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¿Señales de humo o incendio?

El Mundo El Mundo 07/06/2014 JORDI SEVILLA

Sería injusto señalar sólo las amenazas que acechan al momento económico, negando los cambios positivos experimentados por la economía española. Pero es peligroso negar los riesgos, bajo una edulcorada narración de lo existente, como si sólo faltara dejar pasar el tiempo para que el crecimiento vaya cogiendo robustez. La expectativa generada esta semana por las medidas expansionistas anunciadas por el BCE, demuestra las dudas existentes sobre la solidez de la recuperación europea y española. Hay datos todavía contradictorios y, según los analicemos, pueden interpretarse como señales de humo que anuncian una mejora, o como un amenazante incendio.

© Proporcionado por elmundo.es

Por ejemplo, la Contabilidad Nacional del I trimestre. Si en lugar de analizar los datos en términos constantes lo hacemos a precios corrientes, es decir, incorporando la inflación, la variación anual del PIB pasa del 0,5% al -0,1%. Es decir, medido como lo vivimos los ciudadanos, en lugar de crecimiento, tenemos decrecimiento. Si analizamos los datos en relación con el trimestre anterior, el crecimiento del 0,4% se explica por un espectacular incremento del gasto público, equivalente al 4,4%, cosa que se transforma en un decremento del -0,2% respecto al mismo periodo del año anterior. Por tanto, ¿ha subido el consumo público en este trimestre o ha bajado? Pues depende... de con cuando lo comparemos.

Lo mismo ocurre con el consumo privado de las familias convertido en verdadero motor de la recuperación (el gasto, no la austeridad, es lo que hace aumentar el PIB): respecto al trimestre anterior, el consumo de los hogares crece un modesto 0,4%, bajando incluso del anterior 0,5%, pero se convierte en un poderoso 1,6%, si lo comparamos con lo ocurrido en igual trimestre del año anterior. Si tenemos en cuenta que la inflación sigue muy baja, ¿con cuanta fuerza está creciendo el consumo privado? ¿Qué perspectivas hay para los próximos trimestres, dada la precariedad del empleo que estamos creando, las dificultades que todavía tienen las familias para acceder al crédito bancario y el escenario previsible de congelación salarial? Es cierto que la confianza de los consumidores se está recuperando hasta niveles previos a la crisis. Pero ¿será esto suficiente sin mejoras apreciables en la renta disponible de las familias? Desde un punto de vista macroeconómico, la anunciada bajada de impuestos ¿será una medida de estímulo del consumo privado, aunque afecte negativamente al déficit público, sin nuevos recortes del gasto?

Con los datos del paro ocurre algo similar. Y no me refiero a la tradicional discrepancia entre el paro medido por la EPA y el paro registrado en el Servicio Público de Empleo, sino a que el tipo de empleo que estamos creando es tan precario (solo un 4% de los contratos son fijos y a jornada completa), que afecta incluso a la forma de medirlo. Así, la misma creación de empleo que refleja la bajada en el paro registrado y a la que se agarra el Gobierno, medida en términos de la Contabilidad Nacional, es decir, transformada en puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo, es distinta: en el primer trimestre todavía se ha destruido empleo, sumando -55.000 en el último año. ¿Sube o baja el empleo, si lo comparamos de forma homogénea? De nuevo, depende. Lo que sí parecen decir los datos es que medidas altamente publicitadas, como la nueva tarifa plana en cotización social para crear empleo indefinido, están muy lejos de ser un éxito. Dado que la economía española es intensiva en capital, que solo hemos sido capaces de alcanzar la tasa media de paro de la Unión Europea empujados por la burbuja inmobiliaria y que la mejora deseable y previsible en nuestra productividad deberá basarse en más inversión tecnológica, la duda sobre nuestra capacidad para crear empleo en cuantía suficiente y en condiciones dignas, no es baladí.

Una reflexión parecida se puede hacer sobre las cuentas públicas. Más allá de los titulares reconfortantes sobre el cumplimiento de unos objetivos de déficit muy revisados previamente al alza por Bruselas, resulta difícil afirmar que estemos resolviendo nuestros problemas de fondo. Los mismos problemas que nos han llevado a no tener superávit presupuestario desde hace treinta y cinco años, excepto en los dos años previos a la crisis y al calor de los ingresos fiscales extraordinarios vinculados al ladrillo, siguen vigentes. Una simple comparación entre los déficits del Estado Central entre 2011 (-5,27% del PIB) y 2013 (-5,49%) evidencia las dificultades, sobre todo si tenemos que en cuenta que en el mismo periodo, de apenas dos años, la deuda pública ha subido treinta puntos porcentuales de PIB hasta situarse próxima al 95% del PIB por primera vez en nuestra historia.

En ese contexto tal vez se entienda mejor las dudas expresadas, tanto por la Comisión Europea como por el FMI, respecto a las anunciadas rebajas impositivas en IRPF y Sociedades, cuando todos recomiendan, incluso el Informe de los expertos del Gobierno, rebajar en su lugar cotizaciones sociales a cambio de subir IVA y otros impuestos sobre la riqueza. Fiarlo todo a la recuperación cíclica en los ingresos y embarcarnos en una operación con tufillo electoral, puede resultar una operación de alto riesgo a medio plazo. Sobre todo, frente a la alternativa de cambiar el modelo de devaluación interna, pasando de bajar costes salariales a hacerlo con costes no salariales.

Son sólo ejemplos de lo fluido de la coyuntura económica. Podríamos extenderlo al déficit comercial con que ha cerrado el primer trimestre sin que ninguno de los ministros que repitieron, por todos los medios, el superávit de hace unos meses, haya dado explicaciones ahora. Estamos saliendo de la recesión, pero no de la crisis. Y dos cosas tenemos que tener claras a estas alturas: para salir de la crisis hace falta rectificar mucho de lo hecho y lo dicho y, dos, con las medidas adoptadas, estamos haciendo imposible un modelo de competitividad basado en calidad y valor añadido. Por tanto, habrá que ver los datos, trimestre a trimestre, sin cantar todavía victoria. No por derrotismo, sino por elemental prudencia.

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