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¿Se encuentra usted bien, señor Crumb?

El Mundo El Mundo 04/06/2014 JOSÉ FAJARDO

"Siempre he temido hacer el ridículo. Tenía la esperanza de gustarle a bastante gente para poder ganarme la vida con esto. Cuando publiqué mis dibujos por primera vez, en 1968, vivía de la ayuda social (...). En esa época iba todos los días hasta las cejas de LSD". Quien habla es el dibujante de cómics Robert Crumb (1943, Filadelfia), un tipo con fama de misántropo, rarito y encerrado en sí mismo. La declaración es sólo un extracto de las cinco entrevistas publicadas entre 1984 y 1995 en la revista 'The Comics Journal', que ahora por primera vez se pueden leer en castellano en 'R. Crumb: Entrevistas y Cómics', gracias al esfuerzo de la editorial y la traducción de Josep Borillo y el equipo de la Universidad Jaume I.

El valor de este volumen para el aficionado a personajes como 'Fritz The Cat' y 'Mr. Natural' es inmenso: Crumb se sincera como nunca antes ni después con su colega Gary Groth, editor y crítico, considerado uno de los tipos más influyentes del noveno arte en Estados Unidos. A través de varios encuentros (el libro tiene más de 300 páginas, en las que se intercalan cinco series de viñetas que recorren su trayectoria), el padre fundador del 'comix underground', icono de la contracultura que tuvo su punto álgido en el San Francisco de finales de los 60, se destapa como un "genio impredecible, de temperamento artístico errático", que derrocha humildad, franqueza y un muy particular "humor modesto".

El ascenso a la fama del pringado del colegio

Robert Crumb creció en un ambiente familiar problemático: un padre alistado en la Marina, una madre adicta a la anfetamina, "la típica familia de clase media baja"... "Siempre podíamos refugiarnos [él y sus hermanos] en el maravilloso mundo loco de los cómics". Sobre su obra, explica que "es el resultado de una necesidad abrumadora de compensar el rechazo social". Insiste en ese ánimo de vengarse de la sociedad, en el poso de la amargura que dejaron las humillaciones sufridas cuando era pequeño. "Muchas veces pensaba en suicidarme". "Tuve suerte de no encajar", afirma, "pues así desarrollé mi propia individualidad".

"Empecé a tomarme realmente en serio lo de dibujar cuando tenía 16 años". "Creo que estoy bastante loco, pero lo vierto todo en mi trabajo. Es la forma que tengo de encasquetárselo al público". ¿Por qué se hizo tan popular? "Porque representaba las ideas que mucha gente tenía en la cabeza". "A finales del 68, ya no sabía qué me estaba ocurriendo. Era joven, tenía unos 24 años cuando pasó todo esto, y de repente mi teléfono sonaba continuamente. Estaba todo el movimiento hippie y los buitres caían en picado para llevarse la presa. Todo lo de los cómics era parte de esto". ¿Y qué es lo que más le gusta de su trabajo al Sr. Crumb? "Cuando, a veces, mi imaginación era completamente libre y podía expresar exactamente lo que había dentro de mí".

En lugar de disparar preguntas, Gary Groth muestra su pericia como entrevistador y su cercanía al personaje con comentarios bien afilados: "Tiendes a dibujarlo todo como si estuviera corroído, atrofiado o retorcido. Incluso a ti mismo. En términos grotescos. Acentúas los rasgos menos atractivos". Responde Crumb: "Pretendo huir del escapismo de la perfección y los héroes". De ahí esa necesidad de retratar "la angustia, las cosas negativas, el corazón. Por eso me gustan los pintores holandeses y flamencos". Admira a Brueghel, "porque no idealiza nada, es como una fotografía de aquella época", y rechaza el Renacimiento italiano, a Miguel Ángel. "Todo ese grácil tono muscular no me aporta nada".

¿Y el arte español? "Picasso es un tipo al que envidio. O Salvador Dalí. Eran dueños de sí mismos y los tenían a todos muertos de miedo. Hacían lo que querían, conseguían lo que querían, tuvieron mucho éxito y además hacían magníficas obras de arte". También reconoce el artista influencias sin aparente conexión: de Charles Bukowski al "blues de 78 revoluciones", de Kerouac ('En el camino', el rollo de lo vagabundos) a dibujantes como Harvey Pekar, los hermanos Gilbert y Jaime Hernández, la revista 'Mad' y Harvey Kurtzman, la obra "retorcida y perversa" de Rick Trembles e incluso autores más jóvenes como Julie Doucet, Seth y Daniel Clowes.

Explica por qué rechazó trabajar para 'Playboy' (las intromisiones editoriales de Hugh Hefner) y cómo le cede la dirección de su revista 'Weirdo' a "cierto tipo de 26 años que acaba de iniciarse en el mundillo", un tal Peter Bagge. Se habla de sus fotonovelas, elaboradas con poquísimo presupuesto y de forma alocada, y de la época en que los originales suyos se vendían por 400-500 dólares la página en la galería Modernism de San Francisco.

"A mí me fascina lo que está ocurriendo y lo reflejo en mi trabajo", asegura Crumb, para quien la inspiración surge a partir de "la acumulación de tu vida según te vas haciendo mayor". El artista reconoce su paupérrima formación: "Nunca fui un buen dibujante. Todavía tengo que esforzarme para que una mano esté bien hecha. ¿Dónde está la articulación en este maldito dedo? Tengo que mirarme la mía cada vez que dibujo una puta mano". "Hay todo tipo de torpezas en mis dibujos, especialmente durante la época en la que me drogaba mucho".

Robert y los vicios

Para Robert Crumb no hay mayor placer que dibujar: "Si paso unos días sin dibujar, me deprimo. La vida se convierte en un completo sinsentido. Estoy tan colgado de todo ese rollo que no soy nada si no dibujo". Hay otro vicio, el de las drogas, que ejerce una influencia tremenda en su obra: "Todo el material de finales de los 60 estuvo inspirado por el LSD. Es evidente que las visiones y actitudes que tuve como resultado de tomar esa droga alteraron mi trabajo de una forma radical". "Mi trabajo habría sido diferente sin LSD, más serio. Quizá nunca habría entrado en esa fase ridícula de caricaturas, en la que básicamente volví a dibujar con el estilo de Popeye, Basil Wolverton o Snuffy Smith".

El sexo, sus "dibujos guarros", es otra constate: "Recuerdo cuando tenía unos cinco años y empecé a sentirme muy atraído sexualmente por Bugs Bunny". Su repentino ascenso a la fama le puso en contacto con ciertas mujeres "accesibles": "Allí estaban, a mi disposición, todas aquellas ex-animadoras presumidas"; "ser famoso hace milagros con las mujeres". Sus perversiones las trasladó al papel en series como 'Big ass' o "Aline 'n Bob's funtime funnies', donde practica diversas perrerías junto a su mujer, Aline Kominsky, con la que vive desde 1991 en Sauve, una región del sur de Francia.

No esquiva el autor su choque con las feministas: "He madurado y evolucionado y admito que era sexista, machista". "A mí me gustan las mujeres fuertes e independientes. Me siento atraído por mujeres fuertes físicamente, más fuertes que yo". En 1971, publicó unas viñetas como respuesta a las críticas vertidas contra su obra: "¿Os gustaría que dejara de descargar mi rabia sobre el papel? ¿Es lo que os gustaría que hiciera, mujeres santurronas e indignadas, pobres zorras perseguidas, oprimidas y burguesas? ¿Preferirías que saliera a la calle y violara a niñas de 12 años? ¿Sería eso mejor?".

Su feroz ironía y falta de tacto se compaginan con su ansia de libertad, tanto artística como de pensamiento: "Una revelación sincera de lo que realmente pasa por la mente de la gente sobre el sexo es siempre más interesante que algo que intenta meramente complacer a un mínimo común denominador". "Si realmente hay algo, debería estar en el papel. Mejor plasmarlo en papel que reprimirlo y sacarlo en forma de acción violenta y furiosa en el mundo".

Religión, racismo e ideología

El documental 'Crumb' (1994), que grabó su amigo Terry Zwigoff (el mismo que adaptó al cine la novela gráfica 'Ghost world' de Daniel Clowes, en 2001), muestra a un individuo perseguido por los fantasmas de la misantropía, el racismo y la misoginia. "Si hay una cosa que odie más que a las mujeres son los hombres", afirma. Y le preocupa más bien poco que cuando suelta un "odio a los negros" (en la serie 'Why I hate modern America') la gente pueda entender su componente de sátira social o se lo tome en serio. Incluso Art Spiegelman ('Maus') llegó a reñirle por sus caricaturas sobre los judíos. "Si alguien se toma eso al pie de la letra, o es que es un idiota o un lunático como una casa".

Tampoco tiene bonitas palabras sobre la religión: "La mayoría de los palurdos que pertenecen a cualquier grupo religioso siguen a una panda de charlatanes. Simplemente les manipulan". Aunque sí se reconoce identificado (al menos, en su juventud) con ciertas corrientes contraculturales: "La única vez que empecé a sentir que quizá formaba parte de la cultura fue a finales de los 60 con el movimiento hippie". "Había una sensación muy extendida de que las cosas estaban cambiando a mejor". "Me vi atraído inmediatamente por cualquier tipo de filosofía política centrada en los perdedores. El mundo de los 'beatniks' me atrajo mucho".

Crumb reivindica la autonomía de las ideas: "Crecí en Estados Unidos, donde podía ser una persona con un carácter muy individual". "Cuando cada decisión la toma un comité o se toma por consenso, es difícil hacer algo interesante o excitante. Cuando llegas a un acuerdo lo único que queda es un puré soso y blanducho". "Soy una especie de anarco-comunista, supongo. Me gustaría vivir en una comuna. Todavía tengo que encontrar una en la que soportara vivir".

Y deja una visión de cuanto le rodea ciertamente pesimista, aunque con un tenue hilillo de esperanza: "Todo en la vida se reduce a una hamburguesa del McDonald's: es comestible, pero no tiene mucha sustancia". "La mayoría de las personas en el mundo son unos zopencos que simplifican demasiado las cosas y se comportan de manera extremista". "Pero, con el potencial que tienen la imaginación y la inteligencia humana, podríamos vivir en un mundo maravilloso".

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