnuda y con un ojo amoratado. Hasta entonces, este asesinato no había sido resuelto. Tan solo se había acusado de él a un joven que había acudido con ella a la casa y que, según dijo, había salido de allí cuando ella se negó a mantener relaciones sexuales.

«El 27 de junio del 67 apareció en una zona llamada Camp Plana, a cinco kilómetros de la capital ibicenca, el cadáver desnudo de una estudiante francesa. Había fallecido por una mezcla de factores: un supuesto consumo de drogas, un grado importante de estrangulación y una puñalada que tenía en la espalda. La Guardia Civil descubrió que había acudido al chalet deshabitado en compañía de un joven norteamericano. Tras haber ingerido grandes dosis de LSD, el joven intentó consumar sus deseos sexuales con la estudiante, pero ella se negó. Toda la defensa que tenía este estudiante era que, como se negó, él abandonó el lugar. Fue detenido, estuvo en prisión preventiva 11 meses. Fue juzgado y declarado inocente por falta de pruebas», añade Blanco.

Al final, Villegas confesó el asesinato de la francesa. Contó que, cuando iba dando vueltas buscando alguna casa con una ventana abierta para robar, comprobó que de una mansión salía un joven y que dejaba la puerta abierta. Pensó que se trataba de un ladrón y que podría aprovechar «lo que hubiera quedado para» él. Allí se encontró a la joven dormida en la cama. Según declaró, «cuando la desperté, enseguida se me entregó, pero luego me exigió cosas que no me gustaron y la maté»

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