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¿Crecer, sin crecer en PIB?

El Mundo El Mundo 01/06/2014 JORDI SEVILLA

Más allá del agobio por la actual situación económica hay mucha gente que, desde hace mucho tiempo, viene cuestionando el sentido de un modelo de crecimiento económico basado en un incremento permanente del PIB, ante cuyo altar estamos dispuestos a sacrificar desde el futuro del planeta, hasta el sentido de la propia vida humana interpretada, en su faceta de mano de obra, como la variable de ajuste del sistema. Viendo las imágenes del asalto recurrente a la valla de Ceuta y Melilla por parte de inmigrantes subsaharianos ¿podemos decir, de verdad, que, para nosotros, todos los seres humanos son iguales?; o, analizando las causas de la reciente crisis financiera, ¿se puede defender racionalmente la maximización de beneficios privados como elemento único de un orden económico sostenible?; o conociendo los problemas de salud causados por los excesos alimenticios en el primer mundo, ¿sabemos cuánto es materialmente suficiente?

De todo esto debatimos un grupo multidisciplinar de personas convocados, en los Diálogos en la Granja, por una empresa tan sorprendente e interesante como su nombre: «Quiero salvar el mundo haciendo marketing». Aunque el debate sobre la compatibilidad entre crecimiento y desarrollo sostenible, está presente en la agenda de Naciones Unidas desde el año 2000, la preocupación es mucho más antigua. Hasta el siglo XVIII, el crecimiento económico es un cisne negro asociado a algo extraordinario e imprevisible como el clima, un nuevo invento, un descubrimiento geográfico, una conquista bélica... De hecho, debemos recordar que el libro de Adam Smith con que formalmente se inicia la economía como saber articulado es, precisamente, una indagación sobre el origen de la riqueza, es decir, una explicación sobre un fenómeno nuevo, asociado a la industrialización, como fue el crecimiento económico. En un mundo agrícola estancado, un país, Inglaterra, empieza a crecer haciendo necesario entender las causas de dicho comportamiento atípico. Hoy, por el contrario, lo que requiere explicación es conocer las razones por las que algunos países no crecen, o lo hacen mucho menos que otros.

En el pensamiento económico ha predominado, hasta hace apenas cincuenta años, la convicción de que todo crecimiento tiene límites, frenos que actúan automáticamente hasta llevarlo, a largo plazo, a un nuevo estado estacionario. Algunos vinculados a la relación entre población y alimentos (Malthus); otros relacionados con limitaciones en los avances tecnológicos (Keynes) y, aún otros, por los límites impuestos por la nave espacial Tierra en términos de recursos naturales escasos (Club de Roma) o incapacidad para deshacerse de los efectos secundarios del crecimiento (polución, residuos, calentamiento global). Sólo recientemente, de la mano de una permanente revolución tecnológica que, unida a importantes cambios institucionales en las reglas de juego de la economía mundial, mejoran de forma continua la productividad del sistema, hemos vuelto a instalarnos en la idea aparente de que el crecimiento continuo es posible. De esa manera, hemos ido descargando sobre dicho crecimiento la solución a casi todos los problemas sociales e, incluso, individuales, desde el empleo, hasta el bienestar, pasando por la equidad social. Es tal la dependencia que hemos generado del crecimiento económico que cuando, como ahora, no lo tenemos durante unos pocos trimestres, somos incapaces de afrontar los problemas sociales que se derivan de ello porque nos hemos quedado sin instrumentos alternativos articuladores de convivencia.

Todo el pacto social existente que fundamenta nuestra sociedad y, a menudo, el sentido de nuestras vidas individuales dependientes de tener o no un empleo, parece girar en torno a que el PIB crezca cada año y todos los años. Por tanto, hay, al menos, dos preguntas que resultan muy pertinentes: ¿Es el PIB la medida adecuada del crecimiento? ¿Es deseable un crecimiento ilimitado del PIB, aunque fuera posible? El PIB sólo mide transacciones monetarias que hayan tenido lugar en el mercado, dejando al margen aspectos fundamentales para el bienestar humano como la economía doméstica, componentes redistributivos u otros valores esenciales como la libertad, o la justicia que no disponen de valoración de mercado. Además, el PIB sólo mide flujos de renta e ignora el impacto de las actividades productivas sobre los stocks, incluidos los recursos naturales. Es decir, el PIB deja al margen aspectos fundamentales a la hora de evaluar el bienestar social y su sostenibilidad a lo largo del tiempo. Constatar las limitaciones del PIB como herramienta de medición del progreso social significa constatar que tomar decisiones que persigan el bienestar y el progreso de las personas, basándose exclusivamente en la evolución del PIB, puede conducir a errores sistemáticos.

Más allá del debate sobre sus límites, se plantea la deseabilidad de un crecimiento ilimitado, como patrón ideal de conducta para una sociedad avanzada: ¿debemos sacrificarlo todo, incluido el empleo de muchos, para poder disponer de cada vez más y mejores bienes y servicios? ¿No es preferible maximizar la felicidad de las personas, que el valor accionarial de las empresas? Este debate se plantea vinculado al desdoblamiento que se produce en los objetivos del sistema económico entre satisfacer necesidades (que pueden objetivarse entre básicas y no básicas) y satisfacer deseos, por definición, ilimitados o susceptibles de crearse. Por último, ¿Es el crecimiento ilimitado una patología o una característica intrínseca del capitalismo? Hasta qué punto, un sistema económico social basado en los principios del capitalismo, produce de forma inevitable un crecimiento económico ilimitado, con todas sus ventajas (posibilidad de reducción de la pobreza etc.) pero, también, con todos sus inconvenientes (sostenibilidad). Dicho de otra manera, ¿hasta qué punto, cualquier modelo de crecimiento alternativo (crecer, sin crecer en PIB) sólo es posible como una severa corrección a las actuales instituciones básicas del capitalismo? ¿Puede poner eso en peligro las conocidas ventajas asociadas con el crecimiento capitalista?

Como ven, de vez en cuando, conviene poner las luces largas. Y, entonces, sobresale una responsabilidad social de las empresas, a la altura de su creciente protagonismo en el crecimiento económico global. ¿Necesita el capitalismo una refundación, como dijo Sarkozy? ¿Se está haciendo de la mano de modelos alternativos de negocio, englobados en la economía colaborativa? Lean las conclusiones del debate en

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