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¿Tarugos todos?

EL PAÍS EL PAÍS 01/06/2014 Javier Marías

Nunca he sido muy lector de biografías, y las películas llamadas biopics, que ilustran la vida de los grandes artistas, descubridores, cantantes e incluso políticos y militares, me parecieron desde la infancia aburridas. Tengo la impresión de que antaño todas estas obras eran proclives a la mitificación, cuando no directamente hagiográficas. Sigo sin prestar mucha atención a esos géneros, pero, por lo que leo en prensa o cae ante mis ojos a veces, no me cabe duda de que desde hace decenios la intención se ha invertido. Probablemente no se venda un ejemplar biográfico si no se pone a caldo al protagonista, o, en su defecto, se le descubren variados vicios y taras o se “demuestra” que sí, que tendría enorme talento en lo suyo, pero como ser humano era despreciable, odioso y despótico, cuando no un maltratador, un abusador de niños, un superdrogadicto, un pronazi, un esclavista o un borracho violento. Sin escándalo y vituperio no hay negocio, esa es la consigna. Y si el biografiado llevó una existencia normal y decente, entonces una de dos: o se queda sin libro y sin película o se tergiversan, manipulan y tuercen los hechos hasta convertirlo en un malvado, para lo cual basta con dar crédito a los testimonios de personas que le tenían inquina o a las que desdeñó, o que quieren sacarse dinero o fama fáciles presumiendo de lo mucho que conocían al ilustre (“Yo lo vi, lo viví; pocos lo saben, pero a mí se me confiaba”), haciendo revelaciones insólitas … por lo general incomprobables. Pero no vayan a pedirle a un biógrafo de hoy que compruebe en exceso, o que ponga en entredicho los datos más “jugosos”.

Si las vidas de las personas, contadas de arriba abajo, tienden a resultar tediosas (a menos que sea la de un aventurero, pero apenas si quedan de éstos), de la actual proliferación de biografías, “autorizadas” o no, se puede extraer alguna conclusión o por lo menos síntomas. Uno intuye que hoy existe una especie de resentimiento global, alentado por la supuesta repercusión de las redes sociales, que no sólo alcanza a todo bicho viviente sino muriente, es decir, también a los bien muertos y enterrados. A los que se recuerda, claro, que son por fuerza los que destacaron. Es como si esos numerosos resentidos universales encontraran consuelo si se les cuenta: “Sí, Fulano fue un genio, pero infeliz, un despojo; Mengana maravillosa, pero estaba como una cabra y se acostaba hasta con animales; Zutano una celebridad, pero violaba a su mujer y tal vez a sus hijos”. Últimamente hay otra modalidad: “Perengano hizo obras maestras, pero se las debía a su mujer (o Perengana a su marido), a la que frustró y relegó a la sombra”. De hecho hay una escuela cerril-feminista que ha decidido que Bach compuso lo que le oía tararear al ama de llaves; que a Velázquez le pintaba los cuadros su señora; que Tolstoy sólo contaba lo que le había oído a su madre.

Parodio y exagero, pero con base. He visto la película Hitchcock y parte de The Girl, ésta sobre el acoso del director a Tippi Hedren. En ambas se presenta a Hitchcock como a un acomplejado, un enfermo, un salido, un impotente, un envidioso, un megalómano, un cerdo vengativo, un semimaniaco, un asesino en potencia que contuvo sus instintos sublimándolos en sus obras. Puede ser, todo ello. Estoy seguro de que algunos seres admirables y algunos genios dejaron mucho que desear como individuos, y fueron los miserables que hoy se dice que fueron. Pero ¿todos? ¿Y ninguno realizó lo que se le atribuye, sino que se lo copiaron o encargaron todos a su mujer o marido o a un discípulo o al vecino? En el caso de Hitchcock, de un tal Gervasi y con pésimo guión de un tal McLaughlin, el mensaje es claro y burdo: a la que se le ocurría lo brillante y audaz, la que de verdad valía y poco menos que “creaba”, era Alma Reville, la señora Hitchcock. Él casi carecía de ideas o no sabía plasmarlas sin la guía de ella. Sin duda esa mujer colaboró con él, fue a veces guionista, le sirvió de grandísima ayuda, él le consultaría, como hace todo el mundo con su pareja de una vida. Pero de ahí a otorgarle a ella el mérito de un montón de obras maestras va algo de trecho. Lo peor y más inverosímil de estas dos películas es que Hitchcock aparezca como un memo, un tarugo y un pelele. Puede que fuera cuanto antes he enumerado, pero desde luego no un idiota ni un frívolo. Pocos autores han explicado lo que habían hecho con tanta profundidad y conciencia (basta leer las conversaciones con Truffaut en El cine según Hitchcock). No era precisamente un intuitivo, ni un “buen salvaje” con un don, como ciertos pintores, músicos, poetas y hasta novelistas. Sabía perfectamente lo que hacía y por qué, hasta la saciedad incluso. En estas películas recientes es difícil decidir cuál de los actores que lo interpretan lo hace peor y está más chafarrinoso, si Anthony Hopkins o Toby Jones. El primero se limita a mirar al elevado vacío y deformar la boca cada vez que habla o no habla; el segundo es un fantoche grotesco (bueno, también Hopkins). En fin, pase que todos los mayores talentos que ha dado la tierra fueran unos depravados, desgraciados, psicópatas, tiranos, fatuos o aprovechados. Si eso reconforta a nuestro rencoroso mundo, y le permite dormir más tranquilo, bien está. Pero, por favor, que no pretendan convencernos de que además eran imbéciles, de Homero a Newton, de Shakespeare a Einstein, de Cervantes a John Ford, del primero al último.

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